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ALJUMA

Perspectiva lírica

Carlos Rivera

03/08/2005









Cuando alguna tarde, durante el otoño y el invierno, me siento en un soleado banco del Paseo de Córdoba (que debería llamarse, más justamente, Paseo del Ferrocarril) enfrente de mi casa, y me da un no sé qué de tristeza absurda, tengo la sensación de lo que los gallegos llamarían "saudade" y cuyos motivos no sabría explicar. Estoy bien. No tengo de qué quejarme. Supongo que será esa sombra del paso de los años, el vértigo del incurable mundo que no mejora manifiestamente ni se espera.
El Paseo, a esas horas de la tardes de tibio sol, está sembrado de hombres y mujeres, algunos en parejas, otros y otras, solos, que van a mejorar la exuberancia de sus carnes, fruto de la buena o mala vida, o, simplemente, como yo, a tomar el sol y a oxigenarse de sus malos humores o de sus tristezas. Yo decía "saudade", esa palabra que es como un cáncer dulce y que al castellano sólo puede traducirse por soledad, palabra que tiene, ¡cómo no!, su beneficio poético según las horas y la costumbre y la ausencia de compañía, aunque también puede darse la sensación en compañía de alguien, dos soledades juntas, como ocurre en tantas parejas a esa edad en la que uno siente, metafóricamente, lo que yo digo "el frío de las primeras nieves". Puede ser eso. "A mi soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me basta mi pensamiento". Un matiz sensorial, el del pensar, introducido en los versos de Lope de Vega. Y puede que no sea así, que el pensamiento esté al vacío, simplemente acariciado por el benéfico sol de la tarde en el Paseo de Córdoba, mi ruta preferida para cultivar esa flor, "saudade" o soledad, purificada de lirismos y escolasticidades bajo la línea de flotación de la madurez, del estar de vuelta de todo, del esperar lo dudosamente inesperado a estas inciertas horas de la vida. O de añorar lo ya vivido, a la vista de que todo se desvanece y llega el tiempo en el que recordar cualquier vicisitud como una transparencia virtuosa.
De todo hay en esta viña de la vida de la que hemos bebido el espumoso vino de las horas mágicas y el amontillado amargo de las malas horas. Eso imagino en el Paseo cuando el sol, como otra metáfora, se va desvaneciendo y la gente comienza a retirarse hacia esa otra soledad más profunda, que es la de la noche. Pues llega el día en el que los días, con sus correspondientes noches, se te van de las manos tan deprisa como un suspiro (el vulgo "dixit" y nunca mejor expresado). De eso sabemos en esta tierra bastante, de sentencias y solipsismos y tentativas de expresar el sentimiento manriqueño de la fugacidad de la existencia humana. Aunque es cierto que suena a falso consuelo, porque siempre queda un hueco para las memorias suficientes y gratificantes y hay personas que tienen la suerte de llegar al final de la vida con el corazón sonoro.
De cualquier manera, nadie se libra enteramente de esa sensación de soledad. Hay instantes en los que la sientes como una campana, como un repique triste, como cuando se van los hijos de casa. Como cuando se va para siempre un amigo querido. Como cuando mueren los padres. Cuando uno, por algún motivo existencial, se queda vacío frente a ese absoluto que ciertos místicos describen y nombran como la Nada.
Esto de escribir, por ejemplo, tiene algo de elegíaco casi siempre, por lo que se ha perdido o, tal vez, por lo que nunca llegará a existir. En el almanaque de este año del Diario CORDOBA veo esa dualidad de la ciudad que fue y la de hoy. Los cambios profundos de fisonomía de la ciudad que yo recuerdo y la de ahora, en la que vivo, son como cuadros que quedan en la conciencia como una instantánea de esa "saudade" o soledad de la que estoy elucubrando. Así la Plaza de la Corredera (el "corazón castizo de la ciudad", como dice el pie de foto).
Hay lugares y objetos en nuestras vidas que con el paso de los años adquieren perspectivas líricas. Como el viejo Gran Teatro, a cuya acera íbamos en los años sesenta a intercambiar tebeos. Hay rostros de aquellos muchachos a los que conocí que puedo evocarlos hoy, cuando algunos ya no existen y otros habrán cambiado tanto que no habrá manera de reconocerlos. También ocurre que algunos aspectos o momentos de la realidad se modifican en nosotros mismos, quedando como un singular registro sensitivo en la memoria. Como en un cuadro de Claudio Lorena sólo nos va quedando la perspectiva lírica: una composición envuelta en aurea evanescencia. Pura ilusión en el filtro selectivo de la memoria.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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