CEMENTERIO MARINO
CARLOS RIVERA
Píndaro, “Píticas III”, escribe : “Alma mía, no aspires a la vida inmortal – pero agota el campo de lo posible”. Estos versos sirven de introducción a uno de los más hermosos libros de poesía de todos los tiempos : “El cementerio marino”, de Paul Valery. Varados sobre la playa de Tarifa trece cuerpos muertos de subsaharianos querían agotar ese campo de lo posible de la vida. Miles de cuerpos como esos reposan en el inmenso cementerio marino del Estrecho de Gibraltar. Cercanos a la posibilidad de la vida, al norte de sus desesperanzas, agotaron la última en naufragios anónimos, cuerpos anónimos que en las profundidades abisales son devorados por los peces. “Agua siempre encrespada, ojo que ocultas con un velo de llama tanto sueño”, ecribe Valery. Bajo los dientes de la espuma, más cadáveres de la civilización, vidas soñantes con la remota posibilidad de alcanzar la otra orilla, muertos de la pobreza extrema. Es el verano, la estación de los cuerpos y el alma se serena como en los versos de Fray Luís. Quema la arena con el incipiente terral que llega a Mainake moderado en su fuego o con el levante que penetra hasta en las mismas cuevas del alma por las costas de Cádiz. Costas atlánticas. Costas mediterráneas llenas de cuerpos satisfechos que echan humo. Diversos y tendidos en la arena, no como los trece cuerpos de Tarifa, no como los miles de cuerpos que alcanzaron la paz de lo imposible en el cementerio marino. Vistos desde la abstracción de ese nirvana azul que te acaricia la brisa de Mainake todos son cuerpos inocentes. Unos buscan la posibilidad desestresante de seducirse en el vacío. Como yo, con un libro en las manos y la mirada ausente. Otros buscaban la playa de la vida, tenían hambre y sed y en la otra orilla de la mar el gran escaparate como un canto sirénido. Su Itaca estaba cerca. Habían dejado atrás, igual que Ulises, Penélopes de todos los pelajes, madres e hijos, viejos y pueblos arruinados hilando la esperanza del regreso. Eran cuerpos muy jóvenes los trece de Tarifa, como lo eran los otros habitantes del cementerio marino. Eran también diversos, sólo homogéneos en la desesperación y en el tributo rendido al vasto mar que se tragó sus desaires. El mismo día o el siguiente, es lo de menos, sale otra encuesta del Centro de Intoxicaciones Sociológicas : el sesenta por ciento de los españoles identifican inmigración y delicuencia. Lógico. Formulada la pregunta al encuestado con sibilina maldad, la repuesta no podía ser otra. De una dialéctica xenófoba y racista brota el odio latente a la identidad del extraño, del diferente que nos invade con sus muertos y desaparecidos, aunque esos no cuenten, están sembrados en el rutilante océano donde los cuerpos de encuestados y encuestadores emergen como cuerpos crudos, cuerpos cocidos, cuerpos a la parrilla bajo la protección cremosa. Estamos en vacaciones. Todas las carreteras están están llenas de cuerpos conducidos al vacío, palabra de cuya latinidad proviene la palabra vacaciones. Mira a tu alrededor en la playa dorada, sobre la arena dorada y encontrarás cuerpos increibles, cinturas inverosímiles, caderas inabarcables, desinhibidas barrigas ahitas de grasa y de cerveza. Toda la gama de los cuerpos está aquí, junto al nuestro, un hervidero de humanidad pelándose la piel, crispándonos con la promiscuidad cercana, demasiado cercana, de sus flaquezas y enormidades. Algunos cuerpos leen el periódico, pasan la vista sobre la noticia, otra desgracia del verano : trece cuerpos ahogados en Tarifa, cincuenta muertos en la operación salida, la lógica perversa del estío. Los publicistas y diseñadores de folletos turísticos muestran playas desiertas, anuncian fastuosos automóviles en carreteras absolutamente vacías. Saben que al alma humana le seduce el vacío aunque luego sea incapaz de evitar sobre la arena, sobre el asfalto, la cercanía de otros cuerpos que ponen la sombrilla junto al suyo o embutidos en sus automóviles no guardan la distancia de seguridad. Cuerpos y cuerpos hacinados del verano. O alcanzando la paz de los muertos anónimos en el cementerio marino.
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