CANDIDATOS Y CANDIDOS
CARLOS RIVERA
En las listas de candidatos de los partidos políticos para las próximas elecciones figuran demasiados ciudadanos cuya conducta cívica deja bastante que desear. El nombramiento, en Málaga, en la candidatura de Celia Villalobos, de un señor que era un moroso impenitente, es tan sólo una anécdota. En las candidaturas aparecen sujetos reincidentes en la conducción temeraria bajo los efectos del alcohol ; personajes denunciados reiteradamente por malos tratos a sus esposas ; individuos que han hecho de su capa un sayo en sus gestiones anteriores. Hay quien aspira a una alcaldía, a una futura concejalía de Hacienda, a la presidencia de una comunidad autónoma, tras haber sido acusados de corrupción sistemática, de no haber pagado jamás las multas, de estar bajo sospecha de la inspección fiscal, de haber recibido o repartido subvenciones y prebendas a amigos y familiares, de prevaricación, de cohecho, de conductas impropias en un dirigente político. Es lo que ha comenzado a llamarse en ciertos medios “corrupción de baja intensidad”. Eufemísticamente. Porque la lectura moral de la situación es escandalosa, si tenemos en cuenta que ciudadanos de tal catadura van a ser elegidos para gobernar o seguir gobernando las instituciones de este país. Todos son conocidos con nombres y apellidos por sus conciudadanos, como son conocidos por sus antecedentes y consecuentes. Y ahí están, como golosos de la gran golosina del poder, dispuestos a castigarnos en las urnas, a humillarnos con su presencia electa, enmascaradas sus inciviles conductas bajo las tragaderas de unas siglas. El transfuguismo que permite cambiarse de chaqueta no sólo simboliza las ambiciones personales o el no cumplimiento de las mismas en tales sujetos, carentes de escrúpulos e ideología, sino que da idea del grado de deterioro de un sistema en el que los políticos son como “sanchos” aspirando a la ínsula barataria del cargo lucrativo que les permitirá vivir del cuento que nos cuentan, cuando no a enriquecerse o a utilizar, en beneficio propio o de los suyos, la información privilegiada, como en el reciente caso de las subvenciones al cáñamo o al lino de la Comunidad Europea. Aunque debo aclarar que no pretendo generalizar, también debo aclarar que las conductas éticas, en política, son, desgraciadamente, excepcionales. En este país, donde el que no corre, vuela, la corrupción de baja intensidad no produce aleccionadores ejemplos de alarma entre los ciudadanos ni desconfianza hacia sus gobernantes, según el modelo de moral cívica defendido por Thomas Jefferson. Parece ser que aquí no ha habido más corruptos políticos que el indeseable Roldán y el hermano “listo” de Alfonso Guerra ; que la corrupción es entendida a partir de determinadas cantidades de dinero ; que lo de Guadalajara es un mariachi mejicano atribuído a un funcionario muerto y lo de Zamora, la canción del olvido. El ejemplo moralizante de Borrell (dimitiendo éticamente de su candidatura por las conductas corrompidas de dos antiguos colaboradores suyos en Hacienda) no sólo no creará un precedente limpio sino que será tergiversado por los sembradores de sospecha, como cierto periódico nacional, para hacer germinar en sus cándidos lectores la cizaña de la duda. De nada servirá, pues, el ejemplo Borrell ante una sociedad enferma que mira hacia otro lado ante la obscena realidad de unos candidatos que van a repetir la historia de la impudicia política. Sería mucho pedirle a esa sociedad que reaccionase con un voto de castigo a las listas de los partidos con candidatos convictos de falta de honradez en su gestión, de antecedentes delictivos en sus conductas privadas y sociales. Pero, mucho me temo que tales sujetos sean considerados modelos de gestión, como sucede con los numerosos “giles” aclamados por el cándido pueblo del que se sirven para sus hazañas económicas.
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