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DEL TENORIO A “HALLOWEEN”
CARLOS RIVERA
¿Quién le dirá a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos que tuvimos una tradición teatral repetida cada año de pueblo a pueblo y de ciudad en ciudad por estas fechas de primeros de noviembre?. Los fantasmas de nuestro pasado han dejado de aparecer en escena, pues el teatro ha muerto. El otro teatro, el virtual, se está poblando de brujas y samanes sajones, de calabazas huecas que harían enrojecer de vergüenza a la mismísima e ilustre calavera de nuestro antepasado el Tenorio. El teatro ha muerto. Después del espectáculo de Putin y los espectadores gaseados a mayor gloria de la lucha antiterrorista, con el aplauso de Occidente, sólo nos queda la sensación de una nueva derrota. Acaban de enterrar en Madrid a un hombre digno, Juan Antonio Bardem. De niño me impactó su película “Cómicos”, drama de la farándula insomne y correcaminos, de cuando el teatro era eso, la tribu de los faranduleros que iban de pueblo a pueblo a pasar hambre con guardarropías de fantasmas ilustres, como el Segismundo de Calderón, como el Tenorio de Zorrilla, por la fecha de “todos los santos”. Hoy es “Halloween”. Hemos enterrado a Bardem, con el puño en alto y el canto de la Internacional sonando como una desgastada quimera. Bardem tuvo el atrevimiento de decir las cosas por su nombre cuando no se podían decir. En plena oscuridad del franquismo hizo el retrato de la moral burguesa en “Muerte de un ciclista”. Bardem nos descubrió el lado oscuro de la vida provinciana en “Calle Mayor” y “Nunca pasa nada”. Nunca pasaba nada en aquel tiempo de silencios. Aunque también había risas irónicas y corales para celebrar que había pasado de largo Mr. Marshall dejándonos tirados en la carretera con la ilusión desvanecida de nuestras pancartas de “welcome”. Y llegaron los americanos para que, entre otros colonizajes estúpidos, nuestros más jóvenes descendientes celebren “Halloween” en un momento no propicio para presagios del futuro. Ayer oí decir en la radio cómo ha aumentado en estos días la venta de calabazas. Niños y jóvenes celebran esa fiesta americana aunque no sepan que proviene de los druídas y de la tradición romana de Pomona, diosa de los frutos, conmemorada cada día primero de noviembre, fiesta de las cosechas. Aunque no sepan que con la llegada del cristianismo se estableció el Día de Todos los Santos y el 31 de octubre, la víspera, pasó a denominarse en inglés el “All Saints eve”. Desde nuestra niñez hasta no hace mucho años hemos vivido la tradición del Tenorio. El personaje universal de Zorrilla iba de pueblo a pueblo y de ciudad en ciudad representado por aquellas compañías de la farándula ambulante que retrató en vivo, con todas sus miserias y grandezas, Juan Antonio Bardem. Era el teatro de ficción para olvidar el drama de la gente que no tenía futuro, ni siquiera en la trampa de la ilusión de aquella otra película de Bardem : “Esa pareja feliz”. Hoy el teatro ya no es lo que era, si es que existe el teatro. Los niños y los jóvenes celebran esa fiesta sajona que llevaron a América los inmigrantes irlandeses. Y de aquel ilustre calavera del Tenorio sólo queda la calavera avergonzada. La tradición ha muerto. Ha comenzado la tradición globalizada. De aquí a unos cuantos años nos encontraremos celebrando en el campo el “Día de Acción de Gracias” como cualquier familia de Boston o Filadelfia. Y hasta es posible que los americanos recuperen al viejo Tenorio y nos lo devuelvan convertido en Mr. Jhon de Brooklyn o de Hollywood, un personaje que no seducirá novicias enclaustradas en la noche de “halloween” sino animadoras de la NBA. Acabarán por robarnos hasta la misma razón histórica. Ellos nos han descubierto después y tienen la ventaja de dominar el cine, internet y la televisión, más poderosos que las naves de Colón y de todos los descubridores europeos. De momento han comenzado por “halloween” y sus calabazas huecas representando en el nuevo escenario el espíritu maligno. El teatro ha muerto. Sentimos la nostalgia del Tenorio. Y los escasos espetadores que quedan corren el riesgo de desaparecer sin explicaciones, como los del teatro ruso.
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Carlos Rivera
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