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ALJUMA
Por un minuto de gloria
Carlos Rivera
29/06/2005
Estuve el sábado pasado en Rabanales, a la graduación de un sobrino. Una visita muy emotiva para mí, puesto que fui hace ya innumerables años alumno interno durante cinco cursos de aquella Universidad Laboral de Córdoba regida por los Padres Dominicos. La primera sorpresa fue encontrarme con que el acto de graduación se celebraba en la antigua iglesia, hoy convertida en salón de actos. Teníamos en los bancos un díptico con la información del acto y la letra en latín y en castellano del "Gaudeamus igitur" que, por cierto, no se cantó al final de la graduación de los nuevos maestros, como yo deseaba y esperaba. A esa letra va unido mi recuerdo no sólo de los años universitarios en la Facultad de Filosofía sino a la memoria de aquel tiempo en el que fui interno del recinto que hoy es el Campus de Rabanales. El "Gaudeamus" encierra en su letra toda la relatividad y contingencias de la vida, desde la "iucumdam iuventutem" hasta la "molestam senectutem" a la que vamos acercándonos irremisiblemente. Durante la alegre y fecunda juventud aquel recinto de la Universidad Laboral era un bullir de sueños disciplinados. A ellos nos atuvimos para cumplir la primera parte del mandato de la vida que nos ordenaba, según el deseo de nuestros progenitores, "hacernos hombres de provecho". Como en la mili obligatoria, con algunas diferencias. Estábamos allí para estudiar y no para acatar órdenes de cabos chusqueros y otras prepotencias similares. Pero no voy a contar batallitas sino a rendirle culto a la memoria de unos personajes recordados. Como el padre Jesús García, divina criatura no terrenal que nos daba clases de Historia con toda la paciencia que le suponía soportar que algunos indocumentados de medio pelo jugaran al tute en un pupitre justamente en la hora de su clase. En tales inoportunos momentos el padre García nos miraba a los que atendíamos sus explicaciones como pidiéndonos protección. Jamás se enfadaba. Se tomaba con paciente resignación la indisciplina de aquellos sujetos y daba su clase de Historia pidiéndole a los tales que no hicieran demasiado ruido al cantar las cuarenta. Un carácter, el del padre García, opuesto al del director de nuestro colegio Luis de Góngora, otro curioso personaje, el padre Jorge Illá, todo un temperamento de dominico. Era el suyo un estilo marcial en los paseos, una especie de cura legionario que ocultaba tras una máscara de dureza un corazón blandísimo. El padre Jorge era, en cierto sentido, un personaje homólogo al protagonista de la película Balarrasa que interpretara Fernando Fernán Gómez. Incluso tenía su leyenda entre los alumnos. Decíase que había estado de capellán en la Legión. O de mercenario en algún oscuro rincón de Africa. Siempre mantuvo la disciplina con férrea mano izquierda. Sabiendo que fumábamos a escondidas en los servicios, pidió autorización al rector para que pudiéramos hacerlo libremente siempre que tuviéramos la venia de nuestros padres. Un detalle que lo define. Pero entre todos los personajes que aquella tarde de graduación evoqué, había uno que se destacó por una anécdota de exultante y patriótica indisciplina. Era gallego, como el padre Jorge, y se llamaba Julio García, un falangista ingenuo y buena persona que nos daba clases de aquella asignatura que se llamó "Formación del Espíritu Nacional" y para la que escribió textos doctrinarios Gonzalo Torrente Ballester. Ocurrió la anécdota en mayo de 1961 durante una visita de Franco a Córdoba. Nos formaron a todos los alumnos embutidos en unos polos verdes en el patio central de la Universidad Laboral. Presidía Franco en el palco, acompañado del rector, los padres dominicos y el profesorado. Al término del obligatorio canto del "Cara al sol" la máxima autoridad tenía que dar los "gritos de ritual" de "¡España una, grande y libre!". En aquel preciso instante Julio García, presa de profunda exaltación patriótica, se adelantó a Franco y extendiendo el brazo en el saludo falangista dio personalmente los "gritos de ritual". Nunca más se supo de Julio García. Debió de ser desterrado y expulsado del cuerpo de profesores. No así de mi memoria, que la tarde del sábado evocó su patriotismo ingenuo, su bonhomía personal. Sus efectos especiales haciendo de ametralladora --ta, ta, ta, ta, ta-- cuando nos contaba los sucesos de "Casas Viejas" y la muerte del anarquista apodado el "Cuquetas" por disparos de la Guardia Civil, fueron memorables. Pobre don Julio. "Nemini parcetur". Por un minuto de gloria.
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Carlos Rivera
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