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ALJUMA

Negritud
Carlos Rivera 12/10/2005









Los jirones que vemos en las alambradas de Ceuta y Melilla son jirones de piel de nuestra civilización. Ni todos los ejércitos del mundo juntos podrán evitar ese triste espectáculo. Ni aunque disparen sus armas para contener la avalancha de hambrientos que quieren acceder a nuestro supuesto paraíso, no podrán contenerlos. Es un ejército bien alimentado contra otro ejército famélico quienes libran ese combate desigual que acabará en derrota y humillación por ambas partes. En este problema todos seremos perdedores. Mientras en nuestra orilla satisfecha nos dedicamos a discutir el sexo de los ángeles de los problemas estatutarios, desde las "sordas minas del hambre y la multitud", como escribiera Jaime Gil de Biedma, viene esa avalancha de la negritud que ninguna valla, ni frontera, ni ejército puede contener. Como en Tijuana y Río Grande estos hombres y mujeres y niños que vienen del Africa profunda están dejando un rastro de cadáveres en nuestras fronteras europeas, que son Ceuta y Melilla y los litorales donde el cementerio marino para los que vienen en patera se agranda cada día. Tal vez no tengamos a punto ni soluciones ni respuestas ante un problema de tal magnitud. En nuestro paraíso, como en el del chiste religioso, están los "justos" y debemos perfeccionar los métodos de protección para que la ola de la negritud no nos arrebate los puestos de trabajo, como piensa la mayoría de nuestros conciudadanos. En eso se equivocan: los indocumentados subsaharianos no lo son tanto. Una parte de ellos tiene carreras, conocimientos especializados, aunque saben que si consiguen llegar a nuestro paraíso no les servirán de nada . Formarán parte de la nueva esclavitud del sistema capitalista, puesto que sólo aspiran a sobrevivir a costa de las sobras de nuestra civilización. Y ni eso queremos en la nueva frontera que establece unos límites entre el Estado del bienestar nuestro y el Estado de deshecho de donde provienen.
La mayoría de las religiones no se han distinguido en condenar esta injusta situación y si lo hacen es sólo "de boquilla" o "con la lengua chica", como se dice en nuestra tierra. Intereses privados han autorizado a las religiones a no hurgar demasiado en la herida de la desigualdad. Y la herida se agranda y los políticos, con sus trabalenguas, se han encargado de que la admiración por nuestros becerros de oro se haya convertido, a fin de cuentas, en una corrida de "miuras". A ver quién torea ésta. Quién le pone puertas al campo, vallas a las fronteras, cárceles a los deseos de libertad y supervivencia de ese ejército del hambre que está en posesión absoluta de una razón muy simple: la de vivir más o menos dignamente, porque no tienen otra elección.
"En el centro del sistema, animándolo como el sol anima nuestro mundo, está la existencia, es decir, la vida". Son palabras de un negro, de un Premio Nobel de Literatura, de un poeta, Leopold Sédar Shengor, que tan bien entendió y puede decirse que acuñó literaria y filosóficamente el concepto de la "negritud". Tiene un poema Shengor titulado "¡Oh, máscaras!", en el que dice: "Decid, ¿quién devolverá el recuerdo de la vida /al hombre de esperanzas rotas?/ Nos llaman los hombres del algodón/, del café, del aceite / nos llaman los hombres de la muerte". Este poema fue escrito cuando Shengor no había sido elegido presidente de su país, el Senegal. Cuando Europa comenzaba la descolonización de Africa, a la que tanto expolió, a la que tanto humilló. Cuando Europa se fue dejó gobiernos corruptos, democracias corruptas de las que proceden esos subsaharianos. Aunque no fuera más que por un acto de contricción por su culpa, Europa no debería rechazarlos. Los necesita para hacer los trabajos penosos que ningún europeo quiere hacer. Y aquí están, llamando a nuestras puertas. Los deportamos y Marruecos los deja en medio de la nada, abandonados a su mala suerte. Es lo mismo que está haciendo Europa, aunque sus procedimientos sean más sutiles (nuestros gobiernos los llaman "legales").
¿Cuántas vallas, por muy sofisticadas que sean, podrán detener la avalancha de la negritud? Vuelvo a Shengor, su poeta, que en una conferencia pronunciada en París en 1956 dijo estas palabras: "La vida no puede crecer sino coexistiendo en el hombre con el cuerpo y la respiración de la vida". El título de aquella histórica conferencia del que fuera presidente del Senegal fue, por cierto, "El espíritu de la civilización". La nuestra. Cubierta de vergüenza ante esos jirones del enjambre de la negritud
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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