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ALJUMA
Paisaje de verano (I)
Carlos Rivera
17/08/2005
La calor. Aquí, en el sur, la llamamos en femenino, pues es de la familia, madre nuestra de amamantarnos la sesera con la pereza que da salir de día, a pleno sol de Córdoba; hija, también, de nuestra mente calenturienta e inadaptada; novia de nuestras noches de insomnios y terrazas. La calor, la "caló", sembrada en el secano de memorias inhóspitas, azul cuando la infancia de la siesta, verde cuando el verano era propicio para el amor bajo la luna nueva de un guateque de agosto, pesada carga de blancos cegadores por esos descampados de las primeras horas de la tarde al ir a la oficina. La calor. Nuestro infierno y nuestro cielo. Y nuestro purgatorio. Se decía, cuando yo era niño : "hace un sol de justicia". La frase era una absoluta paradoja de aquel tiempo, cuando los segadores de mi pueblo, hoz en ristre, acudían al tajo. Todos irán al cielo, si es que existe, porque el infierno lo pasaron con nota en aquellos exámenes del sol que no hacía justicia en aquel mundo injusto. Y las espigadoras, rostros negros bajo el pañuelo negro, nada que ver con aquel coro de zarzuela, pobres mujeres irredentas con los ojos nublados de fatiga, la tez cetrina, el corazón en llamas. Aún veo las cuadrillas por algún camino de los malos sueños, hombres y mujeres adelantando al día con la fresca y sudando la vida. De aquel paisaje de mi secano llevo en el alma cicatrices dialécticas que se me convirtieron en ideología. Agustín, el picapedrero de Argallón que me hablaba de Marx y de los poetas del exilio. Salvador, de La Coronada, con la espalda rota de tanto postrarse, hoz en mano, para la cosecha de la mies ajena. Tenía Salvador la palabra deshecha por el asma y la utopía incumplida. Eran aquellos hombres titanes del secano, sin una queja se fueron de este mundo. Hoy los recuerdo a los cuarenta grados de esta tarde y este mundo que ya no se parece. Y recuerdo a mi padre volviendo a casa con las manos rotas y la mirada ensombrecida. Todo aquello pasó. Una mala memoria de la vida que hoy repara en los hijos sus errores. Hoy la calor es un prejuicio de burgueses y el verano una ruta deleitosa de escapadas y estancias en paisajes benévolos. Aunque todos se quejan, nos quejamos. Es un ambiente hostil del que huir del afuera al adentro, o viceversa, según planifiquemos la resistencia cotidiana. Un remedo de la cueva ancestral en la que la temperatura no rebasaba lo tolerable y se mantenían los índice de humedad imprescindibles. En Guadix la han convertido en un recurso turístico. Alquilan cuevas para el verano. Las habitan esnobs de las ciudades a un alto precio sólo para tener una experiencia insólita. Los viejos moradores de nuestro Barrio del Naranjo saben de esa experiencia en los años injustos de cuando el popular Padre Ladrillo vino de párroco para salvar las almas y los cuerpos de aquellos trogloditas que lo eran en todo el sentido de la morada. Hoy el verano es una experiencia. De viajes y de sitios. Huye la gente con ilusa arrogancia. Se cobijan a la sombra del mar. Compran en las agencias de viajes un signo de distinción para con los amigos y vecinos: este años hemos estado en los fiordos de Noruega ; pues nosotros, nos fuimos a Tailandia. Sólo es verano para los que resisten la calor por estatutaria obligación económica, sin aire acondicionado en bastantes hogares. En las plazas los perros se ponen a secar sus desalientos con la lengua. No se mueven los pájaros de las tupidas ramas de los árboles hasta que el sol se pone. Es cuando vuelan para cazar insectos o jugar en el aire. Perros y pájaros saben que con los elementos no se juega. Tan sólo el hombre los desafía. Las amas de casa continúan arrastrando su carros de la compra a pleno sol de agosto. Las calles de nuestras ciudades están en obras bajo el polvo y las temperaturas insoportables. El cansancio de los trabajadores se convierte en conciencia de clase en estos días. Con esta calor cualquier salario es una insuficiencia y una deshidratación segura. Y mientras la calor, en femenino o masculino, nos la suda, recuerdo aquellos tiempos. La experiencia dantesca de aquellos segadores de mi injusto secano. Creció la estirpe de los hijos de Mellaria, de la que provengo, bajo la conciencia de que el infierno que predicaban los curas lo tenían por destino durante el tiempo de la siega, de las eras. Hoy quedan pocos supervivientes de aquellos años y los que quedan miran pasar la vida en las esquinas del pueblo y las aldeas de Fuente Obejuna sin atreverse a recordar.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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