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El escritor Gabriel Miró
Es Gabriel Miró uno de los escritores más originales y renovadores de la literatura española. Su originalidad es el resultado de la fidelidad a su propia percepción del mundo, del minucioso análisis de sentimientos y sensaciones, y, sobre todo, es la consecuencia de su continuado esfuerzo para encontrar las palabras que dan forma única y precisa -poéticamente precisa- a su compleja manera de entender las relaciones del hombre con el mundo, su situación en esa totalidad de la que forma parte. La obra de Gabriel Miró es el fruto de una exigente labor de indagación en un lenguaje que, en su uso cotidiano, pierde la capacidad de expresar la novedad de cada momento vivido. La primera búsqueda de un escritor es la de esa palabra que ilumina de manera nueva cada objeto de nuestra cotidiana existencia: la "palabra creada para cada hervor de conceptos y de emociones". De este modo la forma lograda es un descubrimiento que nos lanza hacia nuevos horizontes estéticos.
La tarea literaria queda concebida, pues, como una continua creación en la que el lenguaje es, al mismo tiempo, materia y forma, guía y hallazgo. Se alcanza así esa insólita profundidad, que supo expresar su amigo Óscar Esplá: "Si el hondo fenómeno vital del universo tomara conciencia de sí mismo en todas las cosas, su emoción de cada hora en ellas sería exactamente esa que Miró recoge al contemplarlas". Sus novelas son, ante todo, la manifestación artística -en el mayor arte literario- de los más firmes principios de la condición humana: el amor -o su falta-, el dolor, el poder del tiempo, el sentimiento y anhelo de plenitud y felicidad, y los límites de esa felicidad... No importan aquí las acciones, los acontecimientos, sino las emociones, y en su continuada presencia está la más firme garantía del goce del lector. Abrir un libro de Gabriel Miró, seguir las líneas de su escritura, es ingresar en un universo original y bello; pero también terrible, por verdadero. El escritor no ha relegado al lector a adoptar un papel pasivo; su propósito de "decir las cosas por insinuación" demanda atención, imaginación y sensibilidad activa por parte de quien se enfrenta con la página. Leer a Gabriel Miró es una experiencia que nos modifica. Experiencia siempre personal en nuestra lectura, en nuestra íntima relación con el texto. El profesor Edmund L. King señala esta singular relación: "Atrae el interés del lector como persona privada, no como ciudadano, católico, miembro de algún que otro grupo o clase". Nada más opuesto al espíritu gregario que esta literatura dirigida a la intimidad de cada lector; esto significa que Miró no ha de ser nunca un escritor para lo que hoy se llama "el gran público", para las muchedumbres atentas al reclamo lanzado desde los medios de comunicación de nuestros días; pero esto mismo es también garantía que preserva su obra para aquellos lectores "exigentes" que piden algo más que mero entretenimiento y superficial evasión: los "menos" en cantidad, pero los más seguros a lo largo del tiempo, y del espacio; de los años y de las leguas en un planeta viejo, aunque siempre renovado por el arte de la palabra nuevamente hallada y preservada de los estragos del tiempo.
*De la página www.cam.es/1/obra-social/miro/gabriel.htm
Fragmento de “Años y leguas”
Dice el Eclesiastés que la risa, el habla y el andar del hombre muestran su corazón. Pues el ánimo del dueño de estas heredades se manifiesta en las ventanas; aquí, aun sin querer, pone su tono, sus resabios, sus cavilaciones, sus conceptos, singularmente el de la Interinidad de la vida. Crece el edificio; va quejándose su fisonomía con los rasgos de los balcones de las rejas... (Una ventana encima de un huerto, del mar, de las soledades de un monte, nos comunica las complacencias de los que están junto a la vidriera mirando.) Y apenas se acaban estas órbitas, el dueño les baja unos párpados de ladrillos. En la faz tapiada se endurece una mueca de avidez, como la de los tuertos y sordomudos. La ventana no es sólo la mirada, es también el grito, la ansiedad, la sonrisa hacia los senderos, las nubes, los caminantes, las aves, los rebaños, la lluvia, las estrellas. (...) No; la señora no quiere cavilar ni desperdiciar dineros en una hacienda que sólo ha de tener mientras viva. ¡Y qué le queda de vivir a sus ochenta y seis años! Después, sin hija ya en el mundo, los bienes de don Pedro irán a poder de los de su sangre, y las heredades de ella, a los de la suya. Dejó el esposo sobrinos que esperan... le queda a la señora la sobrina. Todo el pan está ya rebanado y a punto que se lo repartan. A doña Elisa, con sus alpargatas, su toca y su hábito del Carmen, ya no le falta sino acostarse en la tierra, al lado de la niña y del marido... Y otra vez se le llenan los ojos de bruma inmóvil de eternidad: ¡Es la eternidad...! (...) Sigüenza se revuelve mirando la gota de lumbre de Venus, lumbre jugosa, de una sensación de desnudez. Ya baja por los hombros del Ponoch. Se lo avisa a la señora, que no puede levantar tanto su frente; y la sobrina busca el lucero por otro horizonte. Venus se hunde veloz, quebrándose en la humedad de la mirada... Se ha embebido el zumo de claridad, y el cielo se va desamparando.
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Carlos Rivera
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