|
|
|
Inicio
»
Artículos de opinión (1998-2003)
|
Versión Imprimible
|
|
» El espíritu navideño |
EL ESPÍRITU NAVIDEÑO
CARLOS RIVERA
Cada año que pasa y que me pesa me resulta más grato decirle adiós al visitante accidental que es el Espíritu Navideño. El día 7 ví como recogía su equipaje. Pidió un taxi y se alejó con destino desconocido. Nunca me dice a donde va, de donde viene. Ni a mí me importa. Ni recuerdo en qué año lo conocí. Sólo sé que aún vivián mis abuelos. Eran los tiempos de la postguerra y el visitante venía demacrado. Tenía una mirada evasiva y sólo llegaba a ciertas casas de mi pueblo. El me trajo los primeros mantecados y una espada de madera para ser como el Guerrero del Antifaz. Otro año me dio un avión de aluminio con el que solía volar por los ingratos cielos del insomnio sobre las casas de mi aldea. No era, por cierto, muy comunicativo. Hablaba conmigo y con mis hermanos y nos prometía bicicletas para el verano como en la película y novela de Fernando Fernán Gómez. Pero nunca llegaron. Y es que por aquellos años el Espíritu Navideño tenía los bolsillos vacíos, como casi todo el mundo. De todas maneras y durante muchos años llegamos a cultivar una amistad sincera. Lo ví crecer económicamente y hacerse asíduo de todos los hogares. Repartía caramelos de café con leche y nos hacía cantar en la iglesia aquel villancico catalán del “fu, fu, fu” que tanto me gustaba. Mi padre lo sentaba a la mesa de Nochebuena y nos contaba cuentos de azúcar. La verdad sea dicha, aquel Espíritu Navideño tenía buen carácter y a los niños nos encantaba su presencia. En su honor, la víspera de la Navidad ibamos a recoger gamones con los que hacíamos unas antorchas admirables y recorriamos las calles del pueblo. Hice en la Facultad de Filosofía un trabajo de campo a propósito de tal rito de purificación. Al paso de los años el visitante accidental se siguió dejando ver aunque ya no le presté tanta atención. Sólo en los primeros años de la infancia de mi hijo volví a sentirme a gusto con su llegada. Me acompañaba para las compras de los juguetes. Me ayudaba a poner el belén y el árbol, aunque esto último lo hacía de mala gana. El Espíritu Navideño, como buen cristiano, no estaba muy de acuerdo con Papá Noel y con Santa Claus. Los consideraba unos paganos intrusos, unos luteranos de poca monta que nada tenían que hacer en la gran fiesta de la Navidad española. De mala manera, eso sí, acabó por aceptarlos e incluso se iba con ellos a tomar unas copas, aunque nunca dejó de considerarlos unos indivíduos engreídos e inoportunos de dudosa reputación que venían a robarles la ilusión a los niños. En cierto modo tenía razón. A los seis o siete años mi hijo dejó de creer en los Reyes Magos. Los nuevos padres comenzaron a dejarles los juguetes a los niños en el árbol de la Navidad. El Espíritu Navideño, aunque a regañadientes, iba aceptando las nuevas costumbres como un mal menor. Le entró, de pronto, un furor consumista, como a todos nosotros. Comenzó a emborracharse y a discutir en las comidas de empresa. Se fue paganizando de tal manera que ya ni iba a la misa del Gallo. La Navidad, que el representaba, se convirtió en un simulacro de lo que había sido. Y así me lo encontré, una tarde de las pasadas fiestas, deambulando como un perro por las calles, con los bolsillos vacíos, y, lo que es peor, con el corazón vacío. Lo ví sentado a la puerta de una iglesia pidiendo dinero para regresar a su extraño país que no figura en los mapas. Y no me reconoció. Pocos días antes de su marcha me llamó para despedirse. “No sé si volveré el próximo año”. Estaba deprimido. Había pasado la Nochebuena en una casa para transeuntes. Brindamos por los viejos tiempos con una botella de vino. “Por los buenos recuerdos”, dijo. Y se alejó en un taxi. Ahora que todo ha concluído y la ciudad recupera su ritmo habitual yo no lo echo de menos. No están los tiempos para sentimentalismos. Por mi parte, hace años que lo olvidé. Aunque en lo más íntimo de mi ingrata memoria haya un pasado de cuentos de azúcar y espadas de madera, yo digo, como el buen amigo de Pepe Hierro que ya no está con nosotros : “No cantaré ya nunca más. El canto se me ha secado en la garganta. Se ha dormido en mi corazón como una rosa”.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|
Carlos Rivera
»
Artículos de opinión (1998-2003)
» Respuesta |
Envía este
artículo a un amigo CLICK
AQUÍ |
|
|
|
|
|
|