DE LA BARBARIE
CARLOS RIVERA
No hay que entender la barbarie sólo como sinónimo de extranjería sino como una destilación de intemperancia, fanatismo e irracionalidad. La barbarie como desmesura cruel del factor humano, con dosis de lesitud aviesa, de daño semántico que ya contiene en sí los otros males que se derivan de un acto de barbarie, ya sea crimen, allanamiento moral o físico o cometimiento desmedido de una violencia nunca justificable en el supuesto infierno de los otros, según visión moral de Sartre. Tal los crímenes de ese psicópata o psicópatas americanos que se creen Dios dado que pueden disponer a su antojo de las vidas de sus semejantes. Tal los secuestradores chechenos en el teatro de Moscú o los secuestradores del ejército ruso en el gran teatro de Chechenia, con sus retahilas de muertos inocentes. No es necesario esperar a los bárbaros, como decían los versos de Constantino Cavafis. Porque los bárbaros están, siempre han estado entre nosotros. Los terroristas. Los maltratadores de mujeres, de niños, de homosexuales, de drogadictos, de negros, de mendigos. Los que defienden las purezas de sus etnias políticas, raciales o sociales frente a los de la otra acera maldita. Siempre hay una acera maldita que arrasar en el espíritu irracional de los bárbaros, en sus mentes imbuidas de fanatismo e intolerancia. Sin olvidar la barbarie del poder de los fuertes. La más sofisticada. La de los instalados en sus ínsulas frente a los excluídos del sistema. Demasiados paisajes para la eterna batalla que se extiende sobre el tejido social. No, nunca ha habido que esperar a los bárbaros. Siempre estuvieron entre nosotros, bajo culquier nombre o especie, para provocarnos la naúsea. Cuando sentimos sus dentelladas nos acucia el impotente deseo de vivir sin injurias, blandiendo, como Arquíloco, una rama de mirto y una rosa, o escuchando, con los ojos serenos, la melodía utópica de la princesa Li-Po bajo la luna. Los bárbaros lo son en las dos más comunes acepciones del término : en el sentido de extranjeros de toda época y lugar y en el sentido virulento del vocablo. Dándole la vuelta al significado del poema de Cavafis repudiamos sus lesas soluciones, sus egotismos fascistas y mesiánicos, sus pergaminos de incesable muerte. No nos importa qué será de nosotros sin los bárbaros, como se lamentaba el poeta griego. Ellos no serán nunca la solución de nada. Están de más en el foro de nuestras conciencias. Nuestra civilizada Europa, maestra moral del mundo, siempre supo muy bien qué es eso de los bárbaros. Desde Roma a la experiencia nazi. Desde las repetidas y olvidadas lecciones de sus guerras hasta las numerosas tragedias por Europa inspiradas, provocadas y protagonizadas. Desde los cátaros hasta los templarios Europa, la vieja y digna dama, ha sabido, como nadie, de sus propias barbaries interiores, incluyendo sus luchas de clases, sus desigualdades crecientes, sus infinitos estados de excepción convertidos en leyes de extranjería contra el diferente o contra el inmigrante de su misma piel. Europa, cuando no ha instigado la barbarie ha sido cómplice pasiva de la misma con una media y cínica sonrisa de deshonor entre los labios, como en el caso del conflicto entre Israel y Palestina. Europa ha desoido aquella seria advertencia de uno de sus ilustres hijos, Tomás de Quincey : “los que contemplan el crimen están en el implicados”. No importa de qué lado del espejo referencial haya estado la digna dama Europa, consentidora siempre de los bárbaros y dándoles su apoyo moral o logístico, como al imperialismo norteamericano. Pasan los siglos y en cualquier lugar y en cualquier momento seguimos esperando noticias de los bárbaros. Es un estado de impotencia moral del ser humano que sólo anhela la convivencia pacífica. Pasan y pasan las generaciones y seguimos sintiendo la angustia de los bárbaros. Del norte y del sur. Del este y del oeste. Cada día se anuncia la llegada de los bárbaros. Cuando no es un individuo psicópata, es un Estado psicópata o es el poder depredador el que nos devuelve al estado natural de barbarie al que llamamos , cínicamente, civilización.
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