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EL ENEMIGO
CARLOS RIVERA
No es la alergia de esta voluble primavera la que se está cebando en mis ojos mientras voy en el coche, como cada mañana, hacia el trabajo. Es el enemigo que está dentro de mí como un muermo espiritual ; me asalta a través de las ondas hertzianas del noticiario de las ocho ; me espera en el kiosco de prensa en forma de periódico y se me aparece sobre la mesa de la oficina, mientras lo hojeo, antes de comenzar el trabajo. Cuando enciendo el ordenador tengo la sensación de que en la pantalla de bienvenida el enemigo se oculta tras los códigos alfa-numéricos. Ese enemigo que tanto me obsesiona no tiene nombre ni figura. Es como una hidra con millones de ojos esparcidos en su polifémica disgregación. Sólo consigo evadirme de su presencia cuando recuerdo una música o memorizo un poema o pienso lo feliz que sería esta mañana de primavera si hiciera sol y estuviera tendido, como cuando niño, en el ejido de La Coronada y sumido en el “dolce far niente” de ver pasar las nubes y los pájaros como si hubiera dimitido del mundo, sus pompas y sus obras, vago recuerdo de la doctrina cristiana de la que tampoco consigo dimitir, aunque me considero un incrédulo que no ha certificado su apostasía sólo por la pereza del papeleo, como Fernando Fernán-Gómez en aquella deliciosa escena de “Belle epoque”. Cierto que siempre nos quedará París, como en “Casablanca”, “tócala otra vez, Sam” esa música del enemigo no es música sino un veneno que con la primavera me hace llorar los ojos. Sólo cuando las voces del enemigo callan bajo la almohada de la noche veo su rostro : es el cadáver de la civilización a la que estoy unido. Cualquier mañana de no importa qué día el enemigo asoma en la mirada de un niño palestino como una inmensa lágrima del mundo. Esa mirada es un epílogo. Los tanques de Sharon no son tan poderosos como la mirada de ese niño, como el cuerpo de ese otro adolescente que enracimado de bombas se metió en un café de Tel-Aviv para llevarse por delante otros cuerpos tan inocentes como el suyo. El enemigo los ha inmolado para nada. Defendían sus vidas con la muerte sin pensar en las lágrimas de sus madres palestinas e israelíes, en cuyos vientres fueron semillas de la vida certificadas para el dolor. El enemigo sabe de qué hablo. Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción. Desde la zarza bíblica a las Torres Gemelas el mundo se ha cansado de engendrar fuego y ceniza de la misma materia : hijos y madres, madres e hijos, muertos y lágrimas. No eran sólo cuatro los jinetes del Apocalipsis. Hay un inumerable hedor por todo el atlas. En el nombre de Dios, del Deber, del Derecho, de la Justicia, de la Tierra, de la Familia, del Trabajo, de la Patria, sangre y lágrimas siguen manando por los sumideros del mundo y nadie las detiene. El enemigo las renueva y las crea, periódicamente. Es como un cheque en blanco que le pagamos todos al enemigo de alguna manera legal. Los gobiernos que venden las armas de destrucción están sostenidos con nuestros impuestos. Y es así como a más muertos y heridos y desaparecidos el cadáver de la civilización crece y crece hasta ocupar el espacio que deja la inocencia de las víctimas. Alguien quiso pararle los pies al enemigo con una canción, con un poema, con una plegaria. De nada sirvió : al enemigo no le gusta la música, odia la poesía y humilla a quien le implora. El es su propio dios. El es la civilización, el progreso, la historia, el instinto y la moral. Nadie va a conocer el fin de su reino maléfico sobre la tierra, puesto que el enemigo somos nosotros mismos, está dentro de nuestros cerebros con su presencia polifémica. Hace unos días, en el largo y conmovido abrazo de José Saramago y Ernesto Sábato en la Universidad Carlos III, percibí la siniestra carcajada del enemigo. Dos viejos hombres buenos que han entregado lo mejor de sus vidas y sus inteligencias al ejercicio de la palabra solidaria y humana, llorando de dolor y de impotencia en el descampado filosófico. Desolados testigos ante el cadáver de la civilización.
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Carlos Rivera
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