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EFECTOS COLATERALES

CARLOS RIVERA

El número de damnificados por los efectos colaterales aumenta peligrosamente. En los pasados días hemos sido testigos de su retórica sutil, hemos sentido pánico de su cinismo subliminal. Setenta muertos entre los refugiados de Kosovo por un error de apreciación. Ciento sesenta y ocho familias de “Sureña” afrontando la perspectiva letal del incierto futuro por la apreciación de un error consentido. El otrora anti-OTAN Javier Solana invocando, con sumaria pulcritud, que han sido los efectos colaterales de una guerra indeseada los culpables de la masacre de los refugiados. Los políticos de Córdoba hablando del incumplimiento del plan de viabilidad de una empresa cervecera cuando ellos no han sido capaces de vigilar y hacer cumplir ese mismo plan de viabilidad que exigieron, en su momento, para la supervivencia de la empresa. La muerte de una joven de Sevilla en un control de alcoholemia por los efectos colaterales del “disparar, primero, y preguntar, después”. Es curioso observar como aquí y allí, ante cualquier tropelía, siempre se invoca a los efectos colaterales como culpables indirectos del problema de fondo. Y aún más curioso cómo se pretenden justificar los errores, las muertes, la destrucción del empleo, con la precipitación y alevosía de las palabras encadenadas a los actos del resquemor de la conciencia que consiste en culpar a las víctimas, por estar donde estaban, y (segunda parte del rito de la culpa) a los efectos colaterales del azar, siempre imprevisible.
Los refugiados de Kosovo, a cinco mil metros de altitud, eran todo un ejército en pie de guerra ante los ojos de un piloto cuya única orden era masacrar al enemigo visible. La joven sevillana y su irresponsable compañero sin carnet de conducir, unos “peligrosos delincuentes” (aquí aparece la manipulada mixtura del error y la infamia) que se saltaron un control policial exponiéndose al riesgo coyuntural de los disparos de un guardia que cumplía con su deber. Los trabajadores de “Sureña”, un experimento estadístico de una multinacional colombiana que, al no obtener los beneficios deseados, levanta el campamento para ampliar la dimensión del negocio en otras latitudes.
Nada dirán los políticos de la OTAN ni las autoridades policiales ni los empresarios que sólo buscan el beneficio inmediato, de su parte de culpa en los efectos colaterales de la muerte en Kosovo, del asesinato de la muchacha sevillana o del cierre de “Sureña”. No habrá palabras que rehabiliten a las víctimas, por mucho que lo intenten. Ante las averías irreparables no es abstracta la culpa sino obscena y real.
El problema es pedir responsabilidades. ¿ Quién se las pedirá a la OTAN?. Por supuesto, ningún gobierno occidental. ¿Quién, bajo el amparo del criterio corporativo, va a pedírselas a la Guardia Civil, cuyos agentes, en más de una ocasión, tienen ligero el dedo y certera la puntería a la hora de distinguir al presunto culpable del que no lo es?. ¿ Quién a la multinacional que deja sin empleo a ciento sesenta y ocho trabajadores?. ¿ Quién a las autoridades de Córdoba cuyo deber era el de vigilar el cumplimiento estricto del plan de viabilidad de una empresa?. Nadie responderá, en ningún caso : el piloto que confundió unos inocentes tractores o camiones con una división blindada será respaldado por sus superiores que alegarán que ha sido “una inevitable perversión de la guerra”. El brigada de la Guardia Civil, que actuaba, con los riesgos previstos, “en defensa del orden ciudadano”. El consejero de Bavaria en la factoría de “Sureña” se defenderá diciendo que es la voz de su amo, el impresentable Grupo Santo Domingo, de extraños intereses económicos. Una rara multinacional en el area más mafiosa de la América profunda. Ya ven ustedes : todos inocentes, víctimas ellos mismos del azar, de los obligados “bombardeos humanitarios” en defensa de una causa justa (la civilización, la nuestra) , del cumplimiento sacrosanto del deber, como el guardia civil, o de la tautologia de la riqueza que basa sus valores en la simplicidad de las matemáticas : el balance contable que enumera, cuando le interesa, considerables pérdidas no humanas. Estas son, simplemente, efectos colaterales.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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