Benito Pérez Galdós (1843-1920)
Una de las mejores razones para consolarse de ser español es Galdós. En el amargo exilio republicano, Luis Cernuda escribió un poema, Bien está que afuera tu tierra, que es quizás el mejor elogio del escritor canario: «Los bien amados libros (...) / En tu tierra y fuera de tu tierra / Siempre traían fielmente/ El encanto de España, en ellos no perdido, / (...) El nombre allí leído de un lugar, de una calle / (Portillo de Gilimón o Sal si Puedes), / provocaba en ti la nostalgia / De la patria imposible que no es de este mundo». La obra de Galdós sobresale por la claridad de su propósito. En cambio, la vida de Galdós es de una opacidad mineral, de una discreción enigmática. No es que quisiera dejar pocas huellas de su vida particular, es que las borró todas. Y con tal éxito que hasta 1995 no se publicó una verdadera biografía de Galdós, la de Pedro Ortiz-Armengol. Hasta entonces, 300 intentos en vano. Clarín, el más importante de cuantos fracasaron, sólo consiguió que le confirmase una cosa: que nació en Las Palmas. Y sin embargo, hay un novelón por escribir sobre la familia de nuestro escritor, canariona y goda desde la conquista de las islas a finales del siglo XV, con raigón vasco, raíz castellana, una florida rama cubana y el tronco navegando entre ultramarinos y coloniales. Las clave de la familia y seguramente del destino galdosiano fue su todopoderosa madre Doña Dolores, todo un carácter que marcó indeleblemente la vida de su hijo Benito y a quien seguramente le debemos la creación de un alma frágil y dura, ideal para escribir novelas después de haberlas padecido. En 1873 tenía 30 años pero había visto lo suficiente como para concebir una obra sencillamente monumental: contar en novelas la historia de aquella España disparatada, colérica, perpleja y entrañable. Albareda, su director en El Debate, le dio el título:”Episiodios Nacionales”. Y arrancó novelando un naufragio: “Trafalgar”, la destrucción en tiempos de Carlos IV de la Marina de Guerra, clave militar de la pérdida del Imperio y cuya batalla conocía por un grumete superviviente. El año 73 escribe cuatro episodios; el 74, cinco, el 75, otros cuatro; desde 1876 escribe y publica simultáneamente novelas y en 1879 ha terminado las dos primeras series de Episodios -20 títulos- y la primera parte de su obra novelística, en la que destacan “Doña Perfecta”, “Gloria”, “Marianela” y “La familia de León Roch”. Lo saluda como maestro el crítico más fino, don Juan Valera, y Pereda, crítico de su anticlericalismo, se convierte en amigo entrañable. Pero lo mejor está por llegar. En 1881 comienza sus “Novelas Contemporáneas” con “La desheredada”; en el 82, publica “El amigo Manso”; en el 83, “El doctor Centeno”; en el 84, “Tormento” y “La de Bringas”; en el 85, “Lo Prohibido”; en el 87, “Fortuanta y Jacinta”; en el 88, “Miau”; en el 89, “La Incógnita” y la primera de las novelas de Torquemada: “Torquemada en la hoguera”. En menos de 10 años ha escrito y publicado 10 novelas sencillamente soberbias. No hay nada semejante en la literatura de lengua española, ni antes ni después. Y por si fuera poco, triunfa en el teatro apoteósicamente con “Realidad”. Clarín le organiza el primer homenaje y escribe su biografía literaria y Juan Valera lo hace académico en 1889. . Sacaba tiempo para todo: del 92 al 96 puso sitio al teatro –“La Loca de la casa”, La de San Quintín”, “Los Condenados”,”Voluntad”, “La feria”, adaptaciones de “Doña Perfecta y Gerona”-. Y no dejó descansar a la novela: “Angel Guerra” en el 91; “Tristona” en el 92; “Torquemada en la cruz”, en el 93; “Torquemada en el Purgatorio”, en el 94; “Torquemada y San Pedro”, “Nazarín” y “Halma”, en el 95; “Misericordia” y “El Abuelo” en el 97. Rompe con su editor y en 1898 se va al País Vasco para iniciar con “Zumalacárregui”, la Tercera Serie de Episodios. En 1901, el estreno de “Electra”, del que sale a hombros, lo convierte en símbolo político del anticlericalismo. Publica episodio y estrena obra, una, dos y hasta tres veces al año. En 1905, la Academia sueca sugiere que presenten su nombre para el Nobel, pero la vileza del clericalismo político lo impide. En 1910 es elegido diputado en la coalición republicano-socialista, una radicalización política espejo de su pesimismo y paralela a su decadencia física. En enero de 1919 sale de casa para inaugurar su monumento en el Retiro, obra de Victorio Macho. Cuenta Federico Carlos Sáinz de Robles, presente en el acto: «Ante la emoción de todos los asistentes (...) Don Benito hizo que le subieran al plinto y con mano morosa fue acariciando su figura en piedra, como si sus dedos tuvieran ojos para contemplarla». ¡Cómo no llorar! Tras despedirse de sí mismo, Galdós se despide de Madrid con los ojos de la memoria; en agosto da su último paseo por Moncloa y el Parque del Oeste. Muere anciano, pobre y ciego un 4 de enero de 1920. El entierro, apoteósico. Pero como dejó escrito Cernuda, Galdós vive: «Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas, /Aún en estos libros te es querida y necesaria, / (...) La real para ti no es esa España obscena y deprimente / En la que regentea hoy la canalla, / Sino esta España viva y siempre noble / Que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta».
*Federico Jiménez Lozanitos. En “segundarepublica.com”.
Fragmento de “Misericordia”
Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos, grandes y oscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera y aún conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida sobre la frente; sobre ella, pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergeño y la expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesta de líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en penitencia. Le faltaban sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si bien podía creerse que hacía las veces de ésta el lobanillo del tamaño de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más arriba del entrecejo
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