Angel Ganivet (1865-1898)
Ángel Ganivet García nació en Granada (España). Su familia procedía de la mediana burguesía. Creció bajo los cuidados de su madre Ángeles García de Lara, ya que su padre se suicidó cuando Ángel contaba solamente con nueve años. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en Granada, doctorándose en la ciudad de Madrid. Inició su trayectoria como escritor al publicar el "Epistolario", una colección de cartas, siendo miembro del grupo llamado "La cuerda granadina". Dentro de sus novelas, tendió hacia la sátira, con ejemplos como "La conquista del reino de Maya por el último conquistador español Pío Cid" (1897) o "Los trabajos del infatigable creador Pío Cid" (1898). Escribió teatro, "El escultor de su alma" (1899) y fue un destacado ensayista, siendo algunos de sus textos más importantes "Ideárium español" (1897), "Cartas finlandesas" (1898), recopilación de artículos publicados en "El defensor de Granada" o "El porvenir de España" (1905), volumen que apareció póstumamente. Su obra literaria y su pensamiento fue un claro precursor de la venidera Generación del 98, en su afán de remodelación y preocupación por la identidad de España. En cuanto a su vida sentimental, Ganivet mantuvo relaciones con la cubana Amelia Roldán Llanos, a quien había conocido en 1892. También fue amante de la profesora Mascha Djakoffsky. Además de esta faceta literaria, Angel Ganivet fue un destacado diplomático, ocupando el puesto de cónsul en Amberes, Helsinki y Riga, precisamene en la capital de Letonia falleció, al suicidarse arrojándose al río Dvina. Era el 29 de noviembre de 1898 y Ganivet, al que le habían diagnosticado manía persecutoria antes de su suicidio, moría a la edad de 33 años.
Fragmento (II) de “Cartas finlandesas”
Cuando yo vivía en Madrid, concurría asiduamente al Ateneo. La noticia de seguro no le interesa a nadie; pero a mí sí, porque conviene saber que yo nací refractario a la asociación, y que ni en Granada ni fuera de Granada he formado parte de ninguna sociedad. En Madrid llegué a inscribirme en algunas y a pagar las cuotas, pero a nada más; a la Academia de Jurisprudencia fui dos o tres veces, y me retiré por incompatibilidad de humores con la parva de ministros en agraz que por allí pululaba. El único hombre de talento a quien oí discurrir entre tantos abogados era y es -cosas de España- un médico, el doctor Jaime Vera, que luego se pasó «sin armas ni bagajes» a las filas del socialismo. Así, pues, el ser yo concurrente asiduo del Ateneo, aunque no llegara a leer el Reglamento ni a intervenir en votaciones ni discusiones, revela que el Ateneo es la única sociedad de España que encaja en mis gustos, declaración previa que me autoriza para decir, sin que nadie piense que soy enemigo de tan famosa institución, que lo bueno que allí hay es el espíritu amplio, tolerante, familiar y protector que supieron crear con su presencia y adhesión desinteresada algunos hombres superiores, que ya se murieron o tardarán poco en morirse. En cuanto a la juventud que entra de refresco, «peor es meneallo». Un ateneísta joven, pues, profundo conocedor de la política europea, explicaba un día ante numerosos circunstantes boquiabiertos el mecanismo de la política continental, mediante un sistema curioso; por lo visto, andaba escaso de nutrición, pues todo lo arreglaba con «pan». Panamericanismo, panlatinismo, pangermanismo, paneslavismo y panescandinavismo. Según él -y lo peor es que aquel día formó un plantel de hombres de Estado-, los hombres se habían decidido ya a formar núcleos superiores a las nacionalidades: «cada oveja con su pareja»; ya que no podamos ser todos hermanos, unámonos por lo menos en grupos similares y sepamos a qué atenernos. Yo estaba que un sudor se me iba y otro se me venía, porque pensaba en mis adentros: «Si a este hombre, o lo que sea, se le ocurre catarme la sangre, de seguro que me incorpora a la cabila de Mazuza». Todos sabemos, porque nos llega más de cerca, lo que es el panlatinismo: es una idea generosa que viene a los postres de los banquetes, al ruido de los taponazos que lanza el vino espumoso, cuando los hombres, bien comidos y bien bebidos, se sienten hermanos de todos sus semejantes, aunque sean de raza negra, y aun de los monos antropomorfos. Pues bien; como el panlatinismo es todo lo demás. No existen naciones de raza única, ni hay para qué atender a tan ridículos exclusivismos. Si se habla de pueblos latinos, ¿qué hacemos con Bélgica donde hay flamencos que son del grupo germánico, y valones que