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ALJUMA
La reurbanización
Carlos Rivera
08/06/2005
Cuando me casé, me vine a vivir a un descampado. Eso sí, en mi urbanización, puntera en aquellos tiempos, gozábamos y seguimos gozando de un patio muy particular, grande y hermoso, con césped y numerosos árboles y plantas y una zona de juegos para los niños. Nuestro patio, siempre verdecido, está construido, en realidad, sobre un viejo cementerio de los Carmelitas. Es un campo santo. Y la tierra lo agradece. Cualquier árbol o planta del patio de mi comunidad crece con una rapidez inusitada, como si estuvieran regados con la savia mística de los huesos de los viejos frailes. Sólo teníamos una pega las parejas, entonces jóvenes, que nos vinimos a vivir aquí, el descampado que nos rodeaba: solares de viejas fábricas, en puro esqueleto con sus ruinas supervivientes, algún viejo taller de automóviles y el tren, oído día y noche con la misma cadencia y frecuencia con la que la corneta del Parque de Automovilismo nos llenaba de sobresaltos. El tren y aquel paso a nivel de los "Santos Pintados". Pitido y frenada y corneta a cualquier hora, entre la madrugadora diana del cuartel y el renqueante paso del Correo y del Expreso de Algeciras. Hasta la diana del día siguiente, podíamos descansar. Y aunque mi casa está ubicada en el rincón más íntimo del patio, los decibelios militares y ferroviarios no dejaban de penetrar molestamente en el sigilo de las noches de verano. En aquel descampado ha transcurrido toda la vida de mi propia familia. Tiempo feliz (éramos más jóvenes) y añoranza de las cosas muertas que, lo quieras o no, ya forman parte de tu destino. A remolque de la Exposición Universal de Sevilla nos sepultaron el tren. Construyeron a trancas y barrancas el Paseo de Córdoba. Y el Ayuntamiento me mudó de domicilio en cuatro ocasiones, cuando en los viejos y ruinosos solares fueron creciendo bloques nuevos, desde el cruce de la Avenida de Almogávares con la calle San Juan de la Cruz. Mi siempre numerosa correspondencia anduvo desnortada muchos años entre el número 9-F original hasta el 29 en el que vivo ahora. Doy las gracias al caminante y sacrificado cuerpo de Correos por las molestias involuntarias. Y doy las gracias a la Expo de Sevilla, gracias a la cual perdimos de vista al tren, al cuartel y al paso con barreras que nos frenaban las prisas. Con tanto cambio del entorno yo creía que nada más iba a ocurrir, hasta que leo: "Almogávares, eje de la mayor reurbanización de la ciudad". Tenía noticias desde hace años, de esas que van circulando boca a boca con el comentario escéptico del vecindario: "Las cosas de palacio...", ya saben. Cierto es que la ciudad crece, necesita deshacer sus numerosos nudos, hay que aplicar el controvertido PGOU. Sólo que todos estos cambios tendrán un elevado precio para la paz de los vecinos. Paralelos al nuevo Paseo de Córdoba, los carriles habilitados en ambos sentidos en el llamado Vial Sur han convertido el entorno en una zona acústicamente saturada. Con el nuevo proyecto, la Avenida de Almogávares tendrá cuatro carriles (dos en cada sentido). No, si estar, estamos y vamos a estar en el futuro bien comunicados, aunque carezcamos de los suficientes aparcamientos que demanda el vecindario. Bien comunicados y atrapados en ese marasmo de automóviles que terminarán haciéndonos añorar el descampado aquel al que nos vinimos a vivir hace ya cerca de treinta años. Desde el Hospital Militar a la Glorieta de los Almogávares aumentará la polución que ya tenemos en demasía por el desvío de casi todo el tráfico del centro hacia el Vial Sur y que, hasta que no se construya la Glorieta de Chinales, desemboca en un peligroso embudo o vía de servicio que nos tiene de los nervios. Bien lo sé, querida alcaldesa, que la ciudad ha mejorado y que esa futura reurbanización será por el bien de nuestros conciudadanos, pero permíteme el derecho de protestar, como vecino, por esa locura de benzinas y bocinas que nos hace añorar tiempos pasados, cuando la diana y la retreta del viejo Parque de Automovilismo nos servían de despertador y de almohada. Cuando el Correo o el Expreso de Algeciras eran como un sereno que nos daba las horas y hasta nos hacían predecir el estado del tiempo según el eco del pitido. Pues eso: que cualquier tiempo pasado no sé si fue mejor. Más silencioso, tal vez. Y como la naturaleza humana se acomoda a todo, sobreviviremos. Aunque tal vez no podamos decir, llegada la hora, que tuvimos una vejez tranquila.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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