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ALJUMA

La magia de las palabras

Carlos Rivera

27/04/2005

De mis deliciosas lecturas de Alvaro Cunqueiro (un perfecto desconocido hoy, como Azorín o Gabriel Miró), me dejó huella indeleble el libro “Flores del año mil y pico de ave” . Título bellísimo. Y es que el gallego, antes que periodista y fabulador de maravillas naturales y sobrenaturales, era un poeta singular que podía apreciar, por ejemplo, "las mañanas del tiempo de la calandria" en las que parecía que todos los ojos del mundo, los de los hombres, los animales y las cosas, eran de un azul tan transparente que, a través de ellos, podía contemplarse la esencia divina. Cosas de Cunqueiro que serán recordadas como la precisión de relojero de Azorín aplicada al idioma o el aroma no grávido que dejaba la palabra de Miró al ser aspirada por los pulmones espirituales de la emoción de un lector propicio. Ya no hay gente que escriba como ellos, a la vieja magia de las palabras se le ha pasado el arroz y hasta los poetas, o una mayoría de los que conozco, abandonados por la música, están buscando, como Ungaretti, un país donde arraigar las nuevas formas que sólo son paredes desnudas, sin la decoración de los paisajes del alma tan precisos para que cobre vida propia el soplo del poema. La magia de las palabras se ha convertido en una arista dura, en una gramática para ciegos y tullidos del idioma. ¿Quién se atrevería a escribir hoy versos como estos de LúHermite: "Déjame beber en el cuenco de tus manos/ si es verdad que el agua disuelve la nieve"? En un libro que me acaba de enviar un poeta de por ahí, a quien no tengo el gusto de conocer, leo, por ejemplo, este parecido: "El ´caballo´ que me diste con tus dedos febriles/ ha caído en las aguas del río Amstel". Y cosas por el estilo.
Viendo una noche cierto reportaje en el Canal de Historia , hablaron de los Grimaldi, la última dinastía de opereta que queda en Europa, célebre en las crónicas rosas por su Carolina decadente, su Estefanía vulgar y su príncipe que no es carne ni pescado o "ni chicha ni limoná" (como decimos por aquí abajo), pero, sobre todo, célebre por el "glamour" de su viejo fantasma reinante y caduco, el príncipe Rainiero, que acaba de extinguirse. Nada que ver con los Grimaldi de antaño y con los que los cronistas que utilizaban la magia de las palabras hacían delicados primores al decir que algunos de ellos tuvieron amores con sirenas de la mar ligur o al contar como una de sus princesas, despeinada por el viento mistral en el país de Provenza, fue arrebatada por el paladín Roldán que había tomado la forma de un mirlo blanco. Bellas mentiras que embebían al lector y lo sumían en un misterio placentero por el embrujo de las palabras.
Esos códigos mágicos ya no los utilizan ni los poetas más sensibles. Hasta la imaginación ha desaparecido de la literatura, de la que se dice que nació, precisamente, de una gran mentira, la del cuento primordial de Pedro y el lobo al que sólo los genios como Prokofiev consiguieron recuperar por los caminos que conducen a la música hasta transformarlo en el lirismo de un encantamiento. Ni siquiera en los imaginativos pueblos del Norte, tan propicios a las leyendas, se considera hoy adecuado templar esas gaitas memorables que hablaban de poderosos alazanes engendrados por el viento en las yeguas que eran hijas de los volcanes de Islandia. La imaginación, ni está en el poder político ni en el de los escritores que, en otros tiempos, eran los herederos de las sagas populares a las que convertían, por la magia de las palabras, en legado para que el mundo conservara sus sueños, que aunque sueños fueran hacían más llevadera la siempre cruda realidad de la vida.
Es por eso que me gusta volver, de vez en cuando, a los escritores mágicos, aquellos que hicieron del idioma una música como Cunqueiro o Gabriel Miró, o aquellos otros que como Azorín, de manera sencilla y con preciso concepto, te llevarán a conocer la venta inexistente donde nuestro Quijote alimentó sus sueños de amor por Aldonza Lorenzo , la dulce Dulcinea del Toboso . O recordar aquellas crónicas periodísticas de mi iluminada niñez ansiosa de bellas palabras, cuando leía a los corresponsales como Manuel Halcón, Fernández Florez y Julio Camba que te hablaban de las fuentes de Roma, de las sibilas del Vaticano, de los fantasmas del Louvre y de la misteriosa niebla de Londres en la que acontencían prodigios singulares.
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Carlos Rivera » Aljuma (2005 ) » Respuesta

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