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ALJUMA

Cenizas

Carlos Rivera

(16/11/2005)




Una fría emoción recorre en ocasiones los ríos de las venas de la palabra cuando intentas llevarla hacia el papel para decir cuánta desolación está degradando al mundo en el que vives, cuánta impotencia en los vanos deseos de cambiarlo. Hay una frase que Saramago pronunció hace tiempo en una conferencia. Desde la raíz del pesimismo filosófico decía el escritor portugués: "Hoy es más fácil llegar a cualquier lugar del universo que al corazón del hombre". Cuando un escritor se queda solo ante la página de la vida siente que cada palabra suya de condena de la situación del mundo es un naufragio que acaba en una isla: la soledad profunda en la que a veces nos sumerge la ingratitud del tiempo. Sucede más en los poetas. Te equivocabas, querido regruñón Blas de Otero: ni la poesía es un arma cargada de futuro, ni dios que lo remedie. Sólo tienes que estar atento a lo que sucede en el entorno tuyo para sentir la perversión del sistema. Y lo peor es que no quedan muchas esperanzas. En cierto modo, todos seguimos siendo los hijos de Godot . Y en ocasiones te vuelves tan pesimista que no te queda más remedio que ejercer el triste oficio de superviviente en una sociedad cada día más insolidaria y egoísta en la que sólo interesan el placer, el dinero y la conquista del éxito personal. Las máximas indiscutibles. Tratamos de imbuírselas a nuestros hijos, como nuestros padres y educadores de antaño nos imbuyeron aquella ética sumaria del cumplimiento del deber, en el nombre del cual se nos decían unos bellos discursos que nos preparaban para la obediencia. O para lo contrario. Y eso es porque algunos de mi generación entendimos que no se pueden enseñar ni el silencio ni la sumisión cuando hay tantas heridas que brotan de los ojos, cuando hay cicatrices que brotan de la Historia, cuando hay historias que nunca cicatrizan.
Arde París, y aquí mucho me temo que tenemos síntomas bastante preocupantes. No creo que sean hechos aislados y atribuibles al habitual vandalismo juvenil la reciente quema de coches que se ha producido en Córdoba y en diversas ciudades de España. Ojalá me equivoque. En cualquier caso, que arda París y pueda arder media Europa es una pregunta que tiene respuestas que los políticos están obligados a dar. La derecha gobernante francesa, a su llegada al poder, rompió los intentos de integración del último Gobierno socialista haciendo lo de siempre, recortando los gastos sociales y los asistenciales del subsidio para quienes habitan, en la segunda o tercera generación de inmigrantes, las ciudades dormitorios de las grandes metrópolis francesas. Esos lugares en los que comenzaron el incendio real y el simbólico me hacen recordar un poema (El olvidado ) de un viejo amigo muerto, Pepe Hierro. Esos muchachos de los guetos de París se han rebelado vandálicamente (lo que debo condenar) contra una más que injusta situación. Ellos son los olvidados del Estado del bienestar, que no es sino una llaga ulcerosa sin modelos éticos. Un lugar del sistema en el que las conductas desvergonzadas fundan su preeminencia sobre las otras, las de los que miran con impotencia con el estupor de su honradez y las de los que, menos afortunados, esperan silenciosos, heridos e indecisos sobre la cornisa del rascacielos de la vida.
Todos los días vemos venir al ángel de las sombras. Nos trae historias de todos los paisajes del miedo y de la desolación. O viene cargado con nubarrones de muertes de inocentes. De situaciones como las de las vallas reales y simbólicas contra los excluidos del sistema. De asesinatos en masa en Irak, donde la guerra es esa historia interminable escrita por genocidas que nunca serán acusados en ningún tribunal penal internacional. Arde París y ojalá que el incendio no se propague, porque no habrá bomberos ni policías suficientes que puedan detener el estado de desesperación de tantas personas. Arde París y no parece habernos sorprendido un incendio tan simbólico como real. Una vez más nos vemos sumidos en la desesperante abulia de contemplar la reincidencia de la Historia en sus propios desastres. Y si nos queda una hora de melancolía será para lamentar nuestra tibieza o para encomendarnos a palabras inútiles que nos producen sentimientos confusos. Como los personajes de Esperando a Godot , de quienes somos descendientes por la línea directa del hastío ante los males que aquejan a este mundo. Arde París. Todo aquello que se nos prometió: "Libertad, igualdad, fraternidad", sólo son cenizas del histórico incendio de la palabra utopía.
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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