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ALJUMA
La sequía
Carlos Rivera
28/09/2005
Hace poco entró en funcionamiento, no sé si tendrá utilidad, el Observatorio de la Sequía. El objetivo parece cargado de razones. ¿Servirá para crear conciencia cívica acerca de un recurso tan escaso como el agua? Lo supe la tarde del domingo 28 de agosto, cuando volvía de mi pueblo, contemplando, de paso, ese paisaje habitual de rastrojos a la flor del sol, menos implacable en la sierra. Sólo el verdor no calcinado de las suaves estribaciones de Sierra Morena aligeraba mi espíritu, que al pasar por la Colina, ya cerca de Córdoba, sintió el impacto negativo de los chalets unifamiliares edificados a costa de un desmonte consentido y ni siquiera denunciado por los ecologistas. A la mañana del lunes me entero de lo del Bejarano, el arboricidio cometido y parado a tiempo. Empresas constructoras-depredadoras nos dejarán al raso de la flor del sol si no se para a tiempo la magnitud del desastre. Aunque nunca me creí aquella mítica desproporción del cuento de la ardilla que podía atravesar en remotos tiempos España, desde los Pirineos al Estrecho de Gibraltar, saltando de árbol en árbol, sí he sido testigo desde los años de mi infancia de la tala brutal de nuestro bosque, autorizada por las autoridades competentes. Tiempos de Franco. Hombres de Monda (Málaga) expertos en la tala de los árboles vinieron un día a mi pueblo de La Coronada, que entonces estaba rodeado de encinas, quejigos y alcornocales. Fue, creo recordar, por una ley de la concentración parcelaria, que puso en cultivo dehesas pobladas de encinar y piedras, muchas piedras. Se fueron creando por aquella zona algunos minifundios. Pan para hoy y hambre para mañana con las sequías que duran ciclos compartidos con los de la lluvia. Aquel paisaje es hoy un páramo de rastrojales. Los árboles que quedan son como islas en el oceano del secano.
El Observatorio que han creado, desde luego, no traerá la lluvia para la bendición de los campos. Campos secos que cultiva como puede un campesinado sobrio y ascético, resignado al sino del duro erial mortificado por los soles en el verano y los hielos en el largo invierno. Aunque, eso sí, de tierra más benéfica y agradecida que los campos que he visto este verano, campos de Soria, de la Castilla profunda, sedienta y paramosa "de monte a monte baldíos, llenos de peñas rodadas, donde roída de buitres brilla una osamenta blanca" que cantara Machado y que tan bien conoce Miguel Delibes.
Tenemos agua en Córdoba, pero no durará eternamente, por muy buenos que sean los procedimientos de reciclaje de Emacsa. Agua que los niños saharauis que han venido este año, como en los pasados y en los venideros, no entienden cómo puede despilfarrarse. Neitu, la niña que trajo este verano mi hermano Paco, se extasiaba cuando la llevaron por primera vez a una piscina. Agua que es Dios para estos pequeños que malviven en los campos de refugiados de Smara y Tinduf. Agua que en el Africa de la hambruna se administra centílitro a centílitro, como un maná precioso. Con el agua que sirve para regar los campos de golf bastaría para calmar la sed de muchísimas personas. Con los excedentes agrícolas del mundo satisfecho, que nadie se ocupa en distribuir, sobrevivirían millones de personas del lacerado mundo sin ventura que se alimenta, centígramo a centígramo, de las semillas que tengan la suerte de recoger.
Claro que esto sólo son palabras. Y las palabras no alimentan, por mucha buena voluntad que tenga la gente de buena voluntad, que tampoco falta en nuestro mundo del bienestar. Lo malo es que las palabras también sirven para seguir acumulando riqueza los que ya la tienen en demasía. Con las palabras se justifican guerras, genocidios, explotación del hombre por el hombre. Con las palabras puede pasar como con ese Observatorio de la Sequía, que ojalá no sea sólo una justificación política ante un problema que ya nos toca tan de cerca. Dará información en tiempo real sobre la situación del agua, lo que será como una prevención resignada de lo que se avecina si no llueve ni se acometen los trasvases y desalaciones que lleven el agua sobrante a donde nunca o escasamente llueve. El día 7 de septiembre se acordaron de nuestra ciudad los subalternos dioses de la lluvia. ¿Sería a ellos a quienes había elevado sus preces en días anteriores nuestro obispo Asenjo?. Aunque fiar en la providencia ("A Dios rogando") no sea demasiado confiable si no aprendemos a administrar el agua ("... y con el mazo dando") como se administran los recursos de una familia no sobrada de ellos.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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