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DESCAMPADO

CARLOS RIVERA

De Juan Gil-Albert, el gran poeta de Alcoy, son estos versos : “Si dentro no está en ti la primavera – es inútil que en torno la respires”. No basta con estar en primavera por un edicto de las auras, por un real decreto de los azahares, por una orden de blancura en los hermosos ojos del almendro. No basta con reanudar los cíclicos anales de la estación del gozo, con sentir la renacencia de los zumos del cuerpo y del espíritu desde el olimpo y el taigueto de nuestras vidas. Estar sin ser es convertir el verbo copulativo en sólo ocupativo, cuando deberíamos aspirar como aquel Brand, el maravilloso personaje de Ibsen, a la eterna niñez del ser que emerge de sí mismo no sólo en primavera sino en años primaveras, en cuatro estaciones concatenadas por el eslabón de la alegría existencial.
Los versos de Gil-Albert a los que aludo son una invitación a la felicidad, esa entelequia humana del deseo perpetuo o el “beatus ille qui procul negotiis”... soñado desde una hamaca de la civilización, con los ojos cerrados al devenir del mundo en sus desavenencias y desgracias. La primavera del ser en Ibsen o en Unamuno es una primavera metafísica, elaborada en la conciencia real del indivíduo cuyos paisajes interiores retienen toda la luz del fondo no visible, como en un cuadro de Velázquez.
Es difícil conseguir tal situación de lugar en estos tiempos, aunque mejor sería decir que en todos los tiempos morados por el hombre. Sólo que hoy ese estado interior de primavera es una deleznable conclusión egoista cuando en la vieja Europa se vuelve a las andadas de la estupidez de una guerra para conmemorar los cincuenta años de paz de la OTAN. Cuando en el país de la declaración de los derechos del hombre los adolescentes asesinan a los adolescentes en el nombre de las corrompidas ideas que llevaron al mundo a sus mayores desastres, como si no hubiéramos aprendido nada en estos años, como si todos los cadáveres guardados en los polvorientos armarios de la Historia hubieran echado a andar, de nuevo, como zombis convulsos, para llenarnos de lágrimas la copa de la felicidad alzada al borde del abismo.
De nuevo estamos en el descampado, como ellos, los refugiados de Kosovo, los muertos de hambre de Etiopía o de Ruanda, los irredentos de Chiapas y todos los innumerables sufrientes de una a otra orilla del mundo. Nuestro campamento es confortable, su diseño es perfecto. Tenemos todo lo necesario para instalarnos en la primavera y contemplar con resignación cómo florecen los almendros y las balas, cómo llevaba razón Sartre (“el infierno es el otro”, siempre es el otro). Con la posibilidad del mando a distancia de la televisión evitamos inmiscuirnos en las elegías, salvo cuando nos conciernan de inmediato, lo que sucede en bastantes ocasiones. Para estos casos tenemos traficantes de palabras y diseñadores de mensajes que nos tranquilizarán la conciencia. Eso es lo peor de nuestro campamento construído en un descampado filosófico. Es así como un presidente americano, conmovido ante la matanza de adolescentes de Denver, promete reforzar con cientos de policías la seguridad de las escuelas, en lugar de prohibir en todo su territorio la venta libre de armas de fuego porque no lo permite la constitución americana, aquel modelo fraternal y entrañable en cuyo espejo hicieron madre a la utopía los venerables ilusos como Bertrand Russell.
Ahora nos encontramos con que todo está por hacer, con una guerra de “cortesía” en el mismo corazón de Europa. El estío del Estado ( ¡ qué lucidez la de Passolini! ) ha terminado por imponerse. Hay sangre entre las hierbas del jardín (no importa de quien sea) en esta primavera. Y no será la última.
En esta primavera las balas y los almendros florecen al unísono en nuestro descampado y los adolescentes, nuestros adolescentes, esnifan la violencia de sus héroes, rambos y robocops, pues todo parecido con la realidad no es pura coincidencia.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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