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ALJUMA
¡Sálvese quien pueda!
Carlos Rivera
14/09/2005
Para comentar como es debido el desastre del "Katrina" es necesario saber que el estado moral de la mayoría de la población de Estados Unidos se refleja en el título de una de sus películas de más éxito: El silencio de los corderos . En el modelo económico del liberalismo "neocón", al que se siente vinculada nuestra derecha y cierta falsa izquierda economicista, el Estado no existe. Es un Estado de ¡sálvese quien pueda! Un Estado famélico en cuanto a prestaciones a los ciudadanos. Eso ya lo sabíamos de Estados Unidos, aunque algunos comienzan a enterarse de lo que vale un peine en el país económicamente más poderoso del mundo y el más insolidario con el resto del planeta. Ha tenido que venir la Naturaleza a poner sus vergüenzas al descubierto. En la vistosa ciudad de Nueva Orleans, ciudad mítica para los que amamos el "jazz", se han revelado los efectos de toda una filosofía política. Podría decir: con su pan se lo coman, ellos votaron a ese individuo tejano nada menos que en dos elecciones consecutivas. Pese a su huella sangrienta, repitió. Aunque hubiera dado igual de haber ganado las elecciones el Partido Demócrata. Los norteamericanos no tienen elección: le dan el poder al Estado insolvente en su relación con los ciudadanos más desfavorecidos. No hubo soluciones ante la previsión del desastre. Y cuando el desastre ocurrió, Bush pareció no enterarse. Ahora está al tanto de los beneficios que le van a reportar a él y a sus riquísimos amigos la reconstrucción de la ciudad del Louís Armstrong y Branford Marsalis, de William Faulkner y Truman Capote. La periodista norteamericana Bárbara Probst Salomón publicaba el otro día un artículo sobre lo sucedido que comenzaba diciendo: "Nos comunicamos con los astronautas en el espacio exterior y durante el puente aéreo de Berlín mantuvimos a toda una ciudad en funcionamiento desde un pequeño aeropuerto, pero nuestro gobierno no pudo llevar agua potable a Nueva Orleans. De hecho, ni siquiera parecía capaz de localizar la ciudad". Pues eso. Que el Estado no existe para quien de verdad lo necesita. Un Estado cubierto de vergüenza con las palabras de la madre del presidente a quien tanto admiraban Aznar y los suyos. Doña Bárbara, mamá de Bush, vino a decir que a los pobres, a los negros, a los desgraciados afectados por la catástrofe, les vendrá bien lo del Katrina, dado que sacarán algún provecho. Provecho que consiste en una exigua ayuda de unos 2.000 dólares por cabeza. El año 2004 Bush recortó drásticamente el presupuesto destinado para el control de las inundaciones de Luisiana y lo invirtió en su guerra de Irak. Tanto a demócratas como a republicanos no les interesa un Estado pobre, como es Luisiana, que sólo les aporta 9 votos presidenciales frente a los 31 de Florida. En un país con más de 30 millones de pobres de solemnidad no existe la Seguridad Social sino en una vaga forma de Beneficencia. El Estado protector lo es sólo de los afortunados, de los que no carecen de nada en una nación que, como Estado social, es la vergüenza del mundo. Es un Estado de fuertes contra débiles, en el pleno sentido de la palabra. Será por eso que todos están armados. Ahí sí tienen igualdad: son un Estado de pánico. El resto de su adorada y modélica Constitución es una pura farsa. Porque el Estado, como tal y en relación con los ciudadanos, no existe. Está todo privatizado, menos su poderoso ejército pertrechado para humillar y destruir al prójimo que no sea americano. Menos mal que todavía no matan a sus pobres, a sus negros y chicanos. Los dejan morir libremente de necesidad o de desastres como el del Katrina. O los mandan a sus provechosas guerras. A la vista de las podredumbres de una sociedad como la norteamericana, se han puesto al descubierto la miseria y desigualdad que genera el liberalismo económico de los "neocón". Los nuestros no llegarían a tanto, porque se les verían los colores. Y la sociedad que tienen es la leche, en lenguaje de calle. Una sociedad acrítica, desorganizada, incapaz de increpar a un presidente tan idiota que nada más llegar a ver de lejos (no pisó Nueva Orleans) el desastre, se pone a hablar de terrorismo. Y es eso lo que tienen: pánico. Han humillado y expoliado a medio mundo y temen la ira de los musulmanes, de los orientales. No, precisamente, la ira de los suyos. Tan patrióticos, tan simples, tan ignorantes de los derechos humanos, tan creyentes de una Constitución cuyo primer título podría ser el de "¡sálvese quien pueda!".
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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