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“El niño fascista”, de Eduardo Haro Tecgglen
Capítulo del libro “El refugio”
Fue entonces cuando Juan Aparicio decidió hacer un cursillo para periodistas profesionales que no tuvieran carné. Me he quedado antes en suspenso cuando hablaba de ese dictadorzuelo. La subsecretaría de información la llevaba Arias Salgado, padre del actual ministro de Fomento: muy parecido físicamente a él, y me da la sensación de que son moralmente iguales. Me parece bien: todos hacemos lo posible por continuar a nuestros padres. Marqueríe y Víctor consiguieron que entrara en el curso. Recuerdo el examen final: en una mesa redactaba su ejercicio Camilo José Cela, en otra José García Nieto... Los dos serían académicos: era una generación con futuro. Recuerdo el tema del examen de Literatura, por Ernesto Giménez Caballero falangista romano y surrealista, que había pretendido casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler: una buena cepa fascista-: había que explicar a Garcilaso de la Vega como falangista. Recuerdo que me inventé como cita principal a un hispanista americano que había encontrado esas coincidencias: pienso ahora que sería por ocultarme yo otra vez, por dar la voz a un personaje inventado. Pero durante muchos años Giménez Caballero me preguntó por el libro de aquel hispanista, y siempre le ofrecía enviárselo. Quizá el ejercicio esté todavía archivado en los papeles de la Escuela: podrían encontrarlo mis biógrafos del día, y les sería curiosamente útil. Entonces me dieron el carné con las flechas y el yugo; unas buenas tapas de cuero y, en la tapa interna, el juramento de adhesión a los principios del Movimiento Nacional. No lo firmé. Aún debe de andar ese carné por casa, o se habrá perdido en los sucesivos desastres biográficos. Pero no lo firmé. Qué más da: en mi libertad interna, en mi seguridad pirandelliana de que el autor de mí mismo no estaba siendo yo, no lo firmé. Como en los artículos que escribía; no ponía mi primer apellido. Como si no quisiera manchar el nombre del prisionero: tonterías. Qué culpa tendrían los Tecglen. Eran pequeños signos, pequeños ritos, como el pez que dibujaban los hombres de las catacumbas dos mil años antes. Pero todos teníamos nuestras pequeñas trampillas, insignificantes. Recuerdo un día que encontré a mi compañero Luis Moure Mariño, que ya había tenido su "Mariano de Cavia", desolado sobre su máquina de escribir. Le habían entregado el papel de Juan Aparicio donde decía: "Ese periódico hará un editorial pidiendo que se aplique la pena de muerte a los estraperlistas...". "Y es que mi padre es estraperlista...!", gritaba el pobre. "No te preocupes: te lo hago yo." Me senté a la máquina y escribí el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, que me lo agradeció mucho. Era un buen hombre: dejó la profesión, sacó una notaría en Galicia. A veces he oído hablar de él. Pero era otro hombre de la dictadura. Como yo, como todos los que nos sentábamos en torno a la mesa de hule verde de la redacción. Supongo que un día alguien, Víctor o Marqueríe, o el redactor jefe o quien fuera, me mandó a El Escorial a los funerales de Primo de Rivera que presidía Franco. Supongo, digo, no me acuerdo, porque la memoria es selectiva, que me dirían que escribiera una buena crónica. No sé si la escribí yo solo, o si alguien añadió algún párrafo: pienso que no, que sería yo. Es la que ahora encuentran como un hallazgo de mi miseria los canallescos compañeros. Me han llamado ya estalinista, espía soviético, momia, han dicho que soy mala persona, perverso. Sólo les quedaba el peor insulto: llamarme lo que ellos eran, falangista. Si sabrán ellos cómo se podía ser de miserable siendo falangista: era su partido, su personalidad. Voluntaria, elegida. Sigue siéndolo. Los que no tuvieron tiempo, se dicen demócratas, o se dicen ácratas, o monárquicos: pero ellos y yo sabemos que, si hubiera otra guerra civil, estarían en el bando del nuevo Franco. No sé cómo no les da vergüenza que su dictadura me obligara a escribir como si fuera uno de ellos. Yo no tengo esa vergüenza. Estoy satisfecho de haber vivido de rodillas esperando el momento de ponerme de pie. No sé: supongo que me acerqué a la máquina donde había escrito el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, mercader negro, y comencé a escribir: "... Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezado de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo...". Capitulo completo …y cuanto tocaban oración o bandera en algún cuartel por cuya proximidad estuviera, levantaba el brazo en el ángulo perfecto, con los dedos de la palma derecha unidos; si alguien se dirigía a mí y me decía “¡Arriba España!”, yo contestaba con voz vibrante “¡Arriba!”; cantaba a coro el “Cara al sol” con los demás y contestaba bravamente a los “gritos de rigor”, como se decía, cuando en algún acto público los emitía la persona mas caracterizada. Algunos se arrepintieron luego, se dieron cuenta de la caricatura cruel que habían representado, de su pobre comicidad de creyentes en un mal espectáculo de asesinos y tontos y se evadieron, cantaron la gallina, o lo que fuera, y destruyeron en los archivos de los periódicos las fotografías comprometedoras: uniformes negros con dorados, o saharianas blancas, o camisa azul remangada: y el brazo, siempre el brazo en alto y la boca abierta como quien canta o grita su himno de victoria. Muchos se arrepintieron: yo, no. Yo estaba representado mi papel de vencido lo mejor que podía; y cuando un militar de alta graduación pasaba junto a mí yo juntaba mis talones con sequedad y marcialidad: sonaba el estampido y el miles gloriosus sonreía y se llevaba la mano a la gorra, o al gorrillo cuartelero, que todavía llevaban porque estaban en campaña. En territorio ocupado: y yo era uno de los nativos. Pegaba el taconazo pero pensaba con temor que podían desprenderse las suelas de los viejos zapatos: ya fabricados con cartón o con hule, ya hechos durar demasiado. Podía pasar una procesión y yo, el niño que tenía que ser fascista, el niño que había perdido la guerra, me arrodillaba. Una vez no lo hice, por desatención, y se lanzaron sobre mí los católicos nauseabundos, blandiendo sus cirios de malditos meapilas: como íbamos juntos los viejos amigos de antes, de después, y dos de ellos eran alemanes, de las Juventudes Hitlerianas, los hermanos Klimowitz, enseñaron sus documentos y dijeron que éramos todos protestantes de la Gran Alemania: y levantamos el brazo y nos sonreímos, y yo, el falso alemán, mejor que ninguno: con una inclinación intachable y una sonrisa de triunfador. Son fáciles de imitar esas sonrisas, sea quien sea el triunfador: consisten en una mezcla de ufanía y de amenaza difusa, de protección —¡el salvador!— y de seguridad en sí mismo. Un gesto canalla de los que gustan a la sociedad y llaman elegante. El de Alfredo Mayo en las películas: se podía imitar muy bien su pinta dura y facciosa en “Sin novedad en el Alcázar”: era una lección. Luego fue un gran actor, como en “La Caza”, pero entonces tenía que ser mal actor, porque imitaba a malos tipos. Desde entonces yo supe que era el perdedor entre la masa de los perdedores, y que lo sería siempre. Cuando los fascistas, los del paleolítico y de los de la sombra monstruosa de Fraga —creación como de Frankenstein o de Franco-stein: a horrible general le salieron bien muchos prototipos, pero como éste, ninguno— todavía pienso si habré de esconderme, si refugiarme. Solo que ahora no quiero fingir ni un día mas, escribo lo que me sale de lo que me queda de la virilidad humillada, de los cojoncillos de chaval madrileño encogidos por el frío de marzo de 1936: pero en seguida se lanza sobre mí la canalla fascista. Cuidado, dicen ellos, que no gane el que tiene que perder. Cuidado, que no diga lo que quiere decir. Algunos ya estaban empezando a cebarse entonces, a recomer de lo que nos quitaban, hasta ser peonzas de grasa y así se conservan; otros nacieron después. “La canalla fascista”, decía yo, en lo que ya era mi juventud entre mí, y a algunos de los míos, a una pequeña Isabel a la que llevaba del brazo y cambiábamos impresiones sobre las cárceles de nuestros padres, y nos dábamos esperanzas de que no los matarían; Isabel de percal, de bracito desnudo, flaco y frágil y queridísimo, de mirada asustada para siempre: a ella sí se lo mataron. El niño fascista, fascistizado, disfrazado, simulador, actor, clandestino, oculto en su niñez, tenía ya catorce años y recordaba que en su juventud lejana, cuando aún no había cumplido los doce, había gritado “¡Contra la canalla fascista¡” cuando vendía los ejemplares del periódico comunista “Juventud”: de las Juventudes Socialistas Unificadas. Otro casi niño, Fernando Claudín, lo dirigía, mientras estudiaba arquitectura (no terminaría jamás: se fue a la guerra y tardó casi cuarenta años en volver, y aún no e daba cuenta de que había perdido) y lo distribuían en el barrio de Pozas, el que tuvo en Lauro Olmo su último defensor cuando empezó el desmantelamiento de Madrid por los vencedores de piqueta y mal material, barato, con licencias compradas en el ayuntamiento, ayudas en Regiones Devastadas, obreros que a veces eran presos que les concedían. Lo vendía yo por las calles, en 