ALJUMA
El descenso
Carlos Rivera
22/06/2005
Una parte de la ciudad está mustia, deprimida. Nuestro equipo de fútbol representativo ha descendido a la Segunda División B. Aquel alegre insomnio de una noche de verano que celebramos en esta página la última vez que el Córdoba CF retornó a Segunda División, tras ganar en Cartagena, se ha convertido en una tristeza vaporosa que flotaba como una elegía la noche en la que el Valladolid nos arrebató el sueño de la permanencia. Y aunque era presentido, no dábamos crédito. Incluso yo no pude reprimir un lamento fatalista cuando me comunicaron la noticia. Porque he sido y sigo siendo un buen aficionado al fútbol, aquel deporte que un día fue competición limpia, honor local, camiseta sudada por amor a unos colores y a una tierra. Aquel deporte que se vivía como una épica-lírica substancia. Once pares de botas y millares de sueños sobre el césped del viejo Arcángel, campo de gesta inverosímil aquella tarde que derrotamos al Barcelona. Campo de lágrimas aquel siniestro domingo en el que el autobús, repleto de aficionados, cayó al río por la Cruz del Rastro. Y la noche del Valladolid. Una parte de mi historia personal está ligada al fútbol desde las eras de mi pueblo, cuando una pelota de badana era como una esfera celeste con la que ensayábamos la pasión del fuego de la vida. Desde que "Platko, oso rubio de Hungría" y portero del Barcelona, fue divinizado en unos versos del Rafael Alberti de los años treinta, el fútbol, sin embargo, pasó de ser un juego divertido a convertirse en leyenda, primero; en espectáculo, después, y en negocio que cotiza en bolsa y se rige por las normas del "ibex" del gol. Lo que comenzó en simple diversión de muchachos pegándole patadas a una pelota (una esfera celeste) en las eras del pueblo o en las calles de una ciudad, se ha ido convirtiendo en lucrativo interés de emergentes millonarios que compran acciones de sociedades anónimas deportivas no sólo para satisfacer su "ego" sino para rentabilizar su nombre y su cartera en aras de una ilusión colectiva en la que pobres y ricos coinciden, sin que sirva de precedente, en torno a un club, a un campo de juego y a un deseo compartido: la victoria de su equipo favorito. Eso es todo lo que queda del lirismo épico de los comienzos del fútbol, cuando hasta un poeta como Miguel Hernández era capaz de dedicarle una elegía a la muerte de "Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela". Cuando otro grandísimo poeta levantino, Vicente Gaos, invocaba en la oda Oración por un gol , a Jairzinho, un negrito brasileiro del Corinthians de tierno diminutivo e inverosímil pegada a la pelota. Tiempos en los que el fútbol era cosa de unos héroes vestidos de corto que defendían los colores del equipo de su ciudad o de su pueblo como si defendieran el honor ultrajado de una dama o de una familia. Hoy, el fútbol, es otra cosa, un juego de intereses, aunque para la abulia civil de una sociedad invertebrada sea también como una anfetamina social capaz de elevar al éxtasis a las conciencias dormidas que sobreviven, día a día, con la mítica moral del Alcoyano. Razón por la que el sistema sigue necesitando al fútbol para su supervivencia y su estabilidad. Hoy, generalmente, en las pequeñas ciudades y en los pueblos, se es del Madrid o del Barcelona, al margen del componente ideológico de cada quisque. Es como si se fuera, como en tantas otras cosas, de las dos Españas desideologizadas. Del Córdoba o del Numancia o del Villanueva, en cambio, se es por identidad. Es el referente local en el que se funden la lírica y la épica en una causa común tan ilusoria y tan utópica como aquello que contaba Sábato del célebre "espejo de Sthendal", que era, por cierto, un espejo bastante mentiroso. De ahí la elegía, el sentimiento colectivo de pérdida que aflora en la ciudad con el descenso de un equipo como el nuestro, que en las últimas temporadas anduvo sobre la cuerda floja del alambre hasta que perdió el equilibrio y cayó a ese pozo sin fondo de la Segunda B, de donde tanto costó emerger. Una vez más se ha repetido la historia de un equipo sin referentes profesionales válidos, en su estructura y en su funcionamiento, para lograr un colectivo competitivo e ilusionante. Ahora, con Juan Carlos Rodríguez, un profesional que parece capacitado, puede forjarse un proyecto creíble. Ojalá sea así y que el Arcángel pase de nuevo a convertirse de campo de lágrimas en campo de gestas futboleras para tan estoicos como admirables aficionados.
| Importante:
Se permite la reproducción de los textos siempre que se
cite la fuente |
|