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ARGENTINOS

CARLOS RIVERA

“Rota, fané, descangayada” como la letra del tango : la Argentina, país para psiquiatras, de renombrada cantera de esos profesionales del diván, tan respetados y reputados en Europa. Europa : he aquí el problema. La identidad del argentino es un delicado laberinto. Oliverio Girondo, uno de sus más lúcidos poetas, escribe en la “Másvida” : “yo no tengo una personalidad : soy un cocktel, un conglomerado”. Pese a haberse inventado una épica, la de Martín Fierro, a modo y manera de nuestro Mío Cid o la Canción de Rolando, el argentino es “esa cosa que nadie puede definir” en el análisis de Borges y de Macedonio Fernández : ser Alonso Quijano y no llegar a Don Quijote ; convertirse en peatón del mundo sin salir de su biblioteca particular ; ser ciudadano de Roma, de París, de Madrid o de Ginebra con la eterna nostalgia del “Adiós, pampa mía”. Conociendo sus más ilustres incertidumbres metafísicas se llega al corazón de un argentino. Desde que los transbordadores de la pobreza europea de finales del siglo XIX y principios del siglo XX hicieron el segundo viaje de ida de “gallegos”, italianos y alemanes, ser argentino es esa imprecisión biográfica del cocktel de Girondo. Nadie se ajusta más a la ficción del anverso y del reverso de un sueño, dos nostalgias de transterrados. Esa dual identidad genera, como escribió Girondo, “una preñez de posibilidades que nunca llegan a realizarse”. Por eso se suele decir que un ciudadano argentino, esté donde esté, siempre parece estar añorando un deseo no cumplido.
La literatura argentina, en su breve historia, es un reflejo de esa doble personalidad del ciudadano. Desde sus mismos orígenes. El “Martín Fierro” fue escrito con la pretensión de un poema homérico y aunque abunda en temas de la vida pastoril del gaucho, lo de menos es el color local del poema de Hernández sino su continuidad con la tradición cultural europea al abordar temas no vernáculos sino profúndamente filosóficos como el tiempo, el espacio, el mar o la noche. No es un libro particularmente argentino. Como no lo es otro libro que los argentinos consideran tan canónico como el “Martín Fierro”, el libro de sonetos de Enrique Banchs titulado “La urna”. Tan convencionalmente europeo como la obra de Ricardo Guiraldes, “Don Segundo Sombra”, plagada de metáforas de los poetas franceses.
El propio Borges siempre se consideró un escritor europeo, como lo fue Cortázar. El doble juego del estar y el ser en la literatura como en la vida ha convertido a la Argentina en una paranoia histórica. Hasta el tango, su música carnal, es de origen francés. La seducción que siente un argentino por Europa es la de su cultura, sus costumbres, su racionalidad. Por eso, en cierto modo, el argentino es un existencialista. Lo lleva en la cronología y en la sangre y tiene un gran sentido del tiempo, inexplicable en un país tan nuevo y tan extenso, algo que no sucede, por ejemplo, con el ciudadano norteamericano, sin sentido del tiempo y de la tradición.
¿ Cómo se explica, por lo tanto, con estos parámetros deterministas, la situación argentina?. En un país que fuera la despensa del mundo lo que hoy ocurre no tiene otra explicación que la corrupción política. Un diputado argentino, por ejemplo, gana casi nueve veces más que un diputado europeo. Los procedimientos populistas de la Argentina han sido siempre experimentos irreales. De las farras felices de la prosperidad, con la paridad entre peso y dólar, al ¡ adiós, muchachos ¡ de la devaluación, la fuga de capitales, el paso de factura del haber vivido por encima de las posibilidades reales. Todo ello ha devenido en el tango del fracaso de la corrupta política argentina que lleva decenios vendiendo a las multinacionales la riqueza del país.
Borges, al hablar de los gauchos, dice : “vivieron su destino como un sueño sin saber quienes eran o qué eran” .La tesis de peronistas y radicales de achicar el Estado en beneficio propio ha convertido a una nación próspera en una nación sin base, vendida al mejor postor. Una nación con bandera de remate. Hoy, de nuevo, lloro por tí, Argentina.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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