DEL “KARAOKE” A LA DEPRESION SOLAPADA
CARLOS RIVERA
Algunos de los que tuvimos la mala suerte de vivir la adolescencia y la juventud en medio de infinitas prohibiciones, huimos como gatos escaldados del continente y, sobre todo, del contenido de la palabra “prohibición” cuando proviene de una ley. Personalmente, me cuesta asimilar su enunciado como políticamente correcto en un sistema democrático. Prohibir, dicho así, en absoluto, me huele a solución final de un problema, lo que puede convertirlo en un problema mayor. Todos sabemos en qué conflicto social acabó degenerando la “ley seca”, aunque no pretendo hacer comparaciones entre la cultura norteamericana y la nuestra. Ambas son protestantes, con variación en la causa y en el efecto. Una, la americana, de contenido religioso, invita al desacato solapado. La nuestra, de contenido civil, a la desobediencia espontánea. Ponga usted aquí una ley seca como la de los años treinta y aumentará considerablemente el número de adictos al alcohol. Ponga usted aquí un agujero en una tapia con la leyenda “se prohibe mirar” y mirarán hasta los invidentes. ¿ Habrá algo más excitante que una prohibición en un país cuyo mayor placer es la morbosa curiosidad ?. Los más espléndidos carnavales de Córdoba en el sentido de desacato fueron aquellos de la calle Montero de los tiempos no democráticos. Precísamente porque estaban prohibidos por la autoridad competente. Cuidado, pues, con la palabra prohibición de procedencia política, porque la respuesta será el incumplimiento. Me parece justo y necesario que se tomen medidas en el tema de la movida juvenil. Más que nada por pulcritud urbana, respeto al descanso ciudadano y sosiego nocturno. No debe permitirse ( que no es lo mismo que “prohibir”, aunque pudiera parecerlo ) que los menores consuman alcohol ni en medio de la calle ni en ningún otro lugar. Otra cosa es que podamos evitar que lo consuman. Con todo el respeto que me merece la opinión de una eminencia psiquiátrica como Luís Rojas Marcos, yo no creo que sea “depresión solapada” la conducta de nuestras masas juveniles los fines de semana. A no ser que tal diagnóstico se aplique a la mayoría de los jóvenes integrados en el mundo laboral, sometidos, durante el resto de la semana, a condiciones de trabajo rayanas en la explotación, con salarios ridículos, horarios esclavistas y contratos a los que llamar “basura” es un dulce eufemismo. Ninguna ley prohibicionista va a terminar con el problema real de aburrimiento, carencia de perspectivas vitales, desinterés social y pobreza de recursos económicos de la mayoría de nuestros jóvenes, sean bebedores o no. La juventud es propensa al exceso, siempre lo ha sido. Aunque no es conveniente generalizar : ni toda la juventud se emborracha los fines de semana, ni a toda la juventud deben atribuírsele comportamientos incívicos. Ni creo que con medidas políticas de prohibir el consumo de alcohol en la calle se resuelvan los problemas de los jóvenes que son de envergadura social. Al edicto de prohibir se opondrá la transgresión de rebelarse. Lo harán, incluso, aquellos que sólo beben “cola” y los que beben moderadamente. Y, si se aplica tal medida al pié de la letra, acabará rebelándose una mayoría ciudadana que se solaza en ferias y en verbenas, en fiestas y en romerías. Sin entrar en los consiguientes perjuicios del circuito económico hostelero. El problema, por tanto, es de difícil solución, a menos que esta se delegue en una especie de policía de higiene pública que evite los desmanes consecuentes de la ingestión de alcohol en los cerebros inadecuados. Con leyes prohibicionistas sólo conseguirán convertir en potenciales delicuentes a sus incumplidores, jóvenes que necesitan una mayor atención por parte de la sociedad, de las instituciones y del Estado y no televisivos “karaokes” de familia que los promuevan al falso éxito con el menor esfuerzo y en el menor tiempo posibles. Por muchas “operaciones triunfo” que se inventen, en una sociedad con un treinta por ciento de fracaso escolar, evidentemente algo está fallando, y no son exclusivamente los jóvenes.
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