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Veinte años sin Salvador Espriú
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Veinte años sin Espriú


Hoy se cumplen veinte años de la muerte del comprometido autor de “La pell de brau” y “Llibre de Sinera”, Salvador Espriú, eterno candidato al Nobel de Literatura que durante el franquismo fue considerado el poeta nacional de Catalunya.


MANUEL CASTAÑO
MCASTANO@ELPERIODICO.COM

Terminada la guerra, Salvador Espriu (Santa Coloma de Farners, 1913 - Barcelona, 1985) pasó 20 años --"Los más duros y los más amargos de mi vida", dijo-- subiendo y bajando el paseo de Gracia, de la casa Fuster donde vivía, a la notaría en la que trabajaba de pasante. Nada hacía prever, en esta vida gris de oficinista, que las circunstancias lo llevarían a encarnar una cultura prohibida.
Esto empezó con “La pell de brau” (1960), una llamada a cerrar las heridas aún abiertas de la guerra civil española, y siguió con “Llibre de Sinera” (1963), centrado en la situación catalana. La reflexión, más cívica que estrictamente política, de estos libros ejemplificó una ruptura de la poesía catalana con la tradición dominante en la posguerra, presidida por el magisterio de Carles Riba, y sobre todo proyectó a Espriu a la primera línea de la resistencia.
Este protagonismo, obviamente contrario a su talante, lo aceptó por imperativo ético y sin temer sus consecuencias. Firma cuanto manifiesto le presentan, más convencido de la necesidad de cohesionar una oposición al régimen que entusiasta de ninguna alternativa política. Su ficha policial no puede decirlo mejor: "Goza de gran prestigio entre elementos catalanistas. Siempre se ha manifestado como catalanista progresista, atacando al régimen". Y siempre perfeccionista, al ser detenido durante la Caputxinada, riñe al policía que redacta el atestado... por abuso de gerundios.
Contribuyeron a divulgarlo la voz de Raimon, que puso música a los poemas más comprometidos, y el teatro de Ricard Salvat, que entre otras representó, en 1962, la Primera història d'Esther, un ambicioso experimento literario concebido en 1948 como el testamento de la lengua catalana, cuando parecía condenada a la extinción.
Es una paradoja de aquellos tiempos extraños que alcanzara tanta popularidad un escritor de vocación erudita y críptica. También lo es que las circunstancias convirtieran en poeta nacional de Catalunya a alguien que se había iniciado como narrador. Las abundantes lecturas de la infancia y también de la adolescencia, propiciadas por lo delicado de su salud, le despertaron pronto la inteligencia y el ingenio. Su padre, satisfecho ante tanta precocidad, le compró la “Historia universal” de Guillermo Ocken, en 46 volúmenes, lo que sin duda tiene que marcar.
Tenía 15 años, en 1929, cuando publicó, en edición privada, “Israel”, volumen de narraciones de tema mesiánico basadas en el Antiguo Testamento, y donde ya aparece una estructura compositiva inspirada en la Cábala. Esta faceta cabalista de Espriu, al menos como recurso de ordenación conceptual, se puede rastrear en todas sus obras.
Dos años después, entró en la Universidad (Derecho, y Filosofía y Letras), donde fue un estudiante brillante y vital, lejos de la imagen taciturna de la madurez, y publicó la novela “El Dr. Rip” --"¿Fue una aparición? No. Fue una irrupción", evoca Josep Pla--. Luego vendrían “Laia”, “Aspectos”, “Ariadna al laberint grotesc”...
Se dice que él y su amigo, el poeta Bartomeu Rosselló-Pòrcel, se habían propuesto uno renovar la prosa y el otro la poesía. A primera vista parecía un retorno al estilo modernista, que el empuje civilizador del Noucentisme había arrinconado; era mucho más, claro está, y los ingredientes que contiene --la influencia de Ramón María del Valle-Inclán, la dimensión satírica, las referencias míticas...-- lo convirtieron en un narrador de notable originalidad.
La guerra rompió muchas cosas. La muerte de su padre y los consiguientes apuros económicos de la familia lo llevaron a olvidar la intención de convertirse en profesor de Egiptología y a ponerse a trabajar de pasante. Entonces, la poesía se impuso, por la densidad de expresión que conlleva y porque hacía más fácil el burlar la censura: por un lado, el llamado ciclo lírico --de “Cementiri de Sinera” (1946) a “Final del laberint” (1955)--, y por otro, el cajón de sastre satírico de “Les cançons d'Ariadna” (1949).
La lenta y laberíntica recreación de mitos aplicada al mundo que lo rodeaba, combinada después con la intervención cívica, lo convirtieron en un eterno candidato al Nobel; pero, víctima de la ley del péndulo literario, tras su muerte, hace ahora dos décadas, su obra cayó en la indiferencia y parece destinada sólo a los estudiosos. Arrinconado por el país el mito Espriu, queda para siempre el creador de una obra inagotable.
Importante: Se permite la reproducción de los textos siempre que se cite la fuente
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