ALJUMA
La estatua que llevan dentro
Carlos Rivera
23/03/2005
¿Por qué les ha dolido tanto que hayan retirado la estatua ecuestre de Franco?. En verdad, no sé si servirá el simbólico descabalgamiento si sigue pesándonos el cabalgamiento moral. A ciertos políticos les duele porque es parte de los buenos recuerdos de familia. Hay que entenderlo. A otros nos duele que estuviera allí todavía, cabalgando después de muerto, con su gesto triunfante como un acto de violencia moral en el paisaje urbano de Madrid y Santander. A mí, que me criaron en un paisaje político de derechas, me pesa menos el símbolo que la retrospectiva. No se trata de modificar la Historia, como dicen algunos. Se trata de que hemos modificado el pensamiento, excepto el de quienes, sin apenas haber conocido a Franco, lo sienten de los suyos. Palabras como "democracia" no pueden cambiarles el sustrato moral de las ideas. En cambio hay otras palabras, como dictadura, que sí cambiaron las nuestras. ¿Y qué decir de la palabra Franco?. Es un poso de nuestro subconsciente, la referencia gris de un tiempo que parece que no hubiera acontecido. Como escribí en un texto publicado en mi libro "Paisajes de papel", "Franco era la frontera, glacial como la de un lejano país del norte, nuestro norte era eso, un muro contra el que flamear en vano la bandera de nuestras ilusiones; un malecón contra el que se estrellaban inutilmente las olas de nuestros sueños". Ya está lejano el tiempo en el que quisimos derribar no ésa ni otras estatuas sino nuestro propio muro. Mucho duró la "larga noche de piedra", título de un libro de un poeta represaliado, Celso Emilio Ferreiro, gallego, paisano de aquel que nos sumió en una lejana, larga noche. Y aún tenemos, cuando comenzamos a ser viejos, una sensación de pesantez histórica, plomo en las alas de cuando tuvimos alas veraderas. Nacimos en el siglo de una sombra, hemos estado rotos o dormidos, amarrados a ella, parece que fue ayer, que fue mañana, nunca que fue presente. El presente era eso: nuestro epílogo, Franco, su duración eterna. Lloramos todavía por nuestro propio epílogo, por haber llegado tarde a tantas cosas. Y eso es lo que nunca le vamos a perdonar: el lastre que nos quedó en el alma, ese peso invisible que aún soportamos sobre nuestra conciencia y que conforma todavía la insoportable levedad de nuestro ser, como en el título de la novela de Mílan Kúndera, que no la insoportable levedad del tiempo, ese tiempo pajizo que vivimos y en el que se fue malgastando parte de lo mejor de nuestras vidas. La dictadura de sables y casullas que había pronosticado Manuel Azaña nos alcanzó de lleno en plena juventud, que quedó marcada para siempre, aunque en los añorados años sesenta vinieran a rescatarla de sus cuitas los Beatles, Mafalda, Snoopy y aquel mayo francés tras el que todo quedó como estaba. ¿Que han quitado una estatua de Franco?. ¿Y a quién le duele?. Apenas quedan supervivientes, nuestros padres casi todos han muerto y los pocos que quedan ya están desplanificados. Pues les duele a muchos de los que añoran aquella dictadura en la escena política, sin apenas haberla conocido. Tal vez sea una predisposición genética, de esas que ni una democracia de trescientos años puede curar. Tal vez sea que la palabra democracia no forme parte del pensamiento moral de algunas, muchas personas. Y es que hay a quien le duele la estatua que lleva dentro porque no puede seguir ponderando y alabando las acciones de lo que aquella estatua ecuestre representaba. Y ya que hablamos de estatuas, hay un modismo que se compone con la palabra, como es el de "quedarse de estatua", como algunos se quedaron hace justamente un año y todavía no han podido asumirlo. Porque si no, no lo entiendo. Aunque soy de los que piensan que eso de los símbolos no hay que tomárselo muy a pecho. Los símbolos no dejan de ser meras apariencias del significado o alegorías como el benigno y salvador signo de la cruz que algunos partidarios del buen Cristo han desmentido en tantas ocasiones con sus inadecuados comportamientos. Y en cuanto a las estatuas, obras de escultura labradas a imitación del natural, según depende, como decía mi madre. Las de los dictadores no es ético exhibirlas en un país democrático. Las cosas no son como las vemos sino como las recordamos, que dijo Valle Inclán. Obviamente, cada cual las recuerda a su manera. Entiendo al señor Rajoy.
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