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ALJUMA


Frontera

Carlos Rivera

(30/11/2005)




En el "Manual de infractores" , que acaba de publicar Caballero Bonald, hay un verso que dice "uno es lo que recuerda". En estos días de noviembre se recuerda mucho. Se recuerda que hace treinta años murió un hombre decisivo en la historia de España y en la historia personal de muchos españoles: Franco. Se recuerda la proclamación de la monarquía constitucional. Yo tengo un sentimiento de frontera. Eso fue para mí 1975. Entre las brumas de noviembre de aquel año nacía una época, con muchas dudas y miedos. Los jóvenes artistas españoles de 30 años que han presentado en estos días sus visiones personales sobre el franquismo no son testigos de cargo sino testigos de futuro. Esa es la distancia que hay entre lo que ellos recuerdan que les contaron sus mayores y lo que queda detrás de la frontera de los años transcurridos. Dos conceptos de la nostalgia. En el "blog" de Enrique Meneses he leído esta frase: "Los nostálgicos de la dictadura en 2005 son un puñado de gentes que, como los alemanes que niegan el holocausto, siguen contando lo que de pequeños escucharon en su casa". Para ellos el franquismo es una nostalgia en positivo de lo que no vivieron, como para otros será lo contrario. Para mí es sólo la frontera de una historia que vivimos en una lejana, larga noche. Una historia en la que había muchos lobos y muchas caperucitas. Una historia cuyo final no será nunca escrito por aquello de pasar página, no pedir cuentas, sostenello en la aprobación o desaprobación unánime del olvido de esa historia sin culpables. ¿Es por ello que se sigue y se seguirá hablando de "franquismo sociológico"?. Evidentemente. Y no son un puñado de gentes. No son sólo ese centenar o millar de personas que acuden cada veinte de noviembre a un funeral. Son millones de votantes de una opción política determinada, aunque, con las naturales reservas, no todos los que votan a esa opción política deban ser enmarcados en el franquismo sociológico.
Cuando Franco murió tenía yo más o menos la edad de esos chicos y chicas que se han puesto a contar su visión personal de un tiempo que no conocieron. Ellos lo cuentan con imágenes retrospectivas y con palabras que siendo también retrospectivas intentan delimitar esa frontera a la que he aludido. En el centro de esas determinadas formas de visión se encuentran ellos, nacidos alrededor de 1975. Es como si partieran del hojeo de un álbum de fotos familiar, y digo familiar tanto en el sentido individual como en el colectivo de la memoria de un país y de un tiempo. Y aunque considero loable ese intento de dar a entender con nuevos ojos un periodo histórico, dudo que en los paisajes que han intentado transmitir esos jóvenes artistas no haya inevitables traiciones a la memoria verdadera, tanto de unos como de otros.
Hace ya años, en una noche de invierno, estaba yo sumergido en la escritura de un poema que tengo publicado y que se titula "Ente de ficción". El motivo de escribirlo fue contemplar una de aquellas inocentes fotografías escolares de los años 50, con el mapa de España como telón de fondo. Cuando miraba aquella foto, me recordaba, pero no me reconocía. Y es que, pasado el tiempo, todas las viejas fotos son una traición a la memoria que uno tiene de sí mismo y de los demás. Las sensaciones se han desvanecido. Y, más en concreto, de la memoria de la dictadura en la que nací y crecí, sólo tengo ahora un sentimiento de frontera delimitada entre el tal como éramos y el tal como ahora somos. La memoria es evanescente. Aunque uno sea "lo que recuerda", en palabras de Caballero Bonald, que tal vez las haya tomado prestadas de aquellas otras de Valle-Inclán que decían que "las cosas no son como las vemos sino como las recordamos".
¿Quién puede hablarle a las nuevas generaciones que no vivieron la dictadura de lo que Celso Emilio Ferreiro, un poeta gallego, definió y tituló en el libro Larga noche de piedra ? No lo entenderían. E incluso a nosotros, pasados 30 años, nos cuesta trabajo entenderlo. Aunque no conquistamos la utopía, si conquistamos la democracia, que era la utopía de aquel tiempo para muchos millones de españoles. Para otros, en cambio, fue una pérdida a la que había que adaptarse. Una pérdida que han transmitido a sus hijos y a sus nietos. Ese es el componente fundamental del franquismo sociológico que perdura en ideas políticas y en viejas intolerancias de raíz. Esas ideas nunca condenaron en el Parlamento aquel golpe de Estado de 1936 que, con todos mis respetos a sus nostálgicos, afortunadamente no volverá a repetirse.
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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