son latinos, con iguales títulos que los «galos»; qué con Suiza, donde hay alemanes, franceses e italianos; qué con los flamencos franceses, tan apegados a su lengua tradicional como los belgas, y qué con los vascos, que ni siquiera pertenecen al tipo general con el que Haeckel formó su homo mediterraneus? Así también, para llegar al pangermanismo habría que deshacer media Europa. Alemania tendrá que prescindir de sus provincias polacas y de los franceses de Lorena, y Austria se descoyuntaría en grupos alemán, húngaro, polaco, latino, eslavo, servio y hasta turco, y alguno de estos grupos, el húngaro, tendría que comunicarse por un túnel subterráneo con los finlandeses, que son sus hermanos de raza. Pues, oyendo hablar de paneslavismo al disertante de mi cuento, se ponía la carne de gallina. Veía uno venir a los rusos, no ya por las Ventas de Alcorcón: por la misma calle del Prado, y entrar al galope por las puertas del Ateneo, como aquellos temibles cosacos a quienes el calenturiento Espronceda decía: «La sangrienta ración de carne cruda, bajo la silla, sentiréis hervir». Y he visto soldados rusos, y creo que lo que desean, como todos los de Europa, es concluir sus años de servicio para marcharse a sus casas a vivir en paz con sus familias, o a casarse con sus novias y contribuir en la medida de sus fuerzas a la propagación de nuestra especie. Cuando se habla de los escandinavos, se cree comúnmente que desean formar también un núcleo político superior en que quedaran comprendidas Suecia y Noruega, Dinamarca y Finlandia; y al leer que Rusia ha adoptado medidas enérgicas para «rusificar» a los finlandeses, se piensa que todos los escandinavos entrarán en efervescencia y montarán en cólera contra las medidas de opresión. Nada más lejos de la realidad: los dinamarqueses, noruegos y suecos, que vistos desde lejos parecen hermanos, de cerca son menos que primos; hasta las lenguas que hablan, que parecen poco diferentes y que de hecho difieren poco al leerlas, son muy distintas al pronunciarlas. Y la pronunciación no es grano de anís, pues con ella se llega a destruir la unidad lingüística, como por la influencia del territorio y de los cruces se llega a destruir la unidad de las razas. Los dos Estados escandinavos unidos actualmente, Suecia y Noruega, no dan ningún espectáculo que permita pensar en la decantada fraternidad, pues hoy con un pretexto, mañana con otro, viven en perpetua discordia, poco más o menos como viviríamos en nuestra Península españoles y portugueses si llegáramos a constituir la unidad ibérica. En España hay pocas personas que sepan que hay cónsules y para qué sirven; razón sobrada para creer que se puede gozar de perfecta salud sin averiguarlo: entre Suecia y Noruega la cuestión consular, esto es, la de conceder o negar a Noruega la facultad de tener cónsules propios, ha estado a punto de ocasionar una ruptura. Cuando se sacan las cosas de quicio y se busca ocasión de disgustarse, no hay duda: los sentimientos de fraternidad andan por lo menos resfriados. He llegado de un modo gradual a la determinación del grupo etnográfico en que «aparentemente» figura Finlandia, porque todo el mundo sabe que la raza finlandesa o carelia es en absoluto distinta de la escandinava; pero todo el mundo cree que esa raza está como anulada o metamorfoseada por la influencia civilizadora de Suecia. Las apariencias favorecen esta opinión, puesto que al primer contacto con este país se nota que la lengua, legislación, cultura y gran parte de la población son suecas. Finlandia no es una casa de la que se pueda decir: aquí vive don Fulano de Tal; es una casa de pisos; viven muchos en ella: en el principal viven los rusos, que, aunque son muy pocos, son los amos; en el segundo y tercero, los suecos o los finlandeses sometidos a la cultura sueca y olvidados de su lengua y costumbres nativas; en los sótanos y buhardillas, es decir, en el interior del país, viven los verdaderos, los legítimos finlandeses. Nótanse, pues, en el país curiosas superposiciones: los finlandeses fueron privados del litoral, cuyos puertos se convirtieron en ciudades suecas, hoy poco cambiadas aún, y luego en estas ciudades los suecos fueron sometidos a la autoridad rusa. Además, como la posesión de Finlandia dio origen a varias guerras entre Rusia y Suecia, antes de la conquista total formaba ya parte de Rusia una parte de Finlandia, el distrito de Wiborg, en el cual la influencia rusa es muy visible; hay muchos adeptos de la religión cismática griega; se habla más el ruso, y fuman