1936, entre los pistoleros falangistas y las partidas de la porra; y en la puerta de mi casa burguesa, en San Bernardo, 120. Los pistoleros, los auténticos, mataban: Pilar Primo de Rivera y un Sainz de Hereda primo suyo, mataron a unos pasos de casa, en la calle de Trafalgar, a una “chíbiri”, una pionera que volvía del domingo rojo en la Casa de Campo; iba ya llegando a su casa, separada del grupo, cuando pasó el coche de los Primo y la mataron a tiros: tenía casi mi edad. Luego yo he charlado con ellos, sonreído, saludado, dicho “Arriba”, y la verdad es que no les odiaba. Pero tenía cuidado. Sabía que me mataban: la canalla fascista, que gritaba yo a la puerta de mi casa. Estoy viendo la vieja casa, delante de la mía, mientras escribo. Me regañaban mis padres: no solo por el miedo a que me apalearan los otros: sobre todo, porque podía molestar a nuestros vecinos, cariñosos y un poco extraños de que una familia bien fuera del Frente Popular. Mi padre era así: tenía una educación muy marcada por algunos elementos de su juventud, por la Marina, por los años de Londres; siempre tenía palabras amables para todos, y siempre ayudaba a las señoras a llevar su bolsa y a los ancianos a subir los cuatro escalones del portal. Por poco lo matan, cuando ganaron. La madre de los Klimowitz, pequeñita y católica ferviente, me decía que era raro que unas personas tan inteligentes fueran rojos. A Juan se lo llevaron a la guerra, le cazaron los rusos, volvió extenuando y aterrado. Pablo se hizo romper una pierna, no se por quién ni como, para evitar ir al frente. Ya han muerto los dos. Y Manolo Ortega, falangista real, a quien su padre, capitán de la Guardia de Seguridad, educaba a correazos y nunca pudo conseguir que aprendiera nada. Se fue a la División Azul, volvió como héroe y consiguió un puesto de cartero. Aún le recuerdo decir, los domingos, cargado con la enorme cartera, “¡Correos nunca descansa!”, con grito de ufanía parecido al que empleaba para ensalzar a Franco o a su general, Muñoz Grandes. Ya ha muerto también, ya han muerto casi todos. Hace poco andaba todavía por mi casa una postal de Manolo desde el frente ruso donde decía, con el desgarro falangista de ellos, que saludase “a la puta de la Trini”. Pero la Trini ya no estaba conmigo. Era una pelotari incipiente, de las de los primeros partidos, y salíamos juntos, y paseábamos por la Puerta del Sol y cuando había algún dinero —era ella quien lo ganaba: monetizas— tomábamos un café en el de Correos; y allí fue donde me dijo un día que, cuanto lo sentía, pero que sus padres tenían para ella alguien con dinero, y que ella no podía hacer nada. Los zapatos viejos no engañan, y la ficción del niño fascista no podía engañar a otra niña pobre; y el traje minuciosamente zurcido por Benjamín Sobran, mi pariente, que había vuelto a ser sastre después de ser capitán de Infantería de la República. Me adelanto en el tiempo. Cuando mis padres me lo hicieron ver, suprimí la palabra “canalla” cuando vendía el periódico delante de mi casa, y decía solo “¡Contra el fascismo!”: en cuanto me alejaba, repetía “la canalla fascista”. Lo era. No mis vecinos, no nuestra burguesía acomodada: pero los otros eran la canalla fascista y aún siguen siéndolo. Los chicos de la casa eran falangistas. Cuando la guerra se nos vino encima, no dejamos de querernos, de perpetrar alguna hazaña miserable juntos, de movernos por la ciudad. En cualquier piso nos reuníamos a jugar, o a leer novelas en voz alta: unas veces Verde, otras Álvaro de Reatan. Unas veces la aventura, otras la pornografía dura y pura. Pura: siempre lo es la pornografía, porque no va mas allá, por mucho que invente, que la realidad de los cuerpos. Desde entonces me gustó siempre, creo que forma parte del sexo, y que es imprescindible para niños y ancianos. Pero también eso hubo que ocultarlo: el sexo iba a pasar a la clandestinidad. Los chicos fueron adhiriéndose, como pudieron a la Falange Clandestina, a las banderas organizadas: a la quinta columna. No tenían ningún reparo en hablar delante de mí, aunque supieran que yo era rojo: este niño era un caballero, no denunciaba. Si acaso les decía: “!Tened cuidado, hablad mas bajo¡” pero ellos alzaban la voz a medida que las derrotas —las mías— iban creciendo. La guerra se perdía. Se fue perdiendo desde el primer momento: empezó perdida, como se tienen enfermedades congénitas que llevan pronto a la muerte. No es una impresión falsa de quien ve los acontecimientos muchos años después, como les pasa a los filósofos de la historia, sobre todo si su análisis científico coincide con sus pasiones o sus adhesiones o sus creencias, o su raza o