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ALJUMA
Masculino y femenino
Carlos Rivera
27/07/2005
Va siendo habitual que en los Premios Nacionales de Bachillerato de cada curso haya una absoluta mayoría de mujeres. Es una realidad a la que debemos habituarnos los varones: "Las mujeres trabajan más y son más valiosas que los hombres" en casi cualquier faceta de la vida, lo ha dicho la atleta Marta Domínguez (aunque la segunda valoración sea discutible). Excepto en el campo de las ideas puras y abstractas, el frígido universo de la filosofía, de predominio masculino casi exclusivo, podría valer la afirmación de la atleta. Hay testimonios que prueban no la incapacidad de la mujer para la abstracción sino su indiferencia congénita. Tal vez por el sentido práctico de la vida que tiene la mujer. Una de ellas, Gina Lombroso, solía decir que "a la mujer le tienen sin cuidado los problemas cognitivos, las grandes leyes del pensamiento filosófico" que nada tienen que ver con el mundo de lo concreto y racional en el que la mujer se desenvuelve. Ellas aplican la lógica a la vida. En un concurso de televisión en el que una pareja participa puede observarse que entre dos premios, uno, seguro y cuantificable, y otro, misterioso, atractivo, posiblemente mejor, sólo posiblemente, la mujer apuesta por lo seguro y el hombre por lo aventurado. Seguridad y riesgo se convierten en dos valores antagónicos de lo femenino y masculino. En un concurso televisivo y en la vida real. Es inconcebible que una mujer se hubiera involucrado en un proyecto del calibre del de Cristóbal Colón. Ni la más loca hubiera caído en el descabellado mundo fabuloso de Don Quijote . Ni la más ambiciosa de las mujeres hubiera tenido los sueños de dominio de Napoleón Bonaparte. Entre lo real y lo especulativo el hombre se desenvuelve dando un paso adelante, mientras la mujer observa y raramente se decide por cruzar la frontera, porque tal vez contemple al mundo a escala doméstica, su norma habitual. Otis Mason atribuía a la industria origen femenino y al comercio origen masculino. Mantiene que la industria es lo concreto y lo práctico, en tanto que el comercio está basado en el intercambio y en el movimiento, es decir, en la abstracción. Hablamos de opiniones mantenidas en tiempo pasado, en un tiempo político aún no conquistado por la mujer. Las sufragistas pertenecen a la última escala del siglo XIX. Tal vez ahora las viejas opiniones sobre lo masculino y femenino no sean válidas. Por una sencilla razón: la mujer, en el sentido multidisciplinar de la palabra, se ha masculinizado. Ha entendido la igualdad, todavía lograda a medias, no sólo en valores y objetivos sino en superación de sus rémoras históricas. Hoy las chicas superan a los chicos no sólo en la escuela y en el instituto sino en la universidad, y, si se lo proponen, en cualquier faceta de la vida. Las cuotas políticas de participación femenina, estrenadas hasta la igualdad en el Gobierno de Zapatero y superadas en el de Chaves, no son sino un reconocimiento de esa realidad cambiante en la que está triunfando la objetividad de los valores lógicos tan cara a la mujer, que ha dado el paso de integrarse en todo lo que concierne al mundo, y no exclusivamente a su mundo, sin abandonar su norma de la escala doméstica a la que antes aludí. Dudo que una mujer al frente del gobierno de España, fuera del partido que fuera, nos hubiera inmiscuido en aquella injusta y absurda aventura de una guerra como la de Irak, que ni nos fue ni nos vino. Sostenía Jung que es un rasgo esencialmente femenino hacerlo todo por el amor al ser humano. En ese sentido nada más contrapuesto que una guerra con objetivos destructores. Sólo su proyecto le hubiera parecido inconcebible, como le hubiera parecido y movido a risa el proyecto de descubrir un nuevo mundo, en el que participó, eso sí, y de qué manera, una mujer masculinizada a escala del siglo XV, Isabel la Católica (sería cosa de estudiar la particularidad del personaje), aunque no deja de ser la excepción que confirma la norma femenina de aceptar la realidad y no la promesa incierta de futuras realidades. Han cambiado los tiempos. Como ha cambiado el papel de la mujer en nuestra sociedad. Dialécticamente se puede conjeturar que puesto que la mujer ha conquistado grandes parcelas del contradictorio mundo en el que nos desenvolvemos los hombres, ¿hay que dar por sentado que una mujer con poder no nos hubiera embarcado en proyectos tan absurdos como una guerra o un descubrimiento territorial? Puede que excepcionalmente, sí. En el segundo caso.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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