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ALJUMA
Creer o no creer
Carlos Rivera
11/05/2005
Las iglesias, o más bien las religiones, no es que hayan sido nunca muy sensibles a los cambios científicos inherentes al desarrollo humano. Aun no siendo de la incumbencia de su misión espiritual tampoco deberían generar su rechazo. La no admisión de la realidad cambiante ha dado lugar a que las iglesias y religiones hayan generado controversias a lo largo de todos los tiempos. Reacias e inamovibles en sus dogmas de fe, ha sido la propia realidad de un mundo cambiante la que las ha impelido, dada la fuerza de los argumentos científicos, a considerar a lo largo de los siglos la admisión de nuevos hallazgos que en otros tiempos eran tomados como obra del demonio. En lo referente a la vida o al alma humanas los dogmas eclesiásticos siguen siendo intocables, sus posiciones firmes, especialmente en dos conceptos tan sensibles como la contracepción y el aborto. En estos, como en otros temas, las iglesias van por un sendero ciego y la Ciencia y los hombres por otros que se bifurcan en más racionales caminos. Contracepción y aborto siempre han formado parte, para ciertas religiones, de la llamada "cultura de la muerte". En lo que concierne a la Iglesia católica Juan Pablo II se reafirmó en la postura mantenida por Pablo VI con relación a la contracepción, aunque matizando: dejó de considerarla "intrínsecamente perversa" para definir la procreación como "el fruto de un pacto entre un hombre y una mujer unidos en matrimonio". Un matiz que ni siquiera la aparición de la enfermedad del sida ha conseguido modificar. Juan Pablo II reconoció la gravedad de la aparición del sida pero condenó los métodos de prevención del embarazo, como el uso de preservativos, para mantener a raya la nueva enfermedad. Sin embargo, dentro del anterior pontificado aparecieron moderados criterios como el del cardenal Carlo María Martini al considerar el criterio sobre la contracepción como una "regla" y no como una doctrina inamovible. Aun siendo una opinión particular del cardenal hoy retirado en Jerusalén, no deja de ser significativa. La pregunta crucial es si la Iglesia católica podría modificar algunas de sus intransigentes posiciones en el futuro y alterar su punto de vista en relación al momento en el que un óvulo fertilizado se convierte en ser humano. Los últimos descubrimientos en la ciencia de la embriología parecen contravenir los inamovibles principios doctrinarios. Me he documentado a este respecto en un reciente artículo publicado en el diario The Guardian , leído en internet. Según los nuevos estudios científicos, lo que llamamos "alma humana" parece ser que se origina a los dos meses de la concepción, siguiendo los comportamientos neuronales de la actividad cerebral. Dice la autora del artículo, Brenda Maddox, que en tal caso "determinados procedimientos como la píldora del día siguiente, la práctica del aborto o la investigación con células embrionarias podrían llevarse a cabo sin la necesidad de entrar en un debate de índole moral". No habrá lugar, dadas las posiciones de la Iglesia, en la que todavía hay quien considera de recibo las tesis de Tomás de Aquino, quien, siguiendo a Aristóteles, sostiene que el feto de un varón solamente se convertía en ser animado al cabo de cuarenta días, mientras que en el caso de la mujer el proceso era más lento y necesitaban noventa días para estar dotadas de alma. Como verán se puede ser creyente a pies juntillas y no dar crédito a semejante estupidez discriminatoria y machista en estos tiempos, por muy oscuros que sigan siendo en tales cuestiones como las de la teología indemostrable. No sé lo que pensarán al respecto los miembros de la ilustre Academia Pontificia de las Ciencias entre los que se encuentran cerebros tan reputados como el físico Sthepen Hawkins, el neurólogo Oliver Sacks y el astrónomo Martin Rees, todos ellos de diversas creencias cristianas. A mí lo que me parece, en el plano de la realidad, es que en estas como en otras cuestiones no empíricas seguimos interminables y estériles procesos de discusión bizantina que no interesan, en absoluto, ni a los creyentes ni a los no creyentes. Una especie de ciego destino sigue situándonos en tierra de nadie, entre los procesos de la ciencia y el inmovilismo de las religiones. Y es tan corta la vida que, aun haciendo grandes esfuerzos de racionalidad, cuesta menos trabajo creérselo que averiguarlo, como dice mi mujer.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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