.       Esta pagina se actualiza de lunes a viernes, salvo imprevistos y festivos
La ciudad tranquila
 Novedades
- Sarduy y el neobarroco
- El robo del siglo
- Cuerpo, lenguaje y el neobarroco
- Reflejos de un ojo dorado
- Será tan de mañana
- Periodismo literario y crítica literaria
- La reina opina, el gobierno asiente
- Las criptas de la crítica
- El primer turista sexual : Ulises
- La depresión en “Madame Bovary”
- Misterios medievales
- De "Madame Bovary" a "La orgia perpetua" (fragmento)
- Lo trágico en Georges Bataille
- Georges Bataille
- Otros poemas de Jorge Teillier
- Un poeta de la tierra de nunca jamás
- Mira la mar, de Olga País
- Algunos poemas de Juana Bignozzi
- La ley tu ley de Juana Bignozzi
- Fragmento de “La insoportable levedad del ser”


Inicio » Aljuma (2005 )

  Versión Imprimible

» La ciudad tranquila
ALJUMA

La ciudad tranquila

Carlos Rivera

25/05/2005




Es un contrasentido hablar esta semana de la "ciudad tranquila", en plena bulla del Arenal en feria. Es un contrasentido y una necesidad para quienes vivimos adosados a ese placer de la lentitud como modo de entender la existencia. Aquella Córdoba de la que aprendí la calma, una ciudad ceñida en el entorno y en el intorno, aun subsiste en mi memoria y su discreto encanto puede hallarse ya sólo a ciertas horas de paseante solitario por las viejas plazuelas, las callejuelas íntimas, cuestión de voluntad o de insomnio, lejos del mundanal ruido del día. En una sociedad que rinde culto a la velocidad y a la prisa todavía puede ser un impagable placer pasear por Córdoba, pero sólo cuando Córdoba duerme. Ya es casi imposible substraerse a lo que un médico americano, Larry Dossey, ha denominado "enfermedad del tiempo". Una extraña enfermedad que produce agobio del ánimo, gente estresada, angustiada, que siente como la vida se le va de de las manos sin apenas haberla degustado. Una enfermedad cuantificable en la economía de los países capitalistas: se dan cifras de pérdidas millonarias a causa del absentismo producido por el estrés, la primera causa de baja laboral en los países desarrollados.
A finales de los años 80 se creó un movimiento de reacción a la velocidad y a la prisa. Se llamaba el movimiento "Slow" que vertido del anglo es "despacio". Hubo un libro en defensa de este movimiento, se titulaba Elogio de la lentitud , del periodista canadiense Carl Honoré. Se pretendía recuperar el equilibrio, hacer las cosas más humanas y menos frenéticas. Una filosofía que yo he venido cultivando a mi manera durante gran parte de mi vida: disfrutar a paso lento de la corta existencia que tenemos los humanos. Corté por lo sano negándome a obtener el permiso de conducir, lo que me produjo, durante mi vida laboral, bastantes inconvenientes. He vivido a contracorriente, es obvio. De lo que no me arrepiento.
Hoy se les llama triunfadoras a aquellas personas que trabajan todo el día con la agenda repleta, con el móvil como arma de sonámbulo. Porque sonámbulos parecen aunque ellos consideran que están más despiertos que nadie, sintiendo rabia e impotencia si tienen que aguardar media hora en una cola. La espera, dicen, es un tiempo tirado a la basura. Y por eso han substituído el nombre de la palabra "rapidez" por el competitivo de "eficacia". El virus de la velocidad compaginado con esa otra enfermedad del tiempo que vivimos, que es la aceleración histórica, han contribuído a crear masas de agitados solitarios que, incapaces de detener el tiempo, intentan multiplicarlo.
Recuerdo aquella Córdoba de la que habla Carlos Castilla en la Casa del Olivo , una ciudad tranquila, sin esa acumulación de decibelios que nos ha convertido en una de las ciudades más ruidosas de Europa. Aunque éramos más jóvenes la vida era una disposición de tiempo para leer y pasear, para ir a los viejos cines en los que ponían películas acordes con el entorno de la época, películas para sentir la vida y no la angustia de la violencia, el sexo rápido, la comida rápida, el autismo de los que ves por las calles colgados del móvil o del MP3. Ahora hasta los pueblos están contaminados del virus de la prisa, de la velocidad de crucero existencial. Incluso esa plausible experiencia de leer en el autobús que se pretende cultivar, será un fracaso. He tomado los autobuses urbanos para comprobarlo: casi nadie le pide al conductor un relato para leer en el trayecto. Tal vez lo consideran una pérdida de tiempo. El placer de la lectura y del modo de la lentitud probablemente ya no son atractivos ni para los jubilados.
Aquella experiencia del movimiento "Slow" trataba en su manifiesto de reducir el ruido y el tráfico de automóviles, de aumentar las zonas verdes y peatonales en las ciudades, de preservar la estética ciudadana y fomentar la buena vecindad. "Luchamos por el derecho a establecer nuestros propios tiempos", decían. Se trataba de reinventar la ciudad, de aumentar la calidad de vida de sus habitantes, de considerar que el derecho a divertirse de los jóvenes no debería estar reñido con el derecho a descansar del resto de los ciudadanos. Una utopía social como la de "Slow" creo que sólo puede ser lograda a nivel personal.
Salvando todos los inconvenientes de la aceleración histórica que nos esclaviza, confieso que es posible. Cuestión de proponérselo.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

Envía este artículo a un amigo CLICK AQUÍ

 
Córdoba
Ciudad europea de la cultura 2016
"El saber SI ocupa lugar"
Copyright 2004 ElPelaO.com


Estadisticas web // -->
Estadisticas de visitas
 

Respuesta2.0.1