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DECRETO AL TÓPICO
CARLOS RIVERA
Los andaluces llevamos algunos siglos enfermos del mal del tópico. Mal que se agudizó durante la época del romanticismo literario. Mal inventado, que no real. Mal que no parece ser abolido por el fenómeno de aculturación turística. Incluso el turista accidental, aunque esté lleno de prejuicios sobre el lugar que visita, aprende sobre el ritmo de la vida a comprender que el tópico, los tópicos, son fantasmas de la realidad aliñados en el condimento histórico por la salsa de la literatura viajera de cuando apenas se viajaba, y, desde luego, no masificadamente, como ahora. Lo extraño es que los tópicos perduren en la aldea global. Que los sambenitos y las caricaturas sobre un pueblo como el nuestro sigan proliferando. Las palabras del ministro Aparicio, castellano de Burgos, sobre ese miserable tópico de la indolencia andaluza son las mismas palabras que hubiera pronunciado un soldado del ejército de Wellington o un campesino castellano. Un inglés de Gibraltar o de la colonia de Río Tinto o un vasco del caserío alejado del mundo. El mito del andaluz haragán no ha sido desvirtuado por las cifras de nuestro desarrollo económico, por nuestra puntera industria turística, por las distintas migraciones de nuestro pueblo en busca de la histórica balada del pan ácimo por el eterno norte. Despeñaperros, para alguna personas, sigue siendo una frontera de prejuicios, una patochada de Merimée, una lectura equivocada para ministros castellanos de derecha que pronuncian frases como esta : “El peor favor que podemos hacerle a Andalucía es dejarla sumida en la indolencia”. La miseria intelectual del señor Aparicio es paralela a su visión tardofranquista sobre un pueblo cuya laboriosidad ha sido reconocida en todos los lugares del mundo a donde ha tenido que ir a ganarse la vida y en donde ha sufrido, en bastantes ocasiones, la explotación más inhumana. El señor ministro, que no nos conoce, y al que, recíprocamente, tampoco queremos comocer por aquí, ha emitido un juicio tan mezquino para justificar el decretazo sobre el desempleo con una ofensa añadida. ¿ En qué época se ha quedado el ministro ?. Tal vez en la de Don “Jorgito” Borrow, que vino a estas latitudes a venderles biblias a los gitanos y convertirlos a la religión anglicana, como el señor Aparicio quiere vendernos la biblia de un decreto que revela la fobia de la política de Aznar contra un sur que se le resiste electoralmente. Fobia demostrada a lo largo de estos años de gobierno de la derecha con estrategias varias, como el no reconocimiento de la deuda histórica, del censo de población o la no cesión de las políticas activas de empleo. Las palabras resentidas de un diputado del PP, paisano nuestro, confirmaban lo que todos temíamos : ya que la derecha no gobierna Andalucía, castiguemos a Andalucía. ¿ De donde, si no, ha venido un decreto tan urgente?. Si el PER se aplicara en Galicia, en Castilla-León o en Cataluña, jamás hubieran intentado una ofensa tan directa y tan letal para los pueblos y parados de esas autonomías. Hasta ahora habíamos soportado que nuestra forma de ser y de entender la vida fuera motivo de recurso fácil para los saineteros madrileños que aún continúan alimentando el tópico en sus series de la televisión plagadas de chachas andaluzas para continuar la saga de Rafaela Aparicio, que demostró ser una actriz como la copa de un pino cuando Saura le dió la oportunidad en “Mamá cumple cien años”. De Despeñaperros para arriba, y pese al proceso de aculturación, somos un pueblo analfabeto, chistoso y vago que confirma la “Teoría andaluza” de Ortega y Gasset sobre la “pereza como ideal y como sentido de cultura”. Es la visión interesada y camaleónica de la derecha castellana, no sólo la de Ortega sino la de su discípulo Julián Marías. Y la visión excusatoria de la propia culpa de nuestra derecha de señoritos escritores y pudientes de cama abecediana que alimentaron y extendieron el tópico con el neoseñoritismo de ropero de Manuel Halcón, el falso senequismo paternalista de Pemán o las malditas gracias de criados y amos de los Alvárez Quintero.
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