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ALJUMA
Escuela partidaria Carlos Rivera
(23/11/2005)
El sistema educativo que yo conocí era un cambalache de conceptos arbitrarios al dictado del adoctrinamiento y de las pleitesías políticas propias de una dictadura. No había debate. No se realizaban encuestas acerca de la calidad de la educación. Eran sus métodos bastante persuasivos, con el consentimiento de nuestros padres, convencidos de los milagros de aquella bárbara máxima que decía "la letra con sangre entra", lo que sucedía en ciertas ocasiones de desmelonamiento improbable en cerebros absolutamente cerriles o simplemente evanescentes. Lo que me llama la atención de mis ya vagos y lejanos recuerdos de aquella escuela era la reiteración de una pregunta del catecismo de Ripalda acerca de la creencia en Dios y de si nos considerábamos cristianos. Y aunque todos los niños, obviamente, contestábamos que sí, volvían a inquirirnos sobre el tema una y otra vez, como si no se fiaran de nuestra sinceridad. Y luego pasaba lo que pasaba, que te aburrías de repetir la misma retahíla y apostatabas en secreto, a riesgo de que el maestro o el cura llegaran a enterarse y te soltaran un sopapo, porque la religión, como la letra, también con sangre entraba. Y bien que sangraron alguna que otra vez nuestras manos infantiles por el efecto de algún palmetazo inoportuno. Por lo demás, no había cuidado. La Historia era lo que era, la reconquista de España que nunca acabábamos de aprender, el "tanto monta monta tanto" de Isabel y Fernando y la eterna perfidia de los ingleses vengada en el estadio de Maracaná por el glorioso gol de Zarra, un vasco de cuando los vascos eran españoles sin ninguna duda y los catalanes tenían buen cuidado en cantar "Els segadors". De las Matemáticas aprendimos lo básico de saber contar lo ricos que podríamos ser, descontando lo pobre que la mayoría éramos para multiplicarlo por el sueño imposible de que nos tocara la lotería de Navidad, dividirlo por nuestra precaria realidad y sacar, al final, el escéptico cociente negativo de nuestros desengaños. Y en cuanto a las ecuaciones, que también aprendimos, eran un misterio tan insondable para mí como el de cavilar por qué fulanito, que era un auténtico ceporro, podía estudiar en Madrid, en Granada o en Sevilla una carrera de letras, mientras alguno, que leía en secreto a los poetas del exilio, tenía que conformarse con desearlo. A la distancia de los años y leída atentamente la ley de educación del gobierno de Zapatero, pienso, como pensaba entonces, que la escuela española no ha cambiado tanto, que sigue siendo aún más clasista de lo que entonces era y que son tantas las mentiras que se están difundiendo, que va siendo hora de deletrearlas. Sostienen, los de la manifestación, que la nueva ley impide estudiar la religión católica en la escuela. No es cierto. Quien quiera hacerlo, por deseo de los padres, podrá ejercer o no ejercer tal derecho con absoluta libertad, tanto en la escuela pública como en la privada y concertada, sólo que no será "evaluable" a efectos académicos. Dicen, los de la manifestación, que la nueva ley no garantiza el derecho de los padres a elegir el centro para educar a sus hijos. Otra falacia, pues bien sabemos que con la ley de Aznar está ocurriendo lo contrario: que son los centros concertados/privados los que suelen elegir a sus alumnos. Otro detalle clasista. Un apartado discriminatorio contra los hijos de los inmigrantes y los de las rentas más desfavorecidas. Y creo que con estas dos cruciales mentiras deletreadas aclaro lo crucial. La división social en la educación española es evidente. Más acentuada, incluso, de lo que ocurría cuando la escuela de mi infancia. Es una lucha de clases encubierta en la que se anteponen los intereses particulares de los centros privados/concertados sobre los generales de la escuela pública. Los recursos por alumno (según el catedrático de Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra, Vi§enc Navarro) son un 32% superiores en las escuelas privadas que en las públicas, por las subvenciones que aquellas reciben del Estado. Pero no se manifestaron por esas favorables evidencias económicas. Una vez más utilizaron el nombre de Dios para justificar sus privilegios. Como si Dios, hecho decreto o ley, debiera inmiscuirse en esa educación polarizada y clasista. Como si Dios, convertido en asignatura obligatoria y evaluable, fuera la letra que con dinero público y no con sangre entra, sentado en un pupitre y tomando partido por un determinado concepto de la vida y de la política. Como en la escuela de mi infancia.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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