su patria: es que la guerra se perdió desde el primer día, y yo lo oía en casa, y lo decían mis padres y sus amigos. Aún quedaban tiempos duros, y peleas de entreguistas y resistentes, de traidores o de valentones –todos igual, pobres gente: perdedores, a los que irían matando uno a uno, o en grupos de diez en las tapias del cementerio del Este— y yo les decía a mis amigos falangistas que se callaran, que hablasen en voz baja, que no dijeran más donde estaba el cura y dónde el capitán disfrazado de mielero de la Alcarria. No me arrepiento de no haberles denunciado. Era un talante, un carácter, un comportamiento inducido en mi casa y en mi —perdón— casta de los librepensadores, y no lo he perdido. Al que denuncia, le veo mal. Aunque tenga razón. El 28 de marzo de 1939 los fascistas entraron en Madrid, en un revuelo de sotanas negras y jaiques blancos, en un griterío de las chicas de la Sección Femenina o de Auxilio Social en los camiones arrojando pan —y muchos corríamos detrás de ellos: aquel mismo día, quien no lo supiera, empezó a saber que la dignidad era otra cosa y estaba en otro sitio, y que había que ahuyentarla si era incompatible con el pan: solo con el trozo de pan— y levantábamos el brazo y gritábamos “¡Franco, Franco!” cuando se detenían y empezaban a repartir víveres. Fue la primera vez que alce el brazo y aclamé a Franco, el viejo asesino, pero no la última: los supervivientes, los herederos, los continuadores de la canalla fascista siguen buscando las huellas de cuantas veces lo hice, y donde. No por qué: y era porque habían ganado ellos y estaban creando su dictadura. Al día siguiente, mis amigos de casa me llevaron con ellos a la Falange Clandestina, ya proclamada, porque decían que tenían que salvarme: el barrio sabía que yo era un niño rojo. Y, sobre todo, había que salvar a mi padre. Juraron que yo era un falangista clandestino: me dieron una camisa azul con las flechas que la máquina bordó en rojo ayer (“Rojo ayer, rojo ayer”, repetían sardónicos los que ya eran mis camaradas, sacándole partido a su himno, maldito sea, para burlarse) y un fusil descargado, como a todos: y es que todos éramos niños. El cuartel era la sala de fiestas del Cine Salamanca. Me encargaron de vigilar las colas de los que iban a denunciar gente a Falange: no les traté con ningún respeto. Me hicieron salir con un piquete mandado por un capitán a incautarnos de un automóvil: el dueño lo había tenido toda la guerra oculto de los republicanos, para que no se lo incautasen, en un cobertizo detrás una huerta minúscula: me produjo un cierto placer empujar el viejo cacharro que ahora le robaban los falangistas, y pisotear las hortalizas. Aquella noche dormimos en las estanterías del guardarropas, sobre la tabla. Alguien se distraía en apagar y encender las luces de la sala: el rojo del tango y el azul del vals, mas o menos intensos según se girasen los reóstatos. Por la mañana, mis amigos y yo pedimos permiso para ir a casa a lavarnos y a cambiarnos algo: nos lo dieron. Cuando llegué, allí estaba la tragedia y el gesto de horror, y las lágrimas, y el peor miedo: se habían llevado a mi padre. Todo en regla. Había ido un piquete de infantería de marina, mandado por un oficial de rango superior a mi padre, le había hecho recordar las ordenanzas de Carlos III; los soldados le saludaron respetuosamente, y se lo llevaron. No volví al cine Salamanca. No volví a la Falange de un día y una noche. La camisa si me la volví a poner: el día en que juzgaron a mi padre en las Salesas, como decíamos entonces (por la Iglesia inmediata), en la Audiencia: me la puse para poder pasar por los cordones de guardias y falangistas que cacheaban a todo el que se acercaba y le pedía los papeles. “Pasa, pasa, camarada”, me decían a mí, con mi uniforme, y yo daba las gracias y hacia un esbozado gesto de saludo. Fue con esa camisa azul y aquellas flechas como escuché al fiscal relatar los casos de los catorce o quince desgraciados que habían violado monjas, tirado ingenieros al pozo, o quemado iglesias —o no lo habían hecho y habían caído bajo la nube de denunciantes; pero quizá, si, si lo habrían hecho: para ellos la guerra había empezado el día en que nacieron, y sabían quienes eran sus enemigos— y le oí decir que había reservado para el final el caso mas grave: el de mi padre, intelectual que había incitado con sus escritos a los crímenes populares. Pobre padre. “Era un burgués desorejado”, me dijo Víctor de la Serna, recordándole, cuando me dio cobijo en “Informaciones”, algo mas tarde. No sé que entendía por desorejado. Con esa camisa puesta escuché a mi padre, cuando le dieron la última