ALJUMA
Nación
Carlos Rivera
05/10/2005
Me he pasado parte del verano interrogándome acerca de los dimes y diretes, pros y contras, hostilidades y sutilidades del término "nación". Y, la verdad, por mucho que Zapatero me contagie de su optimismo histórico y de su confianza congénita cada vez que alude a esa palabra en relación con los problemas estatutarios de Cataluña y el País Vasco, no las tengo todas conmigo. Me pasa como a Alfonso Guerra. Comienza uno a pronunciar nación, semánticamente, y es todo nacer un sentimiento político, metafísico, histórico, religioso y económico, emocionalmente. Le ha ocurrido a Ibarretxe, a Maragall, a Carod, a Saura, a Más y a todos aquellos que ignoran que a las palabras, como a las armas, las carga el diablo y nunca se sabe lo que puede ocurrir si se disparan y le dan, en el centro de gravedad, a la inocente Constitución. Así entiendo el intríngulis de los problemas estatutarios. Ser nación. Un sentimiento. Un desafío. Todo lo demás, competencia más, competencia menos, se dará por añadidura o podrá negociarse al alza o a la baja, según pinten los idus políticos del oportunismo o la conveniencia. Entre las diversas acepciones de nuestro Diccionario de la Real Academia, "nación" es "conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno". Y también "territorio de ese país". Y también "conjunto de personas de un mismo origen y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común". Desde los tres puntos de vista y en aras de una futura mejor convivencia pacífica no habría problemas en darles la razón a los catalanes, a los vascos y a todos aquellos parlamentos autonómicos que quieran definir su territorio como nación. Nación andaluza. Nación cántabra. Nación riojana o catalana o murciana. Café para todos y me importa un bledo que los políticos del PP y algunos del PSOE piensan que se rompe la unidad de España, porque no es así. Aunque, dando por supuesto que todo tiene arreglo llamándose cada comunidad autónoma como le plazca, sea nación, nacionalidad histórica, región o feudo, ¿cómo llamaríamos al Estado español, Nación de Naciones, como la Unión Europea o reino de taifas como dirá el PP? Sin tenerle miedo a las palabras ni a su contenido político, hay que tomar precauciones. La solución es el Estado federal, sólo que para ello se necesita no sólo voluntad política, reforma constitucional, sino el consenso absolutamente mayoritario del parlamento de España. Y aun suponiendo que se consiguiera proyecto tan utópico, tal vez no se solucionarían los problemas estatutarios. Ciertos políticos, muy dados a enredar, proyectarían hasta el infinito la consecución de nuevas metas para sus propias "naciones" y vuelta a empezar. Al ciudadano común, incluyendo los catalanes y los vascos, me parece que le trae sin cuidado la denominación de su comunidad autónoma. El ciudadano, evidentemente, tiene otros problemas más cercanos. Quiere tener seguridad, justicia, libertad, hospitales y escuelas, ciudades dignas para vivir, un Estado social que solucione sus necesidades perentorias, sus comunicaciones y sus desarreglos ante los mil laberintos de la vida. El ciudadano sólo quiere eso. Le trae sin cuidado que el territorio donde vive tenga esta u otra denominación política. Es lo que pienso como ciudadano común. Otra cosa es lo que opine como ciudadano particular. En este sentido a mí me gustaría convivir en un Estado vertebrado socialmente. Como andaluz, quiero poseer los mismos derechos reales de ciudadanía que el ciudadano catalán, el vasco o el asturiano. Ni más ni menos. Porque no acabo de entender, por ejemplo, que las pensiones de los jubilados andaluces sean inferiores a las de los jubilados de otras autonomías. Y mucho menos que los jubilados de Córdoba tengan una pensión inferior a los de otras provincias andaluzas. Ejemplos fáciles de demostrar por cualquier economista, supongo, pero que el ciudadano común no entiende. Como no entiende que el salario mínimo de un ciudadano español sea 42,20 euros inferior al salario mínimo medio europeo. Pues eso: hechos y no palabras. Me trae sin cuidado la retórica de Maragall, de Más o de Carod Rovira. "Nación", nacionalidad histórica, reino o autonomía son sutilezas semánticas si no van acompañadas de un proyecto común como Estado vertebrado socialmente, sin diferencias fiscales ni de financiación. E igualdad ciudadana en derechos sociales y económicos. Ahí si que se rompe la unidad de España. Porque ese es el problema del Estatuto catalán: la diferencia de rango que pretende.
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