ALJUMA
Como perros y gatos
Carlos Rivera
30/03/2005
Nunca me pareció conveniente tener animales de compañía en la ciudad, y eso que en mi infancia de aldea fueron tantos con los que disfruté que incluso alguno de ellos se me ha quedado para siempre en el alma, como Linda , una perrita moteada que saltaba gozosa a mi cartera de escolar cuando volvía a casa. A Linda , mi recuerdo entrañable, la mató una sanguijuela de la fuente más clara de mi memoria, la de la "Santanilla" de mi aldea de La Coronada, fuente de donde nace el río Guadiato que da nombre a toda una comarca, a todo un valle. Y si a Linda la mató una sanguijuela, a mi segunda perra Muna , adoptada al nacer, la fue destruyendo lentamente una extraña enfermedad intestinal. En mi casa de Córdoba no hubo más perros, hasta que mi hijo trajo un día a Heavy de la perrera municipal. Mi hijo ya no vive conmigo y Heavy , un perro inquieto y listo, es el que me acompaña en mi solitarias andanzas vespertinas por el Paseo de Córdoba y el que me impide que pueda disponer de la libertad necesaria para viajar. Vive con nosotros y aunque ella suele sentirse indignada por el pelo que suelta, sé que le profesa ese amor involuntario que unos animales tan leales, los perros, suelen merecerse. Y sé que ella lo echará de menos el día que no esté. Nada extraño: en el año 92 antes de Cristo un magistrado romano lloró por la muerte de una lamprea, extraño animal de compañía, por cierto, como no sea en la compañía del estómago. Según relata el historiador Macrobio el magistrado romano sintió la muerte de su pez "no sólo como si se hubiera quedado sin cena sino como si se hubiera quedado sin hija". Yo sé que hay gente que tacharía un comportamiento como el del magistrado de ridículo y pueril. También sé que hay gente que lo entendería. En los hogares españoles viven unos veinticinco millones de animales de compañía, entre perros, gatos, pájaros y otras especies, con los que sus dueños mantienen una intensa relación afectiva. Hay psicólogos que dicen que en nuestra autista cultura urbana tener cerca un animal es la mejor terapia contra la soledad y el estrés cotidianos. De ahí que los animales de compañía se hayan hecho tan familiares que, en algunas fotos, ocupa el lugar preeminente un perro feliz o un gato ronroneante, cuyo maullido, por cierto, se ha dicho que es como un masaje al corazón, aunque tampoco hay que pasarse. Y es que hay algo ciertamente profundo e íntimo en la relación del hombre con la naturaleza, con los animales y con la tierra que compartimos. Un profesor de Biología de Harvard ha definido esta relación con el nombre de "biofilia", que tiene numerosos antecedentes históricos. En la antiquísima cultura egipcia, según afirmaba Plutarco, la muerte de una mascota familiar "producía una gran conmoción". Un viejo patriarca indio de la tribu de los "duwamish", el jefe Seatle, dijo en 1855 que si desapareciesen los animales muchas personas morirían de soledad, "y que todo lo que le sucede al animal le sucede al hombre". Algunos médicos se atreven a decir que los animales son fuente de salud por los beneficios psíquicos y físicos que comportan su cuidado. Hay psicólogos que alaban sus virtudes sociales, el valor de los animales de compañía como "lubricante social". Y, sin embargo, cada vez que se acercan las fechas de las vacaciones, unos cien mil animales de compañía, sobre todo perros, quedan abandonados sin ningún problema de conciencia. Hace unos viernes tuve que postponer un viaje a Málaga. No pude irme hasta el lunes, cuando mi hijo se hizo cargo del perro que me dejó en herencia. No lo lamento. Hay tardes en las que me siento como Heavy , cuyos ladridos, cuando salimos de casa, son una exaltación del gozo de vivir. En su mirada, cuando lo dejamos solo, jamás hay un reproche. La empatía que despierta en uno te hace entender lo que nunca harían ellos: odiar a sus amos. Cierto es que ha habido un cambio de actitud en los últimos años en la consideración y respeto hacia los animales de compañía. Como cierto es que algunos valen más que las personas que supuestamente los cuidan. Aunque no sé si conocen la lógica de esta posible figuración: si un extraterrestre aterrizara algún día en el parque de una ciudad, se dirigiría, primero, al perro y no a aquel otro animal que le sigue atado recogiendo sus excrementos y atendiendo a sus más mínimos caprichos.
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