palabra, quejarse de que, según las ordenanzas, tenía que haber sido juzgado por un Tribunal de Oficiales Generales de la Armada; y escuché como se reían de él. Le condenaron a muerte. Fue la segunda vez que me puse la camisa azul. fue la última. No fue la última, sin embargo, en que fui estigmatizado por las cinco flechas en haz, en cuyo nombre tantos cayeron y tantos mataron: solo que ellos tenían la esperanzas de viajar hacia los hipnóticos luceros inventados por el Jefe; y a los que ellos mataron, a veces a palos, o a litros de aceite de ricino, no les quedaba ninguna resurrección. O, si la hubiera, el infierno, donde el demonio sería un Jefe Nacional. Otra vez las tuve en el carnet del SEU, con el cisne complutense: la afiliación era obligatoria, y yo creí que podría continuar mis estudios, que me habían sido robados, entre otros enseres y posesiones y bienes, y entre otras situaciones digamos mentales que fue mas difícil quitarme, porque el miserable Caudillo y sus miserables ministros de Educación ––el de entonces debía ser Ibáñez Martín, pero el primero que instauró las depuraciones fue el especialista en mística Pedro Sainz Rodríguez, que luego tuvo que huir de Franco— habían decidido anular todos los títulos conseguidos en Zona Roja (ellos no lo ponían con mayúsculas: las coloco yo ahora con un homenaje póstumo, realmente inoperante, mas bien poca cosa, a aquel último trozo de la España que se quería librar de la cera y el charol) Así que había escondido el carnet de la FUE, con el de la CNT, en el fondo de un tiesto (dónde estará? ¿que flores habrán brotado?), por si alguna vez podía desenterrarlos, y me habían dado el del SEU. Pero en una clase de literatura me pidieron una crítica sobre una obra de teatro —que persecución, desde la infancia, de ese oficio que ya fue el de mi padre— y yo elegí “Yerma”, de García Lorca. Ah, creo que estaba bien lo que hice: pero me llamó aparte el profesor, me dijo que no pensaba denunciarme, pero que no volviera mas por allí. Nunca, nunca más. Me había fallado el instinto del suplantador, del clandestino, del oculto. Intenté rehacer el disfraz. Ya era imposible continuar los estudios: había que pagar todas las matriculas, había que reexaminarse de todo en una sola vez, y no teníamos dinero. Pero se podía trabajar. Sin embargo, había que hacer declaraciones juradas. Eran extensas y difíciles y no tenían mucha escapatoria. Se trataba de que los rojos y sus hijos no pudieran ocupar los puestos de nadie. En la declaración había que poner dónde se había pasado la guerra y que se había hecho durante ella; en el caso mas difícil de los menores, había que poner los datos exactos de sus familiares y de donde se encontraban. Había que buscar avales, y avalistas. Mucha gente de buena voluntad se prestaba. Mi tío, el Coronel Álvarez-Chas, me llevó con él al Tribunal de Represión de la Masonería y el Comunismo, del que sería ponente, Juan José Pradera, tío de mi compañero Javier; pero alguien de superior graduación descubrió que yo no era persona de confianza. Creo que esos tres o cuatro días pueden ser un dato interesante para las malas pécoras que rebuscan ahora mi pequeña crónica, mi biografía imaginaria: “Estuvo en el Tribunal de…”. Otra persona que se brindó a ayudarme fue un periodista alemán nazi, llamado Strauss, que había conocido a mi padre. Me daría un certificado de ayudante suyo… Algo bastante seguro. Pero tenía que trabajar un poco con él. Me citó en su hotel, y me metió mano. Comprendo muy bien que a esos catorce años, alto y desventurado, mal vestido y vagamente culto, podría ser una gran tentación para Strauss. Pero siempre pensé que en ese tipo de relaciones debía haber un acuerdo y, no correspondiendo mi manera de tratar el sexo con la suya, abocado desde pequeño a la fascinante, dura y suave mujer, le di las gracias atentamente y me fui. Mi necesidad de impostura y de interpretación se detenían en fronteras realmente estúpidas. Solo con haberme dejado… Un vencido a veces obtiene la redención por ese camino. Cervantes tuvo que ceder ante el amor del “rey de Argel”, de su amo Hasán Bajá, “uno de los mas regalados garzones del Uchalí” (garzón: “Sodomita, tratando de costumbres moras”, Acad.); y quien sabe de cuantos más. La pequeña y desolada aventura del niño fascista cambió cuando mi madre alcanzó a hablar con Víctor de la Serna, viejo amigo de mi padre, director de “Informaciones”, que llegó a Madrid con su propiedad desde Salamanca y me dio un puesto de meritorio en el periódico: dinero, no. Pero si un oficio. Juan March tuvo dos periódicos en Madrid, uno de izquierdas, el de mi padre, “La Libertad”, y