bastantes mujeres. El detalle de fumar es característico, pues la finlandesa no fuma por regla general: cuando alguna señora o señorita finlandesa me ha ofrecido un pitillo, y poniéndose otro en los labios ha comenzado a echar humo, he pensado que por allí andaba la mano de Rusia, y así era la verdad: o había por medio noviazgo o parentesco con rusos, o largas residencias en Rusia, o algo por el estilo. Por el contrario, la parte occidental de Finlandia, que está más inmediata a Suecia, es casi sueca: hay puertos, como Abo o Hangoe, donde casi todo se recibe por vía de Suecia, empezando por los periódicos, que vienen de Estocolmo, y que son leídos con más interés que los del país. Hay, pues, una serie de gradaciones imperceptibles producidas por el distinto modo de combinarse las tres razas dominadoras o dominadas del país: la rusa, la sueca y la finlandesa. Pero, pasado el primer momento de confusión, comienza a distinguirse, y al cabo se distingue con claridad, que aquí lo esencial es lo finlandés de raza, la gente del interior, fran landet. Para hacer visible la idea, y salvando la diferencia de tiempo y cultura, diré que suecos y finlandeses están en la misma relación que estaban en España los colonizadores fenicios y griegos, dueños del litoral, y los iberos, celtas y celtíberos del interior. Entonces también la vida exterior de España parecía ser fenicia o griega para los que desde fuera miraban, y, sin embargo, fenicios y griegos pasaron, y quedó la raza indígena como base para constituir el tipo hispanorromano. Siempre que la amalgama no sea completa, que se deje en estado puro un fuerte núcleo de raza indígena, esta concluye por anular a todas las razas extrañas o mixtas que pretendan dominarla, porque tiene de su parte el amor al territorio, la compenetración con el alma del país, la tenacidad y la fe, que sólo pueden tener los hombres que asientan los pies muy firmes sobre «su terruño»; así la raza pura finlandesa: su evolución es lenta y retrasada, pero es vigorosa e intensa, y en su día dará frutos abundantes. A poco de llegar yo aquí, pregunté a un conocido si no había literatura propiamente finlandesa; algo típico, engendrado por el territorio más bien que por los habitantes; algo que no fuera sólo artículo de comercio, sino como una Biblia poética del país. Entonces tuve la primera noticia de la existencia del Kalevala o epopeya de los carelios, de los «hijos de Kaleva» o legítimos finlandeses. Y ahora que acabo de leer el formidable poema popular, que tiene nada menos que 50 runor o cantos y 22.300 versos, y comparo este monumento con las producciones literarias que figuran en los escaparates de las librerías, como en los de las tiendas de comercio las botellas de vino, cajas de frutas y prendas de vestir, esto es, como artículos de venta, me afirmo más en mi idea de que aquí lo que existe con existencia real, y pudiera decirse sustancial, es lo finlandés. Los habitantes del país que no son extranjeros se creen todos finlandeses: tanto los que hablan sólo sueco, como los que hablan sólo finlandés, como los que hablan los dos idiomas; realmente el idioma no es bastante para destruir las cualidades de la raza; pero no es sólo el idioma lo que diferencia: es la compensación total de la vida, que con el idioma ha sido aceptada. No hay sólo dos lenguas: hay dos vidas diferentes: la una, la de los finlandeses «asuecados», si me es lícito inventar tan fea palabra; y la otra, la de los finlandeses tradicionales. Los primeros ocupan lugar preeminente en la sociedad; los segundos ya dije que vivían en los sótanos y buhardillas, puesto que o están en el interior del país o forman «las clases bajas» en las ciudades, bien que en estos últimos tiempos se note una tendencia social muy marcada a levantar el espíritu finlandés y a hablar en el idioma patrio. Comparando estas vidas, digo yo, pues, que los que están en lo firme son los que hasta aquí figuran debajo, los cuales están destinados a quedarse encima como amos y señores absolutos de la situación. La autoridad rusa es conveniente; la lengua sueca podrá quedar como medio supletorio de comunicación intelectual; pero el espíritu del país sólo puede llegar a su máxima altura recogiéndose sobre sí mismo y «pensando en su natural idioma», fijado ya y ennoblecido por creaciones de tan subido valor como el Kalevala, según podrá verse más adelante cuando explique el asunto y dé idea de las bellezas de este poema épico, y en cierto sentido étnico.
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