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FUMARADAS

Menos humos

Carlos Rivera

(04/01/2006)





Decía Guillermo Cabrera Infante en su libro "Puro humo" que la prohibición de fumar, a lo largo de la Historia, había sido siempre más religiosa que política o económica, un movimiento reaccionario, y que sólo sirve para crear nuevos transgresores. Aunque no pienso igual, algo de verdad sí hay en la opinión del escritor cubano, pues el deseo de salvarnos del pecado, connatural en las religiones, está, sin proponérselo, en el fondo de esa ley del Gobierno que pretende, por razones de higiene pública, salvarnos a los fumadores de la perversión de nuestro vicio, tan parecida al pecado para los intolerantes, transgresión en el fondo y en la forma, después de todo, y que va implícita en una de las definiciones de pecado: "Acto que se considera erróneo e incorrecto o que trae malas consecuencias a quien lo realiza". Pecador me considero irredimible, en cuanto al tabaco se refiere. Declarado en rebeldía, por propia voluntad, ya que de no haber sido fumador en este año que comienza no dudo que esa ley, en cierto modo, sería un aliciente para comenzar a fumar, respetando, obviamente, la voluntad y el espacio de los no fumadores. Aun a riesgo de convertirme en clandestino en mi propio hogar, en mi entorno público, no acataré personalmente esa ley, procurando, en cambio, por educación, aplicármela a rajatabla donde cumplirse deba, pues desde que consideré entradas en razón las enseñanzas de mis padres y maestros, siempre pregunto si molestan mis actos inocentemente negativos, como el fumar, a quien esté cerca de mí. Así sucedió hace unos días en la cola del Gran Teatro, cuando saqué un cigarrillo en plena calle y la amiga de una amiga me hizo saber que la iba a molestar. Inmediatamente guardé el cigarrillo y no volví a sacarlo hasta que me tuve que marchar sin conseguir la deseada entrada para el concierto de Año Nuevo.
De entrada, por cierto, determinadas prohibiciones, si no están sustentadas en poderosas razones de interés general, me invitan a la transgresión. Por el sencillo motivo de que algunas prohibiciones me parecen reaccionarias. Como para decirles a los inquisidores una frase que resulta a propósito hablando de lo que estamos hablando: ¡Menos humos, amigo!. Que es como decirles ¿qué derecho tiene usted a entrometerse en mis actos personales si yo no interfiero en los suyos? Uno de mis códigos de conducta de fumador ha sido siempre procurar no molestar a nadie. Y mucho menos a mi mujer, que jamás ha fumado. Y es así como voy a respetar la nueva ley: saliéndome a la terraza del piso o a la calle, si tengo necesidad de fumar un cigarrillo. Te lo prometo, Ana. Tú sabes, querida, que llevo años pendiente de dictaminarme una ley muy propia: la de prohibirme yo ese vicio de fumar que ni económica ni saludablemente me conviene. Mis humos me ha costado llegar a convencerme de que mis pulmones deben estar en tal estado de degradación que ya ni sé como respiro.
Y es que, sin duda alguna, les doy la razón a los no fumadores, todos ellos merecen mi respeto. Lo que me subleva es que esa razón que les doy me la convierta el poder en prohibición, en intolerancia irrespetuosa hacia mi insana debilidad. Porque lo que verdaderamente me molesta y me incita al desacato es que esas campañas y leyes contra el tabaco las promuevan los gobiernos que controlan los negocios del tabaco y sacan del vicio una saludable sobredosis de impuestos. Hipócritas. Sé que fumáis de nuestros humos, que amamantáis la Hacienda Pública con el exceso de resina y alquitrán de nuestros desgraciados pulmones. Y siempre me digo: a esos torquemadas de la nicotina me los entiendo yo, voy a desafiarlos, como una respuesta transgresora, hasta donde la ley me lo permita. Aunque estén en posesión de todas las razones públicas, que no concuerdan con mis razones privadas.
La lamentable verdad es que cada día, cada mes, cada año, intento fumarme el último cigarrillo. Entre otras razones porque el acto de fumar no sólo me está haciendo agujeros en los pulmones sino en los bolsillos. Como Italo Svevo o como Tom Ewell de Trieste (ver, leer, "La conciencia de Zeno" ), trato insistentemente de dejar de fumar. Y créanme que lo conseguiré, pero no por la ley del Gobierno y por las neuras salidas de tono de los intolerantes. Y aunque muchos de los que lean esta columna me consideren un réprobo por persistir en el nefando vicio del tabaco, les confieso con renovado optimismo que dejar de fumar es muy fácil. Yo lo he dejado, créanme, infinidad de ocasiones.
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