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ALTA VELOCIDAD


CARLOS RIVERA


Se han cumplido diez años de la aparición del tren de alta velocidad que revolucionó nuestras comunicaciones. Tan simbólico aniversario ha pasado desapercibido. Ni siquiera la RENFE ha creído oportuno conmemorar tal efemérides por algún motivo tan sospechoso como posiblemente ligado a la causa de la obediencia debida de sus actuales dirigentes. No es políticamente rentable recordar el denostado en su día episodio de la alta velocidad, que fue posible como coartada de la denostada Expo de Sevilla y cuando la no menos denostada Olimpiada de Barcelona. No es nada nuevo : en este país hay memoria o no hay memoria histórica según de quien provengan la ejecutoria y la naturaleza política de los ejecutores.
Fuí testigo y sufridor vecino de las obras de la línea del AVE, dado que vivo enfrente de donde el celéreo tren se sumerge como un guadiana para atravesar la ciudad. Disfruto del florecido Paseo de Córdoba a donde suelo ir casi todas las tardes o noches, según las estaciones, a darle movimiento a mis piernas de sedentario. He sido usuario del AVE en inumerables ocasiones y cada vez que lo utilizo hago memoria de aquellos tiempos en los que su proyecto y realización originaron controversias políticas entre los partidos y ciudadanos de Córdoba. Una década después, pelillos a la mar, nadie discute la oportunidad del AVE ni habla de “despilfarro faraónico” como entonces se hizo.
La verdad es que eran otros tiempos. Gobernaban los anatematizados socialistas y cada mañana salía uno a la calle con la sensación de convertirse en pieza de caza si profesaba tal ideología. Por obra y desgracia de algunos ilustres comunicadores, que hoy están sospechosamente enmudecidos, todo el país era un estado de crispación. El motivo del AVE como arma política y moral era utilizado en bares, tertulias y cenáculos políticos tanto como las vacaciones de “Trajano” González en su “ finca particular “ de Doñana, el yate Azor o el memorable avión con el que “Calígula” Guerra se saltó una cola indebida a su rango. Nadie discute hoy, porque no debe discutirse, que el actual presidente del gobierno de España utilice el territorio de Doñana, patrimonio del Estado. Está en su derecho. Nadie ha puesto en tela de juicio los mismos o parecidos episodios que han vuelto a repetirse, para no andar con cotilleos superficiales. Y, sobre todo, nadie discute el AVE, que ha resultado ser un vehículo de modernización y progreso. Hasta Valladolid, ciudad natal del presidente, va a disfrutar de ese privilegio, mientras el AVE Córdoba-Málaga, misteriosamente, ha sido excluido de los fondos de cohesión de la CE.
Ha pasado una década, y aunque a nadie se le haya ocurrido conmemorarlo, el tren de alta velocidad ha resultado ser no sólo un instrumento de cambio social sino un negocio altamente rentable y del que todos nos sentimos orgullosos. Incluso aquellos que estuvieron en las “trincheras” contra el AVE, hoy son sus más acérrimos y utilitarios defensores. Lo que me llama la atención no es que haya habido o no haya habido voluntad conmemorativa sino que la “alta velocidad” de la mentira y de la injuria de aquellos años estén en vía muerta. Por eso es conveniente reavivar la memoria de los olvidadizos y hacer comparaciones, por odiosas que puedan resultar. Lo que hoy parece natural e indiscutible hace diez años no lo era. A mí no me parece condenable, por ejemplo, que la hija del actual presidente del gobierno haya elegido el Monasterio de El Escorial para celebrar su boda. Hace diez años los ilustres del viejo sindicato crispador hubieran utilizado una ocasión semejante para envenenar las conciencias. Todo depende de la naturaleza política con la que se juzgan los actos, del color del cristal con que se mira y de la inocencia o perversidad de la mirada.
Vivimos a la altísima velocidad de los efectos y las causas, los motivos y las excusas y al “buen callar llaman Sancho” con Don Quijote en el exilio ético. Hace diez años las lenguas viperinas circulaban, moralmente, por la más estrecha vía a la altísima velocidad del AVE. Y sin paradas en el trayecto.
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Carlos Rivera » Artículos de opinión (1998-2003) » Respuesta

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