ALJUMA
Utopías de Andrade
Carlos Rivera
10/08/2005
En esto que murió Eugenio de Andrade, sin tener verdadera conciencia de su muerte. Fue hace unas semanas. En Oporto. En su casa de la "Fundación". El tenía un nombre literario y otro humano. En esto son muy suyos los poetas portugueses. Pessoa se llamó muchos nombres. José Fontinhas sólo uno: Eugenio de Andrade, cuyo recuerdo no perdurará tanto como su clara y terrenal poesía. Era incisivo. Comunista. Vitalista. Sensual. Llevaba muchos años alejado del ruido, en una casa junto al mar, libre y extraño tal la espuma que aflora y se desvanece como la vida, como los sueños. Tenía a la belleza en la conciencia y en los labios como una suma teológica. Dijo, escribió, "siempre supe que la belleza era lo más frágil que había sobre la tierra". El aprendió por su cuenta y con su riesgo aquella exigencia estética de nuestro Juan Ramón Jiménez cuando demandaba: "Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas". En los versos de Andrade estaba el significado inteligente de palabras tan sencillas, tan habituales, tan terrenales como cuerpo, luz, verano, nieve, agua, belleza, espuma. Y así consiguió hacernos tomar conciencia del lenguaje a los que lo leímos. Los críticos, esos entrometidos, decían que Eugenio practicaba, escribía, la poesía pura. ¡Pero qué cosas! ¿Acaso existe una poesía impura? Desde luego, la atrevida ignorancia de algunos que se firman como poetas pudiera llevar a suponer que sí. O si no impura, sí no purificada. Ni en el escolasticismo del lenguaje. Ni en la emoción, la inteligencia, en la potencia lírica. Gente que escribe ridículas soflamas coloquiales a las que llaman "experiencia", "diferencia" y cosas así. ¡Pero qué cosas! Hay que ser más humildes, suposición de inteligencia exacta, creativa. Cuando Eugenio de Andrade hablaba de la nieve, hablaba del color impoluto del agua. Cuando hablaba del trigo, se refería a la emoción de un color. El amarillo que conmueve. Eugenio no sólo decía, escribía, "nieve", "trigo", "agua", "sol". Penetraba en la esencia y en el fragmento de las cosas y le daba a cada palabra una presencia cosmológica o un "postsabor", como dicen los buenos catadores del vino. Y por eso se dijo que toda su poesía era una lírica solar, alumbrando, calentando, desde la sencillez de tratamiento de la palabra el fundamento de la esencia. Hablaba del azul donde el ave se pierde y quien lo leyera podía oir al ruiseñor, a la alondra, a la totovía, antes de saber que en los últimos versos iba a decirnos solamente: "Dentro de ti es/ donde toda la música es ave". Se ha dicho que sus páginas estaban rebosantes de naturaleza, sabores, cuerpos, frutos, caminos de cabras en el horizonte esclarecido del mar donde Eugenio de Andrade vivió los últimos años de su vida de hombre de izquierdas que detestaba la vida social y el exhibicionismo. Toda su obra poética es pura pasión de la tierra. Una pasión profundamente humana. Como su amor a los gatos, esos animales casi místicos con los que confraternizó en el desencanto: su tristeza era "un corazón desmantelado / que sólo a los gatos servirá de abrigo". A uno de esos domésticos felinos que tuvo, de nombre "Micky", le dedicó un elogio funerario que titulara "Cántico", título que es palabra gloriosa, vitalista, como la poesía de Eugenio de Andrade, hijo de campesinos que había nacido pegado a la tierra, a las mínimas realidades que dan fervor y contenido a una vida. Conforme a su entusiasmo y dedicación a la luz Eugenio de Andrade se construyó una casa con palabras para vivir en ella todos los días de su vida. Y viviendo al dictado de su conciencia se dio cobijo en una casa junto al mar, siguiendo la estética de los constructores de la Alhambra, que decían: "Después del silencio el correr del agua es la música más bella que existe". En esa casa pasó el poeta portugués los últimos años de su vida de hombre de izquierdas, aunque nunca fuera lo que se suele decir un hombre de partido. Defendía Andrade redistribuir con mano justa no sólo los bienes de la tierra sino también las verdades y los poderes, rechazar cualquier iniquidad y represión, tener en cuenta las realidades del hombre en relación con el hombre y en su relación con las cosas. Una de esas verdades que defendía era el cuerpo. Uno de esos poderes era el deseo. Y el derecho al placer de cualquier ser humano. Defensas, las de Andrade, que en estos negros días de la vuelta al catecismo de Ripalda en lo referente al sexo y en este país, nos confortan utópicamente.
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