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ALJUMA
Paisaje de verano (y III)
Carlos Rivera
31/08/2005
Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, el cambio climático causará en España más sequías y un aumento de temperatura por encima de los cuatro grados a lo largo de los próximos decenios. Decir que me importa sería mentir. Por la fecha de caducidad de mi envase biológico, lo más probable es que no llegue a conocer esas verdaderas penas del infierno que serían las penas estivales de Córdoba, ya de por sí asfixiantes, desmoralizadoras. A largo plazo imagino a mis nietos y a los hijos de mis nietos haciendo el beduino en el desierto reinante de la ciudad, cruzando sus calles con el cuerpo calcinado y renegando de todos sus antepasados humanos que hiceron posible la presencia de la biomasa enloquecida. De veras, no me gustaría conocer ese futuro casi apocalíptico que nos presenta una España abrasada bajo el sol, con prolongadas sequías, tormentas y granizadas sin fin e inundaciones para llevarse al carajo a toda una humanidad sufriente. Por el contrario, los inviernos no serán tales y se podrá veranear al estilo de ahora en enero y en febrero, antes de que venga la ardiente primavera y ya no sea posible ni salir de la casa. Cosas veredes, que desde luego no es un cuento de ecologistas paranoicos el calentamiento global de la atmósfera en los últimos cincuenta años, atribuible a actividades humanas. La tierra está como está por el desenfreno consumista de la negra sangre del petróleo y otros usos disparatados del progreso tecnológico que han dado lugar al efecto invernadero con la concentración del CO2. Recientemente se ha publicado un libro que recoge un inteligente diálogo entre los Delibes, padre e hijo. Se titula "La tierra herida" y, a modo de conversación entre el Delibes biólogo y su padre el escritor, recoge la pesadilla del todavía no asustante efecto invernadero. Y es curioso que no asuste con lo que nos está cayendo encima. El cambio climático ya está aquí. Notamos sus efectos en los durísmos inviernos y en los cada día más tórridos veranos. Lo dicen los Delibes en "La tierra herida". Cosas tan sutiles y curiosas como que la floración de los árboles se lleva adelantando dieciseis días y la caída de las hojas trece, desde la segunda mitad del siglo pasado. Cosas como que desde 1952 hasta el año 2000 el invierno ha sido, como promedio, un mes más corto. Y luego viene la ministra de Medio Ambiente a contagiarnos su optimismo al modo de decirnos que la sequía que ya estamos padeciendo es el principio, sólo el principio de una prometedora sequía de al menos siete años. El número simbólico de las plagas de Egipto, las vacas gordas y las vacas flacas, que ni el dios de la lluvia ni ninguno otro conocido se apiadaba de la pobre humanidad. Sólo que entonces era el hombre inocente. No tenía máquinas expeliendo a la atmósfera millones de toneladas de gases y sus multiplicadas poluciones. Yo recuerdo como una pesadilla personal el día 16 de julio de 1.967, cuando tuvimos en nuestra ciudad casi cincuenta grados a la sombra. Era la sensación como que la presión atmosférica te aplastaba, no se podía respirar. Cierto es que nuestro pensamiento canicular de ahora se siente, al menos, protegido. Con el aire acondicionado hemos conseguido refrescar nuestros hogares a cambio de multiplicar el calor asfixiante de nuestras calles. Más emisión de gases a la pobre atmósfera. El desierto reinante ha multiplicado las huídas a las parcelas, a las playas. Incluso en esos lugares se va notando año tras año el calentamiento global. A este paso, hasta las playas de Málaga dejarán de ser el cielo de los cordobeses en verano para convertirse en una sucursal del infierno gradiente de Córdoba. "La tierra herida" de la que los dos Delibes conversan en ese inteligente libro, lo está de muerte. Se están derritiendo los glaciares. Hasta el mítico Himalaya dicen que está notando en sus nieves perpetuas el maldito efecto invernadero del que sólo los hombres somos culpables. Para más inri, se está desforestando una gran parte de la Amazonía, la gran reserva de oxígeno terrestre. Y el país más poderoso y contaminante de la tierra no ha firmado ni firmará jamás el Protocolo de Kioto. Menos mal que a algunos nos quedará el alivio, en lo que concierne a la pesadilla climática del futuro, de que cualquier tiempo venidero será peor. Cuando mis nietos y los hijos de mis nietos se paseen vestidos de beduinos con sus blancas chilabas por las calles de Córdoba, el desierto reinante se habrá extendido como una maldición hasta los Pirineos.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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