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Besos de película, de Myriam Moscona
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Besos de película, de Myriam Moscona

Sé que si dejo de darle tantas vueltas al asunto podré decir veladamente algo de lo que no quiero hablar, aunque prometí contártelo.

¿Sabes dónde estuve el 2 de octubre del sesenta y ocho? Fui a ver Romeo y Julieta. En el cine Tlatelolco pasaban La trampa, pero Romeo y Julieta, la película de Zefirelli, estaba después de Juárez hacia el norte, en un cine de avenida Reforma que duró muy poco tiempo. No me acuerdo cómo se llamaba la sala, pero me acuerdo cómo al salir sentí la agitación. Tenía trece años y lo único que me importaba en ese momento es que no me cacharan la mentira. Fui con mi novio, no con mis amigas como hice creer en mi casa. El único lugar donde me convenía estar era en un cine lejano porque allí nadie me iba a ver. Además sólo costaba cuatro pesos.

Escuchaba decir en el 68 que los estudiantes eran malos. “Queman camiones, traen palos, corren a toda velocidad”. El 2 de octubre les tuve miedo aunque a mí lo único que me importaba es que mi mamá me creyera el cuento al regresar, pero llegué mucho después de lo que dije y pagué las consecuencias. Poco después me compré el soundtrack de la película Romeo y Julieta que venía acompañado de parlamentos que me aprendí de memoria y que sin hablar inglés podía repetir al mismo tiempo que Olivia Hussey, la Julieta de Zefirelli. Todavía me los sé.

No sé qué mecanismo de la memoria provoca que una serie de fotogramas ordenados o inconexos se suceda uno atrás del otro. Me ocurre a veces que mientras escucho a alguien, una palabra suya me desata asociaciones que me llegan como oleadas. Eso me vuelve un desastre porque mientras el interlocutor avanza en su discurso yo me voy a Babia y veo por dentro toda una película de la que el otro ni se entera. Luego, cuando regreso a la realidad, me doy cuenta de que perdí el hilo. Eso me pasó el otro día cuando mencionaste algo sobre las salas de cine. La conversación se fue hacia un lugar y mi cabeza se quedó en la reconstrucción de algo que veladamente te voy a contar.

Ese mecanismo que intento describirte funciona como los sueños. Contarlos es traicionarlos. O como decía Borges, no podemos hablar de los sueños. Lo que nos queda, lo que podemos referir, es sólo la memoria de los sueños, que no es lo mismo. Es una manera de explicarme a mí misma por qué con frecuencia estoy en Babia, pero tampoco puedo hablarte de Babia. En este momento Babia equivale a los sueños que no se pueden referir.

Estamos en el Sep’s de Michoacán. Al fondo, un piano inunda la conversación con una especie de tufillo de bar de ligue decadente. Sale a la conversación la ciudad de nuestra infancia. Las calles eran nuestras, decimos. Había pandillas organizadas, fugas constantes a la azotea. Me vuelve a la cabeza el recuento de todos los juegos callejeros y entonces hacemos un pequeño inventario: avión, tapados, cinturón, un dos tres por mí, pero el que más recuerdo es otro en que se declaraba la guerra a un país y si tú eras ese país tenías que salir corriendo y esconderte atrás de un árbol o tocar la base en la que te volvías inmune a los ataques.

Tenía entonces una edad en la que claramente atravesaba la frontera entre la infancia y la curiosidad por todo un mundo que comenzaba a revelarse. Me llamaban la atención las parejas que veía abrazadas en el parque, me intrigaban los besos, pero seguía jugando escondidillas por las tardes. Asocio ese periodo a los veintes de cobre, al puesto de renta de cómics gracias al que me leí toda la saga de Memín Pinguin, al Juárez- Loreto que atravesaba Polanco o al programa Combate que pasaba después de Teatro Fantástico, los domingos.