otro de derechas, “Informaciones”: las “jacas del contrabandista”, decían. Los dos se independizaron; y Víctor de la Serena, con Ruiz Albéniz (“El Tebib Arrumi”) pusieron al servicio de José Antonio Primo de Rivera. El Tebib no era falangista: era el hombre de Juan March, al que había sacado de la cárcel de la República (compraron al director de la prisión, que escapó con ellos). Durante los tiempos anteriores a la guerra, “Informaciones” era un periódico criptofalangista: sostenido por el joven Primo hacía sus campañas sin declararlo. Víctor mantuvo su falangismo joseantoniano durante la guerra, y aún cuando, fusilado el fundador en Alicante, Falange no quiso aceptar la unificación con los carlistas (movimiento de Hedilla, condenado a muerte, indultado luego, desterrado: Víctor le ayudó hasta su muerte. Iba a “Informaciones”, charlaba un rato en la redacción, vivía de un trabajo en la compañía Iberia y no emprendió mas aventura política: pero muchos de sus seguidores mantuvieron la pureza original y la esperanza de la “revolución pendiente”. Los otros prefirieron la grasa: la sobrealimentación, los puestos donde se podía medrar, el periodismo equívoco, los sindicatos verticales, las agencias del movimiento, los periódicos con las flechas. Eran rentables. El segundo estigma de las flechas vino por un falangista de Salamanca que se había recubierto de grasa, pequeño y gordo, napoleónico. Era el delegado nacional de prensa, Juan Aparición, el máximo censor: alguien que mandaba lo que había que escribir, con detalles, y cuya oficina no solo quitaba, sino que añadía. Lo que luego fue ministerio de Información era entonces subsecretaria de prensa y propaganda, en la que se había distinguido como inventor del sistema Dionisio Ridruejo, que era también visitante de la redacción, amigo de Víctor; pero le conocí mejor luego, cuando se recicló y abandonó Falange. Iban a la redacción falangistas puros (Salvador Valían se quitaba la chaqueta, y el correaje con la pistola y las colgaba de la percha civil) y alemanes nazis puros. Víctor de la Serna era nazi: seguía encontrando que el nacionalsocialismo podía hacer la revolución social en España. No renunciaba a sus beneficios: pero era leal a sus principios. No se hizo ninguna ilusión con respecto a mí: al principio creyó que había que conquistar a los hijos de los vencidos, tropa de la que no sé si conocía a alguno mas que yo: pero cuando traspaso el periódico, perdida la guerra y el capital, dejó una nota sobre cada uno de nosotros, y la mía empezaba diciendo “Pertenece al grupo rojo de la redacción”. Fue un salvoconducto para los que llegaban (Francisco Lucientes, tan americanófilo como Víctor había sido germanófilo; procedía de “El Heraldo”. Fuimos grandes amigos). De los otros rojos de la redacción he hablado en otros libros; Juan Catena, y su muerte; Demetrio, el gran dibujante pornográfico que pasó los últimos años recubriendo piernas, descotes, brazos de las fotografías que no hubiera aceptado la censura. No creo que el fascismo y la dictadura sean bien comprendidos hoy: no creo que nadie tenga la sensación de opresión real, de humillación o de cautiverio que implantó sobre los que dejó vivos en su conquista. Quiero decir que Víctor de la Serna no dejó de comprender a quien tenía en su casa. Solo una vez reaccionó. Un día, bromeando con un compañero cuyo fascismo era a la italiana, un biógrafo de Mussolini, tracé la planilla de una primera página de un “Informaciones” que saldría en un futuro imaginario y que relataba la entrada de los rusos en Berlín. No es que fuera profeta: es que estaba empezando a pasar. Arrugué la cuartilla y la tiré a la papelera. No sabía yo que había por la noche un servicio especial que recogía todo lo que se había tirado y lo investigaba. Lo llevaba un empleado, creo que del taller, Poli: no abreviatura de policía, sino de Policarpo. Había estado en la División Azul, con Vitín de la Serna, hijo mayor de Víctor. La cuartilla estaba alisada en la mesa del director, que me llamó al día siguiente. La investigación había deducido que el autor era yo. “¿Has sido tú?”