AGUJEROS NEGROS
CARLOS RIVERA
En la historia de la filosofía moral hay definidos, fundamentados y enfrentados dos planteamientos teóricos : la ética del altruismo, paradigma de un comportamiento social y solidario, y la ética del egoismo, más individualizante, de la que emanaría un comportamiento distinto y que está en la base de la construcción del capitalismo moderno, sin que ello quiera decir que el capitalismo tenga que ser, por fuerza, insolidario y asocial. Dos ejemplos muy claros de tales éticas confrontadas : las muy católicas palabras de Luís de Coloma, que en su libro “Defensa de la sociedad”, escribe : “El pobre, si ve pasar al rico en su carroza, carroza que al fabricarse le ha proporcionado al pobre trabajo, pan y bienestar, dice, mirándolo con respeto y gratitud : ¡ ahí va la providencia ! “, mientras Adam Smith, por el contrario, refiriéndose a la definición del lucro, sostiene : “No es la benevolencia del panadero, del carnicero, la que nos procura alimento, sino su egoismo, ni entenderán nuestras necesidades sino sus propias ventajas al proporcionarnos tales bienes de consumo”. Así, en lo que entendemos por economía de mercado hay una síntesis de ambos argumentos con los excesos y defectos, vicios y desviaciones indeseadas del propio sistema capitalista, cuyas corrupciones han enlodado tantas veces el mundo de los negocios. A menos que se esté, como algunos estamos, contra la misma esencia de un sistema generador de desigualdades, no suele ponerse en tela de juicio la posibilidad de enriquecerse, que es a lo que aspira el capitalista. Lo que ya no es legítimo son los medios y la velocidad y la voracidad empleados para tan acuciante fin. Dato tan comprobable es un ejemplo de las perversiones del sistema capitalista que han dejado tras de sí, en los últimos años, una estela de interrogantes y sospechas y el convencimiento, para una parte de la opinión pública, de que todo el capitalismo es una manada de depredadores sin escrúpulos que sólo aspira a ganar dinero a base de sobornos, prevaricaciones y otras lindezas. Sin entrar a saco en el uso político de tales comportamientos, que no son generales, afortunadamente, los actuales trapicheos de Ceuta y Melilla utilizando las tácticas más groseras de la compra del voto, nos ponen en guardia acerca del sentido de la picaresca del paisanaje patrio, apoyado, en ocasiones, por las más sutiles leguleyerías. Es sabido el poder que tienen para interpretar los códigos jurídicos ciertos influyentes despachos de abogados. Siempre habrá un agujero supuestamente legal desde el que se pueda acceder al engaño y a la especulación indebida. No es incongruente, por tanto, pedir un comportamiento honrado al capitalismo, igual que se le pide al trabajador autónomo, al asalariado o a las profesiones liberales. Aunque es desilusionante comprobar como siguen proliferando, a todos los niveles, las sutiles técnicas del dolo que se utilizan en el día a día de los negocios españoles y que la misma informática ha perfeccionado. En cualquier país razonablemente democrático los muy osados capitalistas ávidos de ganancias abundantes y rápidas dan con sus huesos en las cárceles si han errado en el procedimiento, mientras que en España es, a veces, una parte de la sociedad la que eleva a los altares del éxito a los indivíduos que hacen del mangoneo y el enriquecimiento apresurado un emblema de virtud civil. Las formas demasiado irresponsables de codicia conducen a la perversión del sistema democrático y provocan admiraciones indeseables por parte de los que no teniendo nada elevan a la categoría de mito al que se apropia de lo ajeno por métodos nada honorables, salvo que el apropiador sea un ladronzuelo, el cual es condenado “urbi et orbe”, sin paliativos. Cualquier personaje de medio pelo, como el Dioni, puede convertirse, en este país, en arquetipo de Robín Hood. Una sociedad que no considera un mal moral el enriquecimiento ilícito de sujetos que están en boca de todos, es, en su misma esencia, un inmenso agujero negro.
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