La memoria no obedece a un orden temporal ni reconstruye los hechos con una lógica. Bajo esa luz se me hace presente (aunque ocurrió mucho más adelante), un año de la muestra de cine que ya no era en el Roble, como lo fue durante mucho tiempo sino en el cine Latino de Reforma. Como yo prefería la función de moda, entré una tarde a Sacrificio de Tarkowski. Al salir de la función, sin preguntármelo, me volví a formar en la taquilla porque estaba decidida a verla de nuevo. Ya tarde en la salida me encontré a un amigo. “No me cabe en la cabeza cómo pudiste ver este bodrio dos veces seguidas”, me dijo mientras pagaba un hot dog de carrito callejero. ¿Cómo puede empacarse una salchicha después de ver esa película?, pensé. Tampoco soy consciente de por qué mi memoria hace aparecer esto mientras cenamos en el Sep’s.
Lo que me pides que te cuente tiene que ver con el cine Ariel. Era la última bajada que hacía el Juárez- Loreto en Polanco. El cine tenía un vestíbulo enorme y empinado, estaba cubierto de una alfombra verdosa, geométrica y gastada en la que se jugaban carreritas. Podías tomar vuelo, abrir los brazos y sentirte como avión. Adentro, me gustaba sentarme hasta atrás, cerca de una cortina luida. Lo que seguía eran las escaleras traseras y creo que un acceso para el cácaro. Me acuerdo, desde mi asiento de última fila, de la cara de Sophia Loren y de cómo su boca ocupaba toda la pantalla monumental. Para mí ella era una boca enorme desde aquella tarde en que la vi con Mastroiani en una escena de amor. Se dieron unos besos de esos prohibidos que me sonrojaron, me despertaron un morbo incontenible, me aceleraron el corazón y me parecieron envidiables. Aunque es cursi, no puedo negar cómo me encantó la edición de besos que años después vi en Cinema Paradiso porque me recordó los que se dieron para mí, a todo color, Sophia y Marcelo en la pantalla del cine Ariel. Al terminar la función me tuve que amarrar un suéter a la cintura porque me había manchado de sangre y esas cosas son muy vergonzosas a esa edad. Me sentía, como dice el poema, “desnuda ante una calle de miradas” pero me repuse muy pronto porque al salir del cine, todavía perturbada por esas escenas, me volví a transformar de inmediato en una niña. El vestíbulo empinado se convirtió otra vez en una pista de carreras y en un instante me olvidé del pantalón manchado.
Estaba sentada hasta atrás del cine, en la última fila del Ariel cuando mi novio de quinto de prepa (yo iba en secundaria) me dio un beso largo, largo, largo. No podía creer que el lugar de la boca enorme de Sophia lo estaba ocupando yo. Habrá sido un año después del 2 de octubre. Eso te lo dije mientras cenábamos. “Quita esa cara —te pedí. ¿Qué te sorprende tanto? ¿Que me besaran en el cine, que yo asocie el cine Ariel a esa etapa fronteriza entre dos tiempos o que pueda referirte todo tan mezclado?”.

Ya habíamos pedido la cuenta cuando cambiamos de tema y me empezaste a hablar de un escritor que te entusiasma. Lo que no supiste es que me fui a Babia mientras te escuchaba. Hay toda una gama de cosas que se nos revelan en el momento menos oportuno. No es un proceso racional ni un ordenamiento como el que hace la escritura.

El novio que me besó en el cine Ariel es el mismo con el que fui el 2 de octubre a ver Romeo y Julieta. Años después, en una manifestación, lo agarraron a macanazos; lo dejaron fuera de combate. Ya no era mi novio, pero cuando se recuperó nos vimos una vez más. Volvimos al Ariel. Desde el último asiento de la última fila vi algo que no me animo a relatar. De todo eso me acordé mientras me hablabas. Y coincido contigo en lo que me dijiste en ese instante: somos la última generación que vivió las viejas salas de cine. Voy a escribir sobre eso.


*www.eluniversal.com.mx/graficos/ confabulario/articulo3-aniv.htm
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Carlos Rivera » De pluma ajena » Respuesta

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