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Al cabo de un siglo
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AL CABO DE UN SIGLO

CARLOS RIVERA

Por lo que sé, no hubo efecto 1.900 al comenzar este siglo que termina. La máquina no había parido aun esa serie de artilugios electrónicos a los que estamos enganchados. Así que el mundo, por esas vísperas, era una clonación del siglo XIX, pues aún perduraba el romanticismo, una entente cordial entre los imperios y un simulacro para los malos poetas de la época, aunque alguien, en la periferia catalana y en los bulevares de París, concebían los sueños turbadores de una palabra mágica que Gaudí elevó a los altares de la piedra, pisando vidrios, vomitando flores de hierbas y de músicas. En 1.905 nació mi padre, una de las razones de mi destino. En 1.913 nació mi madre, mi clave inverosímil. Y un año después, en el 14, Europa, en rigor mortis, convirtió la carne ultrajada de la historia en el descrédito de los héroes. Como ven, el hombre no reconoce sus errores y así que pasen siglos y milenios, se mata por la fe, por el dinero o por la geopolítica. Y en ese duelo a primera sangre reside su más cretina aspiración a la inmortalidad. Un siglo es largo o corto, según se mire uno en el espejo de la propia supervivencia o en los túmulos funerarios que jalonan la historia de este siglo. Desde el nacimiento de mis padres hasta mi propio nacimiento hay una penumbra que no consigo descifrar, aunque tampoco creo que importe demasiado. La intolerancia, la pobreza y la injusticia, palabras repetidas con un mismo estupor, dieron tiempo a una guerra fratricida en cuya coyuntura están las vísperas de mi propio belén. Es así como lo dije en un poema de mis primeros libros : “Entonces / ese 1.941 / en un país de sal /me arrojaron al tiempo / y me llamaron Carlos”. Yo nací a finales de octubre y desde ese día podría repetir como Jaime Gil de Biedma : “Así que apenas puedo recordar / que fue de varios años de mi vida /ni adonde iba cuando desperté / y no me encontré solo”.
Tengo memoria viva de este siglo, al que le quedan unos días, a partir de los años cincuenta. En la única aurora boreal que he contemplado comenzó la guerra de Corea. La recuerdo por que en el ABC de la casa de mi abuelo se hablaba del paralelo 38 y de un tal general Macarthur. Como recuerdo la guerra de Indochina, precursora de la de Vietnam, y la leyenda dulcemente heroica de Dominique, la enfermera francesa a la que llamaron el “Angel de Dien-Bien-Fú” . Las grandes esperanzas estaban puestas sobre nosotros, niños de aquella época. Eso decían los maestros y por eso pesan tanto a estas alturas, con más de medio siglo cumplido o incumplido, según mi colección particular de circunstancias.
En los años sesenta todo fue diferente. La juventud es la hora propicia .El tiempo, codicioso. Tal vez fuera la segunda bella época de este siglo, años de hacer el amor y no la guerra, de bailar con el sonido de Liverpool en los guateques, de comprobar, también, como en París, postal del cielo, se cumplía el pronóstico pesimista de Godot. Es a partir de los años setenta cuando comencé a ponerme triste en los aniversarios. El mundo aparentaba ser, como lo es hoy, una carencia sumarísima y aunque te cases y te nazca un hijo y se conquiste, en este país, la democracia, sabes que el tiempo vuela como las hojas de poniente y aun tomando la frívola precaución de mirar una estrella no puedes evitar que se establezca en el reino de tus ojos el oscuro deseo de llorar por lo que ya no vuelve. La expresión melancólica de Antinoo es la figuración de un espacio vacío para quien, a partir de los cincuenta años, ha comprobado que el propósito de enmienda dura menos que el dolor de corazón por todo lo que ves en torno tuyo. Cuando la máquina se ha apoderado de la tierra y miles de terminales eléctricas confluyen en el epílogo sólo te atreves a pensar en el placer solitario de un poema. Te has convertido en un indio de la reserva azul y no entiendes que la gente se siga matando por el dinero ( ¡ cuantos cadáveres invisibles en las moquetas de los despachos influyentes ! ) . Y que a pesar de todo se siga celebrando la Navidad. O un simulacro de la misma.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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