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ALJUMA
Esencia de feromonas
Carlos Rivera
16/02/2005
El amor es un espejismo que, en ocasiones, dura toda la vida, aunque sea más frecuente que se disuelva en el alma una vez que pasa el encantamiento. El amor no es eterno aunque sí lo sea su necesidad. Cosa de la mocedad, como diría el proverbio, que con el uso, y más con el no uso, se desvaría y suspende su luz por falta de pago del corazón. Sobre el amor hay miles de citas, cuitas, cínicas obviedades como lo definí en un aforismo de cuando yo vivía su gloria: "Virtud que dicen que existe pero que sólo suele practicarse en la cama". O química, pura química del polvo enamorado del que venimos y en el que químicamente nos convertiremos. Simple consecuencia de las feromonas, para aclaración de los que acaban de celebrar san Valentín, santo protector que no protege de las consecuencias del acto envenenador de Cupido . Son éstas, las feromonas, sustancias que emite el cuerpo humano a través del sudor y de los flujos corporales. Me acabo de instruir acerca de su magia: no son perceptibles al olfato sino a una cosa con un nombre rarito, el órgano "vomeronasal", situado cerca del tabique de las napias. El muy ladino, al percibir las feromonas, emite una señal al hipotálamo, receptor de las emociones y del deseo sexual. Cosa tan simple y no nos damos cuenta. Seguro que ni san Valentín lo sabe. No digo yo Cupido, que para eso es un diosecillo avispado, aunque no concrete la mitología si esa flecha que lanza va directamente al corazón o a la nariz. ¿Así que esa es la causa por la que la gente alucina? Química, pura química, lo que creemos la emocionante pausa que detiene el tiempo en un beso. Como Josué detuvo al sol en su curso en medio del cielo de Jericó. Vas al gimnasio y ves salir a esa chica sudorosa que te provoca el instinto animal. ¡Cómo vas tú a saber que has sido etéreamente capturado por el resplandor de unas vulgares feromonas! Y es como yo digo: más viejo que vas siendo y todas tus creencias y tus magias se van por los albañales de la duda. Un día se te caen del corazón las parábolas de la niñez que nutrieron tus huesos y tus ojos como yogures de uva. Otro día te vienen con el cuento de que el alma es la simple molécula de la orgánica materia que nos constituye. Y ahora vienen con lo de las feromonas. ¿O es acaso el amor un invento completamente humano que no existe en la naturaleza, como creía Gide? ¿Qué se hará de las palabras de los poetas, de las alucinaciones divinas de los místicos? ¿Y qué va a ser de los desodorantes? Estos últimos caerán en desprestigio (los poetas y los místicos ya hace siglos que caímos). Nadie podrá evitar que la divina locura del amor caiga por el desaguadero de todas las verdades y mentiras que sobre tan adorable virtud hemos escrito los hombres de todos los tiempos. Y, sin embargo, conscientes como somos de que sólo el amor ayuda a soportar la vida, tendremos en adelante a nuestro alcance la posibilidad de obtenerlo. Hay tiendas que ya se dedican a vender esencia de feromonas, tanto masculinas como femeninas, y, por lo que he oído contar, a unos precios astronómicos. Supongo que los clientes habituales serán esos de las revistas del corazón que se enamoran y desenamoran cada día como quien se cambia de ropa. Así de simple: basta comprar uno de esos frasquitos de esencia del amor para sentirte con capacidad de conquistar hasta a esa hermosa mujer que te parece tan inasequible como una diosa verdadera. Si Goethe y Byron (que dejaron tras de ellos un sin número de mujeres destrozadas por la tensión espiritual del amor) vivieran ahora, se llevarían un desengaño. ¿No fueron sus espíritus, ni sus hermosas frases zalameras, ni su intelecto prodigioso sino el simple y terrenal sudor de sus cuerpos los que hicieron posible una acaparación tan desmesurada de la compañía femenina? Como confirmación de lo que digo, el libertino de Casanova, amante impenitente cuya pasión no tuvo nada de espiritual ni de intelectual. Nada de sentimientos elevados. Sólo sudor y muchas feromonas. Aunque yo, la verdad, no me lo creo. De ser cierto eso del sudor y de las feromonas ¿habría conquistadores más irresistibles que esos individuos que en el verano sudan como posesos? A no ser que tengan tal exceso de feromonas que ya no se distinga si son esencias o pestilencias del amor las que exhalan sus flujos corporales.
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Carlos Rivera
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Aljuma (2005 )
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