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ALJUMA
Exorcismo
Carlos Rivera
16/03/2005
No he encontrado mejor simil para definir mi estado de ánimo en el aniversario de la tragedia del 11 de marzo que el título de la novela de Hemingway y parte de la cita de John Donne que la encabeza: "... la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti". El pasado 11 de marzo fue para mí un día de bastante trajín. Tuve tiempo, sin embargo, para escuchar en la radio las palabras de Almudena Grandes diciendo, al respecto, que seguía con la sensación de tener un agujero en el cuerpo. Yo lo sigo teniendo en la conciencia. El mal, que en la Edad Media era abstracto, simbólico, representado por la iconografía de monstruos y diablos, se ha convertido en concreto, cercano, reconocible, con su iconografía de fanatismos de todos los pelajes, desde los poderosos ejércitos americanos que dominan el mundo hasta la imagen de un adolescente palestino capaz de sacrificar su corta vida por la promesa del paraíso de Alá. He podido contemplar, a través de internet, una reciente exposición celebrada en Turín que reunía 180 obras de arte con el título genérico de "El mal". El dolor, la crueldad y el sadismo de la condición humana desde el siglo XV hasta nuestros días estaban representados en esa muestra. Caravaggio, Andy Warhol, Rubens y Munch conviven en esta singular exposición con imágenes de los campos de concentración de Auschwitz y fotografías de rehenes decapitados en Irak por los americanos. Es el arte del mal, cuando todos hemos creído siempre que el arte estaba relacionado con el bien. Siempre tendré presente aquella conmoción que me produjo la célebre escena de la película de Coppola Apocalipsis now con los helicópteros derramando napalm, desolación y muerte sobre los verdes campos de Vietnam con la música de fondo de "La cabalgata de las walkirias". Belleza y muerte, en ocasiones, acaban en extraño maridaje y así las ha representado el arte de todos los tiempos. Podría recordar algunas de las obras que se han expuesto en Turín: la famosa "Medusa" de Rubens; la inquietante figura femenina de un cuadro de Margarita Manzelli titulado "Tra me e me" o "Muchacho mordido por un lagarto" de Caravaggio. Otras tan simbólicas y representativas como "El grito" de Munch no pudieron exponerse en la muestra por el robo del cuadro que creo aún no ha aparecido. Entre las piezas más significativas del pasado siglo XX estaba la "Silla eléctrica" de Warhol con todo su valor condenatorio de la salvaje pena de muerte que siguen aplicando los norteamericanos a sus propios compatriotas. Una de las imágenes que más me impactó en mi visita virtual fue la de los "Niños ahorcados" de Maurizio Cattelan. El artista italiano tuvo la idea de exponer un árbol en una calle de Milán, árbol de cuyas ramas colgaban los maniquíes de tres niños ahorcados. Una gran retrospectiva sobre el mal, en definitiva, que sitúa al espectador ante los terrores de su subconsciente, frente a la tremenda ambigüedad de la naturaleza humana, con su lado oscuro y su lado visible. Ante esa ambigüedad el artista se ve abocado a responder como si realizara un exorcismo, como a mí me ocurrió la mañana del 11 de marzo del 2004, al contemplar las imágenes de la tragedia de Atocha. Mi exorcismo lo traduje en un poema que en el aniversario no me ha apetecido leer, aunque fuera esa mi voluntad, en el foro abierto del Palacio de Orive. Y no me apeteció leerlo porque sigo sintiéndome desajustado y confuso ante esa tragedia a la que los políticos creo que no han dado la respuesta adecuada. Unos, como el PP, por su intransigencia ante la búsqueda de una verdad, su verdad, tan mentirosa como la existencia de las armas de destrucción masiva que nadie encontró. El resto de los partidos de la "Comisión del 11-M" porque, en cierto modo, en sus conclusiones definitivas no han podido evitar que lo que pasó aquel trágico día de marzo siga dividiendo a España. Al cabo de un año seguimos perdidos en otro bosque de un signo inquietante. Sólo que en vez de árboles hemos plantado interrogaciones sobre lo que nos puede deparar el futuro si no conseguimos una respuesta unánime ante el terrorismo. Tal vez le falte a nuestros políticos ejercer un exorcismo, como a los artistas ante el mal. Un exorcismo político y un exorcismo ético.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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