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Artículos de opinión (1998-2003)
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CONTROL REMOTO
CARLOS RIVERA
Si yo fuera un especialista de la crítica en televisión seguro que hace tiempo que habría presentado mi renuncia por impotencia o por naúsea. Y no es cuestión de plantearse, con la socarronería de Wyoming, si existe vida inteligente en la televisión generalista, sino si existe vida inteligente en los habitantes del plató real y del plató virtual de los receptores del mensaje. Como supongo que es peligroso generalizar, para no lesionar a las conciencias susceptibles, aventuro que hay quien se sienta ante la caja mediática con la única finalidad de alcanzar el encefalograma plano, tan desestresante después de un día de trabajo y dependencias de la vida. Otros, en cambio, escindidos entre el morbo y el placer visual, asumen ese protagonismo activo de adorador del “gran hermano”, de cualquier “crónica marciana” o vaya usted a saber de qué clase de operación con bisturí catódico a practicar en sus neuronas. Están en su derecho de convertirse en súbditos morales de tan alucinantes miserias a control remoto. Para los que prefieren diluir su personalidad en el delirio colectivo de la masa, tan cutre oferta de diversión es paralela a sus deseos de felicidad inducida. Desde que a principios de los años sesenta la televisión comenzó a sustituir a la familia orgánica como unidad de destino en lo convivencial, mis incrédulos ojos se preguntan como tanta degeneración televisual no ha convertido todavía a este país en un desierto de ignorancia. Sólo si me refresco la memoria veo el proceso. Al principio la gente se extasiaba con aquellos anuncios deliciosos de personajes animados que igual te anunciaban una marca de coñac que una aspirina. Había, incluso, excelentes programas como aquel “Gran Teatro” que educaban a las generaciones en el sentido lúdico y moral de arreglar sus papeles para el teatro de la vida. Grandes maestros del periodismo, como el recientemente desaparecido José María Castillo, aparecían en la pantalla para instruir al personal, un suponer, en el juego del tenis, considerado, hasta entonces, de señoritos bien mirados. Con aquellas dilucidaciones metafísicas del “entró, entró” José María Castillo no sólo aclaraba las dudas de la pelota y de la raya sino nuestras propias dudas sobre el protagonismo del pueblo en el juego de los individuales y los dobles, ya interpretados por deportistas del mísero secano como Orantes o Santana. Ahora que estamos globalizados y medio satisfechos nos hemos convertido, simplemente, en un pasivo económico que proporciona pingues beneficios, en audiencias y en dinero. Productores de programas y comunicadores saben bien lo que quieren : un público adicto, primera premisa. Estudian al personal para venderle los deseos de fusión y de evasión. Con las pesas y medidas del morboso placer de entrometerse en las vidas ajenas, evalúan el producto, buscan los personajes adecuados e invitan a la gente a promiscuirse con ellos. Si los del rosa venden, los cotillas ganan. Si hay una alternativa de popularidad y dinero allí va el personal a lavar sus trapos sucios o a enseñar sus trapos limpios, con tal de que mañana, en la calle, en el supermercado o en el bar de la esquina te pidan el autógrafo de la satisfacción del vecindario. De anónimo esfumado ante el espejo pasas a convertirte en personaje dominante de tu propia situación. Ya puedes presumir : el insecto kafkiano puede emprender el vuelo. Tal vez lleve razón Wyoming. No existe vida inteligente en la televisión generalista.. Supongo que eso es, en definitiva, lo que el poder desea. Desde el control remoto se puede jugar tranquilamente a Dr. Jekyll y Mister Hyde con una impunidad absoluta. Estamos en la fase crucial del sistema capitalista y no hay propuestas emancipatorias. El personal descansa relajado en el sofá después de una estresante jornada de trabajo. Toma el mando a distancia y se dispone a encender el televisor. Globalizado y medio satisfecho con su vida es conveniente mantenerlo en estado de hibernación, no vaya a convertirse en ese “sujeto histórico de cambio” que tanto asusta a globalizados y globalizadores.
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