. “Sí”. “Pasa ahora mismo por la administración, que te den lo que sea y sal de esta casa. Y vete a quejar al sindicato, si quieres, que ya diré yo por qué te he despedido”. No contesté. Salí del despacho y tuve una inspiración: volví a la redacción, a mi sitio, seguí haciendo el trabajo que tenía entre manos y no se volvió a tratar del asunto. No soy tan ingenuo como para ignorar que Víctor se olvidó del asunto. Es, simplemente, que me perdonó. Pero si yo hubiese seguido su orden, y con esa historia detrás, no se donde hubiera podido trabajar. Cuando Víctor de la Serena me colocó en su periódico me destino a la sección de deportes, para la que tenía una ignorancia absoluta. En ella reinaba Julio Cueto, primo de Víctor, falangista, que me protegió y ayudó desde el primer momento; y en el cuarteto donde estábamos estaba también como recluido don Juan Catena, que había sido dueño del periódico (cuando se llamaba “El País” y era republicano federal). He contado ya en otros sitios que cuando me mandaban a la redacción grande para algo, Félix Centeno gritaba: “¡No solo hay que matar a los periodistas rojos, sino a sus hijos!”. Era el hijo del preso, el hijo del condenado: cualquier día podía aparecer de luto, por lo que en el noticiario del periódico se llamaba estrictamente (orden de la censura) “Sentencia Cumplida”) No he dejado de pensar en la frase de Centeno en mi carrera posterior, y he descubierto que tenía razón. Un exterminio tiene que ser total. Otros se limitaban a no hablarme ni saludarme: muchos, por miedo. Creo que esos años de niñez, de vencido de catorce o quince años, formaron mi carácter: en lo mejor que pude tener. Pasar imperturbable entre el silencio, o la invectiva, saludar correctamente a los que me ofendían, hizo un poco una manera de ser que no ha terminado nunca. “Informaciones” se hacía en la calle de Trapalear: el Estado se había incautado del periódico “El Socialista”, creado por Indalecio Prieto, con casa y máquinas compradas por suscripción popular y por donativos de los afiliados a CGT y al partido, para hacer el “Boletín Oficial”: ha estado allí hasta hace un par de años. Se lo prestaban a “Informaciones”, hasta que se reconstruyó la casa bifronte, en la calle de la Madera/San Roque, que había sido bombardeada. Mi padre estaba dentro aquel día, haciendo su periódico “La Libertad”. Yo iba con él algunas veces: era el primer periódico de mi vida. Cuando volví era ya con la mudanza de “Informaciones”. Me favoreció. Al estar en la redacción general, los redactores encontraron que no era un verdadero monstruo, que era tratable e imperturbable: alguno me llamó “el inglés”, pero no en el mal sentido con que se pronunciaba allí esa palabra, sino por la serenidad, el silencio, la seriedad. Para ellos inglés era algo que habían conocido en el Phileas Fogg de Verne; y lo achacaba a mi apellido, Tecglen (irlandés). Era, en realidad, de otra procedencia: otra altivez, otro desprecio. Otro miedo, claro. El “grupo rojo” me reconocía, me ayudaba. Y un falangista duro, pero lírico, como fue Alfredo Marqueríe: años después sería el padrino de mi hijo Eduardo. Tengo muchos, muchos recuerdos de falangistas a los que debo gratitud. En esa situación, Víctor de la Serna me encargó de una sección que había quedado vacante: la información de Falange. Llamaba todos los días a las distintas delegaciones, acudía a los actos, levantaba una y otra vez el brazo, daba taconazos considerables y muy audibles, contestaba “¡Arriba!” al grito que lanzaban. Estreché mis lazos con la Sección Femenina: quizá porque eran mujeres y yo parecía destinado a entenderme con ellas, al menos mientras no se casaban conmigo. Y porque entendía que, en aquel momento, la Sección Femenina hacía una labor muy seria. Hoy serían lapidadas por las feministas, pero tampoco ellas tienen toda la razón. Alfabetizaba, enseñaba como se ha de llevar el embarazo y el parto, como cuidar de los niños. En aquella época de incuria nacional que la República no pudo remediar, fue enormemente útil. No he repudiado nunca los Coros y Danzas, como es costumbre. Iba a sus Congresos. Aún recuerdo uno, en no se qué ciudad, donde Rafael García Serrano, en un tresillo con Pilar Primo de Rivera y con mi gran amiga Lula de Lara, contaba historias de Pamplona: —Una vez se escaparon de la cárcel doce rojos, y fuimos en su persecución… Nos tuvieron que ordenar que parásemos cuando ya habíamos matado a treinta… No garantizo la exactitud de las cifras: si la perversión. Y Pilar Primo de Rivera reía… Supongo que yo también. Me parecería ahora muy mal no haberlo hecho, no haber llevado mi supervivencia hasta el extremo necesario. Pero como tenía fama de imperturbable, el silencio no molestaba. Pero tenía que haberme reído, como Pilar Primo de Rivera, sin dejar de pensar que ella misma había disparado contra una muchacha que volvía de su domingo en la Casa de Campo, con un pañuelo rojo de pionera al cuello. Es curioso, esa imagen de Juanita Rico en la acera de la calle de Trafalgar se me representa siempre que oigo hablar de los crímenes comunistas: y era el partido de los asesinados. Ah, no era el mío. Pero a esos compañeros les he respetado