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ALJUMA


Adiós, Quijote

Carlos Rivera

(28/12/2005)



Miren por donde, señor don Alonso Quijano, señor Cervantes, se acaba este año 2005 de la era cristiana en el que se ha conmemorado el cuarto centenario de vuesas mercedes y del buen amigo Sancho, que no ha tenido, por cierto, la oportunidad de leer el libro de los libros de nuestra literatura española. Resulta que la inmensa mayoría de los sanchos de este mundo no tienen tiempo ni iniciativa para leer un libro. Llegan a casa agotados en el alma y en el cuerpo de la muy larga jornada laboral, se ponen cómodos, cierran los ojos y se dejan dulcemente adormecer con los arrullos de ese artefacto mágico y diabólico al que pusieron televisión por nombre. Cierto, señor Quijano, señor Cervantes, que norabuena estamos, porque una parte de los sanchos del mundo toman la holganza de su bienestar material tal si fuese la utópica conquista de aquella ínsula prometida en la que fuera Panza gobernador desgobernado. Si de su soleado pensamiento, señor Quijano Cervantes, queda una brizna de luz, es porque doctas influencias se empeñan, con voluntad o no, en desaborregar el mundo de los sanchos que siguen desviviendo en sus aldeas mentales por la periferia y los intornos del mundo, que no es mejor que aquel de los barrocos tiempos en el que vuesas mercedes hacían ancha y fructuosa la utopía.
En este nuevo epílogo del tiempo bien es verdad que no están las utopías a punto de sazón, sino todo lo contrario. Aunque debemos mantener la guardia. Y es por eso que nos encomendamos a vuesas mercedes como en aquella letanía que Rubén Darío os poetizó en oración. La partida, ciertamente, no ha terminado. Estamos obligados a mantener el respeto que nos debemos a nosotros mismos millones de seres de todo el planeta, de toda clase y condición social que hemos simbolizado la resistencia activa contra aquellos que quieren violar todos los días los principios fundamentales de la democracia y de los derechos del hombre. Como vuesas mercedes estamos convencidos de que otro mundo es posible. Un mundo en el que el hombre sea una colectiva manifestación de cordura, solidaridad y lucidez. Un quijotesco mundo que soñamos en legar a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, algunos de los cuales parecen haber perdido la razón apaleando mendigos en las calles, desoyendo los sabios consejos de sus mayores y maestros, desobedeciendo la palabra de quienes les dimos todo lo que merecían y aún (ese fue nuestro error) lo que desmerecían para que vivieran en el bienestar de sus cuerpos, que parece, en ocasiones, entrar en conflicto con el desasosiego de sus almas.
Ahora que está acabando vuestro cuarto centenario y ya que los que habitamos en este país y en este tiempo no tenemos la posibilidad de celebrar otro, debo manifestar a vuesas mercedes mi gratitud personal por habernos alimentado los sueños con la posibilidad de la utopía en clave de futuro, aunque la edad de oro que nos prometíais aún esté por llegar. Vuestras andanzas y hazañas de loca sensatez nos sirvieron de punto de partida para un viaje ilusionado que, después de pasar por las lecturas de Luis Vives y de Tomás Moro y por el hombre esencialmente bueno de Juan Jacobo Rousseau, acabaría por entregarnos la orden de caballería de la fraternidad. Y aunque sepamos, como Jorge Riechman, que los jardines son ontológicamente imposibles y que hemos cometido bastantes errores al educar a los hijos en las sabias enseñanzas de vuesas mercedes, algunos mantenemos la esperanza de hacerlos entrar en razón. Nunca será tarde para que el día que maduren aprendan a ser beligerantes contra los que dan palizas a los perros mudos, a los mendigos y diferentes, a los perdedores, a las mujeres mudas. Ese será el supremo bien que habrán conseguido vuesas mercedes inculcar a quienes hayan leído aquel libro, este libro, en el que estaba y está todo.
Aunque me temo que una vez que termine el cuarto centenario vuelvan el libro y los personajes del libro a ese agujero negro de la historia de los borrones sin cuenta nueva. En este mundo tan acelerado y tan olvidadizo se disuelven los buenos sueños y las utopías cumplibles a velocidades infinitas. Y mucho más los códigos de conducta de la hidalguía con el aumento de los perdedores, paralelo al del aumento de las corruptelas, los fraudes y las injusticias. Descansen vuesas mercedes, pues, en el próximo destierro, de tanta parafernalia con la que han sido molestados. Y que vuesos utópicos iconos, clamando en el desierto, nos permitan soñar en el advenimiento de esa deseante edad dorada en este tiempo de zozobras.
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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