EL ESCRIBA Y LA MUJER DEL CESAR
CARLOS RIVERA
Con ocasión de mi primer desencuentro democrático, mi madre me advirtió : “ Nadie puede cambiar el mundo, hijo mío”. Aceptando el consejo decidí enredarme, desencantado, en la madeja de las ideas, pretendiendo construir con palabras un mundo a mi medida. Ese mundo me obligó muchas veces a atemperar la pluma y a centrarme en un pensamiento comedido en su ímpetu utópico. Mi madre, que no entendía nada de mis desvíos idealistas, me aconsejaba por mi bien : “mira, hijo, el secreto del mundo es que no hay nada que hacer por el”. Años más tarde, leyendo a los filósofos, encontré frases parecidas que hablaban de los escépticos y de los excépticos. Di por supuesto que yo pertenecía a los “excépticos”, criaturas racionales que, dudando de todo, se refugian, como gatos escaldados, en la militancia pasiva de una mística, tan idílica como un nirvana. Me propuse, en esas circunstancias personales, ser leal a mi conciencia. Así me encontré un día, a mitad de camino entre “Las flores del mal” y el Filósofo Autodidacto, como un idealista clandestino, con el derecho a desacreditarme como tal, huyendo de los ruidos y las palabras huecas de los que tratan de halagar a los poderes fácticos. Aunque, en ocasiones moralmente indignantes, no he dudado en salir a la palestra con el riesgo de recibir alguna cornada no precísamente filosófica. La virtud como hipocresía es el delicado arte de escamotear el esqueleto. Y no es mi caso. Huyo de la rutina filistea de aceptar la vida como una resignada repetición del orden natural que brota de la economía y de la eterna sumisión a las condiciones objetivas, como la mayoría de los ciudadanos. Echo de menos la imaginación y la ética, no sólo en el poder, que siempre duele por el mismo costado, sean cuales sean las ideologías, por muy sagradas que sean, sino en el desarrollo de esta sociedad que estamos aceptando con la absoluta sumisión del silencio de los corderos. Nos estamos quedando sin verdaderos místicos, sin heterodoxos que nos inviten a soñar con las alamedas donde nace la aurora del nuevo hombre. Los Segismundos de nuestros tiempos están a la deriva y amenazados por los símbolos de las cuatro normas : clero, canon, jerarquía y liturgia de los que basan su prestigio en el poder económico o institucional y a los que nunca podrás criticar por el riesgo de que te callen para siempre. En provincias, eso se nota mucho. Más que nada por si hablas de “la mujer del César”, a la que se le exige no sólo que sea legalmente honrada sino que, éticamente, lo parezca. Los librepensadores, escépticos y excépticos, son una especie en vías de extinción. Nos queda alguno, como Sánchez Ferlosio, ensimismado en la niebla de su melancolía que no le oculta la realidad exterior. Un pesimista instalado en el símbolo cuya palabra (“vendrán más años malos y nos harán más ciegos”) nada puede contra el monólogo disgregador de los pequeños hermanos que nos controlan la cartera y las conciencias y que amenazan con digerir lo poco que quedaba de la verdadera libertad del hombre : la libertad de expresión y de pensamiento. Nos queda, ciertamente, Fernando Savater, un optimista entre las rejas de las cárceles de su circunstancia de ciudadano vasco atrapado en su propio paisaje, como le sucediera a su paisano Unamuno. Nos quedan los verdaderamente clandestinos, los escribas de sus propias conciencias exigentes, habitantes de sociedades provincianas donde cualquier grito de rebeldía es peligroso. A esos se les permite cualquier transgresión gramatical y cualquier licencia semántica, mientras no se les ocurra alguna deliberación suicida sobre el comportamiento ético y legal de “la mujer del César”. Se les exige voto de obediencia al que manda y que no tengan el atrevimiento de poner el dedo en la llaga porque se puede quedar sin dedo. Esos son, créanme, los más desdichados fingimientos del que escribe. Nunca se cruza un bosque en línea recta. Hay que dar un rodeo. Para que el bosque no acabe devorándote como le ocurrió a la desgraciada de Caperucita.
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