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ALJUMA
Desubicados
Carlos Rivera
(07/12/2005)
La Iglesia ha decidido abolir ese lugar de la nada, ese lugar del no lugar, que hasta ahora conocíamos con el nombre de "limbo", un sitio indoloro, sin pena ni gloria, a donde solían ir a parar las almas de los niños no bautizados, según doctrina de fe. En cierto modo, es una evidencia de progreso. Benedicto XVI, que de teología sabe un rato, ha tomado tan sabia medida para acabar con esa discriminación moral de los bebés a quienes la vida no les dio siquiera el plazo preventivo de ser ungidos con los óleos bautismales. Limbo, que es palabra gaseosa e inubicua, tiene demasiadas definiciones en nuestro diccionario para un lugar tan insustante, tan fuera de lugar. La Biblia hablaba del seno donde estaban detenidas las almas de los santos y de los patriarcas antiguos esperando la redención del género humano. Según esta definición primera, "limbo" es como una aduana intemporal ubicada en los bordes del universo eterno e inmutable, localizado entre el cielo y el infierno, según doctrina medieval de la Iglesia Católica Romana. En tan "noble castillo", con palabras de Dante Alighieri, ubicó el poeta a Virgilio. El Papa Benedicto, que es hombre culto y sabio y ama a los poetas latinos y a las almas inacabadas de los bebés, ha decidido trasladar al paraíso ese cargamento espiritual que sufría largas listas de espera en su destino final que no es otro sino la gloria eterna, como Dios manda. Guerreros ilustres no cristianizados como Héctor, como Patroclo, todos los héroes de la Eneida y de la Iliada y respetables personas de cualquier pelaje y condición alcanzarán al fin el descanso eterno y saldrán de ese lugar gaseoso en el que residían por culpa del pecado original que Adán y Eva dejaron como legado negro a las almas sin oportunidades. Al saber de la definitiva abolición del limbo he sentido como si mi espíritu distraído pusiera proa hacia aquel lugar, del que podría elaborarse una doctrina poética acerca de las almas deslocalizadas. La verdad es que, en nuestros cotidianos trajines, no habíamos dado la importancia que requiere a esa palabra desubicada, limbo, que sólo aplicamos en nuestro mundo a los alelados y distraídos. Porque ¿díganme ustedes a dónde iban a ir a parar, según doctrina de la Santa Iglesia, las almas clónicas de las nuevas vidas fecundadas "in vitro" que van a venir al mundo por los procedimientos científicos de los experimentos con células madre? A ese lugar de nadie, con toda probabilidad. Un lugar discutido a nivel teológico desde el Concilio de Cartago. El bueno de San Agustín, que se las tenía tiesas con cualquiera en argumentos de fe, decidió que el limbo tenía que ser eterno como eterno es el pecado original si no es limpiado por el bautismo. Santo Tomás, en cambio, dio un paso adelante admitiendo que esas pobres almas sin destino tenían la naturaleza de beatas, de bienaventuradas. Uno, que procura informarse, ha sabido que esta abolición del limbo es herencia de un proyecto de Juan Pablo II, a causa de un duro golpe que recibió en su infancia: cuando Karol Wojtyla tenía nueve años su madre falleció al dar a luz a una niña que vino al mundo muerta. Siempre me preocupó el destino de esas almas muertas, de los nonatos, de los inacabados neutros que no alcanzaron a contemplar la luz prodigiosa de la vida. Aún se me aparecen en algún lugar de los malos sueños las procesiones de ataúdes blancos que iban ser depositados en la tierra de nadie del cementerio, a donde iban los suicidas, los protestantes y los guerilleros del maquis de nuestra postguerra. Y digo yo que, puestos a abolir, y aunque nada tenga que ver con las proposiciones teológicas de la Iglesia, por qué no hacer una campaña para acabar con limbos ilegales como el de los presos de Guantánamo, con esa aberración política de los vuelos misteriosos de los aviones de la CIA y sus cárceles esparcidas por todos los rincones de la tierra. Acercándonos a la primera definición de limbo, en tan siniestros y misteriosos lugares se hallan aparcados, detenidos, las almas y los cuerpos de miles de personas a quienes el terrorismo de Estado del señor Bush no ha dado ni dará jamás la oportunidad de ser juzgados por aquello de comprobar si son inocentes o culpables de haber cometido actos de terrorismo. "Ignorar los entresijos de un asunto que afecta a alguien" es otra definición de la palabra limbo. Real y comprobada en la política internacional de nuestros "amigos" los americanos, a quienes tanto ensalza el ministro Pepe Bono, un alma en el limbo. Políticamente desubicada.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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