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ALJUMA
El moco
Carlos Rivera
23/02/2005
Esa manía persecutoria que les ha entrado a los bien pensantes de esta hipócrita sociedad: prohibir, prohibir. El tabaco en todos los lugares habitables, pronto en la calle. El tabaco en el coche. El móvil en el coche, incluso si se tiene un manos libres de esos que sólo sirven para cabrearse con la pareja o con el jefe cuando se está conduciendo. Yo no conduzco. Me llevan. Como me lleva la vida. Después de haber pasado la travesía del inmenso desierto de las prohibiciones (mi adolescencia y juventud con Franco), tengo miedo, me da repelús esa sociomanía: prohibido esto, prohibido lo otro, hasta que me sulfuro y digo para mis adentros: prohibido prohibir. Es así como lentamente, minuto a minuto, nos vamos quedando sin parcelas de la libertad individual. No sé que vamos a hacer con tantos salvadores que quieren librarnos del pecado, del cáncer de pulmón, del accidente de tráfico. Sí, está bien, lo comprendo: el tabaco mata como mata la vida sin tabaco, eso del tráfico es como ir a la guerra y en cuanto a pecar, según nos dijeron de la noción de pecado, estamos pecando continuamente. ¿Y qué? ¿Somos libres o no para vivir o para morir como nos de la real gana siempre que con nuestra corta vida no molestemos a los semejantes? Es cuestión de ser educados. Saber cuando se puede molestar al vecino. Y actuar en consecuencia. ¿A usted le molesta, señor, que fume en su presencia? Porque si le molesta, no lo hago. Eso: ser educados, tener principios, respetar. Si en el respeto se basa el bienestar de la propia conducta para con la conducta ajena. Pero que no nos vengan con más sermones y que se metan sus prohibiciones en tan sabio lugar del que Quevedo elucubró con humorística sapiencia. Porque, a ver: ¿de qué sirve prohibir en un país como este nuestro que es un modelo rabioso de individualismo? Pues para eso, para que queden bien los papás, las autoridades y los médicos y los jefes de tráfico. Basta con educar desde la cunita del bebé. Y si alguien se olvida de este principio básico, la buena educación y el respeto, se le amonesta, se le castiga o se le intenta reeducar. Para eso están las leyes del buen juicio y las normas elementales de convivencia que estamos todos obligados a cumplir: los pecadores, los fumadores y los automovilistas incluidos. Pero otra cosa es que te den la monserga todos los días. Que manipulen. Que mientan. No es de recibo leer en el periódico esta noticia manipulada: "Cada media hora muere en España una persona (no dice un fumador) a causa del cáncer de pulmón". Con tantas medias horas como tiene un año dentro de poco estaríamos exterminados. Hace unos días se aprobó ese código ético del buen gobierno. Hágase otro código ético para los ciudadanos. Todo sea en bien de la convivencia, de la buena salud moral y de la física, del cumplimiento estricto de las normas de tráfico. Pero tanto prohibir nos está alentando al desacato y a la falta de respeto, como me sucedió con unas señoras en la parada del autobús: se me quedan mirando con insolencia al ver que saco un cigarrillo, se alejan unos pasos y comienzan a murmurar. Estábamos en la calle, lugar que se supone libre. Con tanto código social de prohibiciones se nos irá cercenando lentamente la libertad individual. Se crearán reservas de malditos: pecadores, fumadores, infractores de tráfico, adictos al móvil o a internet. Lo de los pecadores, por cierto, tiene más gracia, según palabras del arzobispo Rouco, que dice que en Madrid se peca mucho. ¡Toma, pues claro!: es la ciudad más poblada de España. Hubiera estado bueno que monseñor concretara en qué barrios de la capital se peca más, si en los de los ricos o en los de los trabajadores. Y luego podríamos hacer una estadística de pecadores por autonomía. O por sexos. Ahí estaríamos emparejados en el pecado, porque a eso se refiere exactamente monseñor Rouco: al sexto mandamiento, con el que están tan obcecados. Lo de la prohibición del móvil y del tabaco en el coche, con ser medidas de prudencia, pueden quedarse cortas. Se les ha pasado una prohibición importante: la de hurgarse en la nariz no sólo en los semáforos sino en los atascos, en las autovías y en las calles de las ciudades. Y dado que el moco es bastante listo y no se deja coger, eso produce desconcentración. Por si sirve, le ruego a ZP que tome nota.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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