siempre. Fue entonces cuando Juan Aparicio decidió hacer un cursillo para periodistas profesionales que no tuvieran carné. Me he quedado antes en suspenso cuando hablaba de ese dictadorzuelo. La subsecretaría de información la llevaba Arias Salgado, padre del actual ministro de Fomento: muy parecido físicamente a él, y me da la sensación de que son moralmente iguales. Me parece bien: todos hacemos lo posible por continuar a nuestros padres. Marqueríe y Víctor consiguieron que entrara en el curso. Recuerdo el examen final: en una mesa redactaba su ejercicio Camilo José Cela, en otra José García Nieto... Los dos serían académicos: era una generación con futuro. Recuerdo el tema del examen de Literatura, por Ernesto Giménez Caballero falangista romano y surrealista, que había pretendido casar a Pilar Primo de Rivera con Hitler: una buena cepa fascista-: había que explicar a Garcilaso de la Vega como falangista. Recuerdo que me inventé como cita principal a un hispanista americano que había encontrado esas coincidencias: pienso ahora que sería por ocultarme yo otra vez, por dar la voz a un personaje inventado. Pero durante muchos años Giménez Caballero me preguntó por el libro de aquel hispanista, y siempre le ofrecía enviárselo. Quizá el ejercicio esté todavía archivado en los papeles de la Escuela: podrían encontrarlo mis biógrafos del día, y les sería curiosamente útil. Entonces me dieron el carné con las flechas y el yugo; unas buenas tapas de cuero y, en la tapa interna, el juramento de adhesión a los principios del Movimiento Nacional. No lo firmé. Aún debe de andar ese carné por casa, o se habrá perdido en los sucesivos desastres biográficos. Pero no lo firmé. Qué más da: en mi libertad interna, en mi seguridad pirandelliana de que el autor de mí mismo no estaba siendo yo, no lo firmé. Como en los artículos que escribía; no ponía mi primer apellido. Como si no quisiera manchar el nombre del prisionero: tonterías. Qué culpa tendrían los Tecglen. Eran pequeños signos, pequeños ritos, como el pez que dibujaban los hombres de las catacumbas dos mil años antes. Pero todos teníamos nuestras pequeñas trampillas, insignificantes. Recuerdo un día que encontré a mi compañero Luis Moure Mariño, que ya había tenido su "Mariano de Cavia", desolado sobre su máquina de escribir. Le habían entregado el papel de Juan Aparicio donde decía: "Ese periódico hará un editorial pidiendo que se aplique la pena de muerte a los estraperlistas...". "Y es que mi padre es estraperlista...!", gritaba el pobre. "No te preocupes: te lo hago yo." Me senté a la máquina y escribí el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, que me lo agradeció mucho. Era un buen hombre: dejó la profesión, sacó una notaría en Galicia. A veces he oído hablar de él. Pero era otro hombre de la dictadura. Como yo, como todos los que nos sentábamos en torno a la mesa de hule verde de la redacción. Supongo que un día alguien, Víctor o Marqueríe, o el redactor jefe o quien fuera, me mandó a El Escorial a los funerales de Primo de Rivera que presidía Franco. Supongo, digo, no me acuerdo, porque la memoria es selectiva, que me dirían que escribiera una buena crónica. No sé si la escribí yo solo, o si alguien añadió algún párrafo: pienso que no, que sería yo. Es la que ahora encuentran como un hallazgo de mi miseria los canallescos compañeros. Me han llamado ya estalinista, espía soviético, momia, han dicho que soy mala persona, perverso. Sólo les quedaba el peor insulto: llamarme lo que ellos eran, falangista. Si sabrán ellos cómo se podía ser de miserable siendo falangista: era su partido, su personalidad. Voluntaria, elegida. Sigue siéndolo. Los que no tuvieron tiempo, se dicen demócratas, o se dicen ácratas, o monárquicos: pero ellos y yo sabemos que, si hubiera otra guerra civil, estarían en el bando del nuevo Franco. No sé cómo no les da vergüenza que su dictadura me obligara a escribir como si fuera uno de ellos. Yo no tengo esa vergüenza. Estoy satisfecho de haber vivido de rodillas esperando el momento de ponerme de pie. No sé: supongo que me acerqué a la máquina donde había escrito el editorial pidiendo la cabeza del padre de Moure, mercader negro, y comencé a escribir: "... Se nos murió un Capitán, pero el Dios Misericordioso nos dejó otro. Y hoy, ante la tumba de José Antonio, hemos visto la figura egregia del Caudillo Franco. El mensaje recto de destino y enderezado de historia que José Antonio traía es fecundo y genial en el cerebro y en la mano del Generalísimo...".
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Carlos Rivera
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