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ALJUMA
Hijos de Nemo
Carlos Rivera
06/04/2005
La fascinante figura del capitán Nemo envuelta en el misterio de la música fue uno de los mitos de nuestra adolescencia. Nunca volví a leer las "Veinte mil leguas de viaje submarino" de Julio Verne, de cuya fecha de caducidad se han cumplido cien años. Nunca volví a leer ni ese ni los otros libros del escritor francés. Tanto excitaron nuestra imaginación que se quedaron indeleblemente grabados como paisajes de nuestra historia personal. Bajo el granado tantas veces evocado por mí, en el huerto tantas veces evocado por mí, en los veranos de nuestra dicha clara de los catorce o quince años, leímos esos libros. Ya no existen ni el granado ni el huerto frente al pequeño cementerio de La Coronada, pero cada vez que paso por allí, cuando viajo desde Córdoba, tengo presente ese tiempo, esos libros, esos autores de nuestra experiencia adolescente: Verne, Zane Grey, Twain, Salgari. Estaba a punto de comenzar para nosotros la gran aventura de la vida. Eramos como islas con volcanes azules y tigres de Malasia y fantasías seminales con muchachas desnudas bailando bajo la luna de los trópicos, bañándose en las aguas transparentes del océano primordial en cuyos abismos un apátrida, el capitán Nemo , el capitán Nadie , tenía una lujosa residencia con toda clase de artilugios fantásticos y la música. Una sonata de Beethoven que en aquellos abismos cristalinos sonaba como una ascensión a los cielos. La música. Una sinfonía de Mahler estableciendo en las corrientes marinas la circulación de las estrellas. Verne, como los mitos griegos, elevó las miradas de nuestras conciencias adolescentes al alto reino de las espumas libres. Y como intrépidos capitanes nos lanzamos a conquistar la mar, el cielo, buscando el centro de la vida, el centro de la tierra, bajando en batiscafos, subiendo en aviones solares, navegando entre las Escila y Caribdis de sueños excitantes por todos los misterios de la creación. Inmóviles viajeros bajo la sombra de un granado, en el sopor de la siesta, recorrimos letra a letra los mapas y dibujamos atlas con colonias de casas submarinas e islas en las que fuimos celestes robinsones. Y es así como a la deriva de nuestra imaginación le brotaron tantas alas como días que nos quedaban por vivir, aunque luego la vida fuera perdiendo sus encantos y sumergiéndonos en la realidad nada imaginativa de ser lo que éramos: simples mortales a los que la lectura nos había permitido por unos años convertirnos en caballeros andantes, como nuestro Quijote , en "sandokanes" heroicos, en alucinadas criaturas literarias, en inquietantes hijos de Nemo, aquel ser atormentado y ultrasensible, misántropo y apartado del mundo, que aplicaba impunemente la Ley del Talión en su supuesta lucha por los oprimidos. Como su lema, que es el del escudo de Escocia: "Nemo me laccesit impune" ("nadie me ataca impunemente"). Nunca sabremos la verdadera identidad de aquella criatura de Julio Verne. Por su nombre, pudiera haber sido escocés. Al fin y al cabo Escocia es la tierra europea de todos los misterios. Y Nemo, sobre todas las apreciaciones, es un misterio, es el Misterio. Y eso es lo que hemos heredado del capitán del "Nautilus". Rimbaud escribió "Le bateau ivre" inspirándose en la lujosa residencia de Nemo. Otros muchos autores siguieron el rastro del creador de "La isla misteriosa" . El cine, con sus efectos especiales, fue extendiendo la imaginaria estela de Julio Verne por los territorios de la adolescencia de todas las generaciones que en el mundo han sido en un periodo de cien años. Nada. Un granito de arena en los engranajes del infinito círculo del tiempo. Es por ello que cuando regresamos a nuestra biblioteca y tocamos los lomos de los libros de Verne nos pasa lo que nos pasa: regresamos a la clara memoria del huerto y del granado, a los días en los que la lectura nos permitió soñar. Hoy leemos a Verne como un misterio degradado. La vida pasa factura. Y a nuestros desencantos particulares unimos los que hemos ido descubriendo después: por circunstancias políticas Verne fue retocando los manuscritos originales de sus libros. Nemo pasó de ser un caballero polaco a un capitán antiesclavista, según pintaran las tornas de la época. Verne, eso sí, nunca permitió que Nemo fuera un capitán negrero. Contra el criterio de sus editores, nos lo legó como ese apátrida de los abismos submarinos. Nemo. Nadie.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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