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Ars poética
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» Armida García (Tegucigalpa, 1971) |
Armida García (Tegucigalpa, 1971) En “La soledad justificada” (1997), Armida García evidencia la amplitud de senderos que recorre la poesía hondureña actual. En "Réquiem", la primera sección, el ser humano parece haber desaparecido, absorbido por el mundo de los objetos. Estos, animizados, adquieren autonomía: “Las velas lloran con lágrimas gordas,/ bajan la cabeza/ y graves clavan los ojos en el suelo./ El paraguas,/ fúnebre y huesudo,/ con la nariz alzada,/ se plata en la esquina/ y me mira severo./ (...) Yo sonrío/ el marco del espejo hace un puchero. (A. García, 1997: 22); Los manteles,/ tanto tiempo/ con las alas recogidas/ y colgados de las patas,/ descendieron a la mesa/ y la escoba/ taciturna, despeinada/ regresó a espiar a las arañas”. (Ib: 24) Un poco, como si se hubiesen vertido, en código lingüístico, escenas de las series animadas de caricaturas infantiles. Pero no hay indicaciones metalingüísticas que orienten el sentido hacia una interpretación humorística. Dos o tres versos, en cada poema, evidencian que el planteamiento de fondo va más allá de la apariencia: “Vestido nuevo,/ puesta la mesa,/ la angustia sobre el plato/ y como gato callejero,/ crispada mi paciencia. (Ib: 23); Resignados,/ los zapatos/ se echaron bajo la cama,/ mientras.../ yo destripo las sombras/ con los dedos. (Ib: 29); Todos los objetos de mi casa/ hicieron la maleta/ y se marcharon./ (...) Los vi alejarse,/ en procesión,/ llenando de murmullos la cuadra./ El suelo se rompió/ yo me hundí en el agua”. (Ib: 21) ¿Alusión a la cosificación de la vida contemporánea? ¿Indicación del nivel a que se ha llegado al permitir que las cosas saturen y gobiernen la existencia? ¿Simbolizan la muerte de lo humano, tragado por el poderío del objeto? Al respecto, en el último poema de la sección, la voz poética corresponde a alguien que está dentro de un ataúd: “Miro desde el féretro/ (...) a las sillas/ que han ido a echarse en las esquinas,/ a la mariposa que se arrancó las alas/ y se lanzó al vacío./ Todos están aquí,/ impenetrables./ Optaron por el silencio/ igual que yo”. (Ib: 31) En los últimos versos, el silencio alcanza a los objetos. En tanto proceden del hombre, ¿se presagia la llegada de un mundo vacío que también a ellos les compete? Es posible. La segunda sección, "Nudo ciego", continúa la línea de trabajo observada: la expresión se apoya en la descripción animizada del entorno. Sin embargo, se hace mucho más visible la presencia humana. Con esta se identifica el yo poético. Ello no impide que los connotadores de deshumanización vuelven a presentarse: “Hoy descubrí/ tornillos/ en la articulación de mis dedos/ y mi grito/ fluyó en series numéricas./ Ahora entiendo/ de dónde proviene/ ese maldito eco de engranajes/ que no me deja dormir”. (Ib: 46) Por las imágenes precisas, por la atmósfera de hostilidad implícitas en los signos utilizados (especialmente los de índole zoológica), "III" es uno de los poemas más inquietantes: “Mi casa/ está llena de alimañas descalzas,/ de fantasmas de trapo,/ de pájaros sordos que lloran cuando canto./ Mi casa/ está llena de límites cuadrados/ y retratos huérfanos a los que ladro./ Mi casa/ apesta a un tufo huraño;/ mi casa es un puñado de huesos enredados”. (Ib: 39). En "X", la imagen es igualmente devastadora: “Yo,/ que hundí mi boca en la tuya/ (...) Hoy/ he tenido que gastar/ la memoria de mis manos/ sobre el lomo de las piedras”. (Ib: 50) En "XII", la dimensión del aniquilamiento se mide por la desmesura y violencia de las imágenes: “Hígado;/ riñones colgando/ Tripas/ víboras que enseñan la lengua;/ rebalsan,/ se enrollan/ en mis piernas”. (Ib: 52); “Nuevamente/ en mi exilio de roca/ con las vísceras,/ que apestan,/ envueltas en un trapo./ Dando de gritos,/ blasfemando,/ pateando/ los cristales del sol/ que he roto a manotazos”. ("XIII", Ib: 55); “No puedo salirme de mí;/ estoy atrapada/ dentro de esta caja vacía/ que es mi cuerpo”. ("XIV", Ib: 56). Ni más ni menos que una vivisección poética. Con tales poemas, un título que habla de soledad se justifica plenamente. La poesía de Armida García, dentro de su aparente inocuidad, se alimenta de angustia y agresividad. Inclusive, un texto de carácter amoroso ha desterrado la ternura: “Te derramas/ sobre mí/ aplastándome/ tibia/ y brutalmente./ Trepo tu cuerpo/ con los labios;/ tus manos/ tienen la medida/ justa/ de mis senos”. (Ib: 45) El eufemismo ha dado paso a la expresión directa, fuerte y vital del mundo afectivo. En la búsqueda de símbolos que calen en las inquietudes de la generación fin de siglo, Armida García ha encontrado un camino alejado de lo que, en materia de poesía, se ha realizado en el país
*De la página www.hondurasliteraria.org/autores/poetas/
Réquiem I Todos los objetos de mi casa hicieron la maleta y se marcharon. Los llamé a señas, los llamé a gritos con palabras descalzas. Los vi alejarse, en procesión, llenando de murmullos la cuadra. El suelo se rompió yo me hundí en el agua. Nudo ciego XVII Hago un nudo ciego y vomito hacia dentro mis palabras; convulsivas se desgarran la garganta, se azotan contra mis costillas, braman. Les tapo la boca y me muerden los dedos. Intento estrangularlas pero, suicidas, escapan chorreando entre mis piernas. Nudo ciego XVIII Pero la soledad no se marchó fue sólo que ya no pude volver a tocarla ©Tomados del libro "la soledad justificada" de Armida García
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Carlos Rivera
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